sábado, 22 de noviembre de 2025

Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído

 

 


 

 

EL HORROR EN LAS PEQUEÑAS COSAS

No cabe duda de que la realidad que transcurre por entre las páginas de este poemario de Mosab Abu Toha, es terrible y desoladora, pero quizás lo que acentúa esa constancia es la delicadeza con que lo cuenta; su mesura. O mejor, su dignidad. No se ceba en la rabia, la venganza o la morbosa descripción de los crímenes que ocurren a cualquier hora cada día, pero levanta el acta. Él interpela, cuenta, expone serenamente sin pretender compasión ni complicidad; tan solo que escuchemos lo que tienen que decirnos los que están al otro lado. Que escuchemos de una vez por todas. Y eso es lo que conmueve. Esa manera de describir la vida diaria de niños jugando en las plazas, escolares yendo a clase, de agua hirviendo para el café, de las fresas madurando y los bebés naciendo, con los drones pendiendo de un hilo sobre los simulacros de normalidad. una rutina normal. Él desgrana las tareas de quienes no quieren dejar de ser seres humanos, que se levantan cada día para cumplir sus obligaciones; que  llevan los relojes a arreglar, o leen los periódicos y se obstinan en cumplimentar la rutina mientras la metralla perfora los cristales, los edificios se derrumban y van quedando, cada vez, menos cosas que sobrevivan a sus dueños. Y menos dueños que sobrevivan a las cosas. Mosab sabe lo que es la aniquilación, sabe de cuerpos despedazados y de explosiones rompiendo tímpanos y acelerando el bombeo de la sangre, de críos que no saben distinguir una nube de vapor de agua de una de polvo; en Palestina, el olor a pólvora no significa fiesta sino un puñado de nombres tachados de la lista. A medida que el poemario avanza va dando detalles, poco a poco amplía la información. No oculta la herida, pero va desprendiendo la gasa con cuidado. Cuando nos queremos dar cuenta, el horror está ahí; nos ha ido introduciendo en él suavemente, sin empujar. Él nos lo muestra, pero no insiste. No insiste más de lo preciso porque lo que también sabe es que su realidad está al otro lado del mundo. Del mundo que lo ha expulsado y no se quita las gafas de sol para no ver el color verdadero de la sangre. El mundo del “vive y deja morir” encogiéndose de hombros porque no tenemos por qué inmiscuirnos en la vida de nadie. El mundo que hace una transferencia a la Cruz Roja con la mano derecha para paliar en algo las fechorías que perpetran sus envíos de armas con la mano izquierda.  Cada uno en su casa y Dios o Alá o quien sea, en la de todos. Porque, mientras estamos aquí para escuchar el sobrecogedor don de la poesía, ¿qué nueva desgracia se estará cerniendo sobre los suyos? ¿cuántos hospitales quedarán de pie cuando terminemos esta reunión? ¿podrán nuestros aplausos imponerse al estruendo de las bombas? Al llegar a este punto soy consciente de que me voy a meter en aguas pantanosas. No quisiera traspasar ciertas líneas de seguridad que controlan la estabilidad de mi espíritu, pero es inevitable volver a cuestionarme una vez más, qué sentido tiene que la poesía nos emocione sentimentalmente y no sacuda nuestras conciencias para hacer que nos arremanguemos. Tanto poeta como hay en el mundo, tanto intelectual, tanto artista bienintencionado, ¿no podríamos servir como una cámara acorazada que mantuviera a raya las injusticias y la destrucción?

Cuando íbamos a dar los conciertos en los campamentos del Sáhara, en el campo de refugiados de Damasco o en la Plaza del pesebre de Belén, recibíamos esta clase de comentarios, con escepticismo, o con censura y, aunque yo no he encontrado respuesta convincente y ni tampoco me he desanimado del todo por ello, me ha dado suficiente combustible para agitar y hacer funcionar mis cavilaciones.

Pero si Mosab en medio del espanto, mientras retumban las paredes y el suelo en cualquier momento puede convertirse en un volcán, es capaz de sentarse en un supuesto columpio para enhebrar palabras y construir imágenes de una novedad y una fuerza sorprendentes, me siento absuelta de culpa por hacer lo que soy incapaz de dejar de hacer: intentar utilizar las palabras como aldabones.

Porque no sé cuántas cosas podemos hallar en el oído de Mosab, aparte del rumor de las caracolas y alguna de las historias de las que él dice que le contó su abuelo, pero él sí sabe hallar cosas impensadas. Él ha hecho unas asociaciones, envidiables, que son otros tantos hallazgos que enriquecen su poesía. Si las perlas son el resultado de la herida de una ostra, este poemario cumple el requisito.

El libro contiene fotografías. Pero el libro no es un álbum. Las fotografías son otros tantos poemas como fogonazos que hieren más por lo que significan que por lo que muestran. Un espejo roto, ¿qué puede tener de siniestro si no es porque el pedazo que falta ha hecho añicos la imagen del poeta?  No, no son fotos mudas. No son reflejos, son reflexiones. Como la foto de la soga. La soga que se estrecha y estrangula, la que va reduciendo inexorablemente el mapa de Palestina que antes ocupaba una hoja entera de mi cuaderno de Historia Sagrada en mis años escolares. ¿Qué mapa se dibujará ahora en los colegios palestinos? aunque… ¿quedará todavía algún colegio? ¿seguirán los pupitres alineados y las pizarras no se habrán desprendido de las alcayatas que las fijan a las paredes? ¿quedarán paredes?

He salido del libro como si emergiera a la superficie, después de una extraña travesía, sin haber recuperado aún el equilibro sobre la tierra firme. Y con una imagen fija delante de mí, la primera que abre el libro y siento una inexplicable desazón. Lo mismo es miedo. Miedo al ver que una manzana, espontáneamente, rueda hasta alcanzar el borde de la mesa, antes de que estalle la explosión.

 

Ana Rossetti en el acto de presentación de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído

 

No lo sé

Una habitación con libros

Esa habitación me traslada a otra que ya no existe: la conozco por los poemas de Mosab Abu Toha. Quizá sea alguna sala de la biblioteca que fundó en Ciudad de Gaza

 

Elena Medel 

Una mujer y su hija se reencuentran con un hombre -marido, padre- que escapa de la guerra. Ella se llama Concha Méndez y la acompaña Paloma, de cuatro años; el hombre, Manuel Altolaguirre, se reúne con ellas en París tras cruzar la frontera y penar en campos de concentración y hospitales psiquiátricos. Lo dictó Méndez a la hija de su hija, Paloma Ulacia Altolaguirre, en un volumen titulado Memorias habladas, memorias armadas, en Renacimiento. Tras descansar la primera noche en un hotel, la familia recibió la invitación de Paul y Nusch Éluard -poeta él, artista ella- para instalarse en su casa de Saint-Denis.

Méndez explica la generosidad de los Éluard por la empatía de quienes habían sufrido el hambre y la enfermedad en la Gran Guerra, y se recrea en «un detalle que nos llenó de emoción. Éluard había puesto en las repisas de nuestro cuarto una serie de libros de poesía española que había comprado especialmente para nosotros, porque él no leía español«. Luego partirían al exilio en América, pero quedémonos ahí: en ese fragmento convertido en un lugar. La página 111 de las Memorias se transforma en la habitación de una casa al norte de París; una habitación en una casa con un jardín baldío, en el que Méndez se distrae cada mañana sembrando plantas que nunca verá florecer.

Esa habitación me traslada a otra que ya no existe: la conozco por los poemas de Mosab Abu Toha. Quizá se trate de la de su adolescencia, después de su infancia en el campo de refugiados de Shati, o de la que compartió con su esposa y sus tres hijos en Beit Lahia, o incluso de alguna sala de la Biblioteca Edward Said, que fundó en Ciudad de Gaza: un centro cultural con actividades literarias, talleres de informática o clases de idiomas, que ofrecía un respiro en el asedio.

Esas habitaciones las he leído en su poemario Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído, que el año pasado publicó Ediciones del Oriente y del Mediterráneo -qué catálogo espléndido-, con traducción de Joselyn Michelle Almeida. El libro incluye algunos de los poemas que llevó consigo a Estados Unidos; intentando pasar a Egipto, Abu Toha fue secuestrado y torturado por el ejército israelí. En ‘La metralla busca la risa’ las bombas derriban la casa de sus vecinos, en la que «todos han muerto: / los niños, los padres, los juguetes, los actores de televisión, / los personajes de las novelas y los libros de poesía, / ‘yo’, ‘él’ y ‘ella’. No quedan pronombres».

Otros poemas se fechan ya en el tiempo del exilio. Quien busque rabia, la encontrará; también denuncia, crudeza. Pero sobre todo Mosab Abu Toha reivindica su derecho a la creación, a la posibilidad de escribir sobre el genocidio desde la belleza, la imaginación, incluso el humor. Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído se abre con un poema muy lúdico, ‘Palestina de la A a la Z’, en el que desde cada letra del alfabeto inglés -alterna esta lengua con el árabe; me interesan mucho sus reflexiones sobre la implicación política de este gesto, y sus contradicciones- repasa su memoria íntima y la vincula con la del país. Asigna la b a ‘libro’, por book y border, ‘frontera’. «Un libro que no menciona ni mi lengua ni mi país, y tiene mapas de todos los lugares salvo el lugar donde nací, como si yo fuera un hijo ilegítimo de la Madre Tierra». Para la letra f escoge friends, ‘amigos’, y fish, ‘pez’, compañía y alimento, y por eso regresa a «los libros de mi salón en Gaza, los poemas en mis libretas, todavía solos». Enumera todos los lugares -las habitaciones- de su felicidad, hoy en ruinas, y el texto lo impregna de dolor y de ternura, de nostalgia feliz y de estremecimiento.

¿Para qué sirve un libro? No me refiero a una cuestión emocional, o sí: pienso en su utilidad, en el provecho que brinda a quien lo posee y a quien lo lee. Para qué sirvieron los libros que Paul y Nusch Éluard compraron en un idioma extranjero. Para qué sirvieron los libros que Mosab Abu Toha consiguió para la Biblioteca Edward Said, los que dejó en su casa de Beit Lahia, los que escribió y no logró salvar y ahora se mezclan con ceniza y cascotes.

Para qué mencionar para qué sirven los libros -los libros, para qué- cuando la cifra de asesinados, heridos y desaparecidos en el asedio de Israel a Gaza aumentará entre el momento en el que la teclee y el momento en el que la leas. La edición española de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído se cierra con una entrevista a Mosab Abu Toha por el poeta estadounidense Ammiel Alcalay, judío. Conversan acerca de la historia de la familia de Abu Toha, marcada desde 1948. Él menciona a sus muertos; estremecen sus amigos, jovencísimos. Se detienen en la literatura, en la relación con la tradición palestina, en cómo la ocupación ha invadido lo que escriben y el compromiso no se entiende como opción. Abu Toha se detiene con orgullo en el mencionado proyecto de la biblioteca.

Meses después, en enero de 2025, el ejército israelí la destruyó en uno de sus ataques. Diría que aún existe, porque existe en sus palabras de Mosab Abu Toha. Mentiría.

[Elena Medel | El Mundo | La Lectura | 21 de septiembre de 2025]

El poeta de la muerte en Gaza: “Intento que al menos sobrevivan las historias de los asesinados”

Francisco Carrión @fcarrionmolina El Independiente 23/07/2025

“Nos merecemos una muerte mejor/ Nuestros cuerpos están desfigurados y retorcidos,/ bordados con balas y metralla./ Nuestros nombres se pronuncian mal/en la radio y televisión…”, escribe Mosab Abu Toha, el gazatí que zurce el dolor y la rabia a golpe de poemas. Sus versos son directos y punzantes. Como los proyectiles israelíes que matan a diario desde octubre de 2023 a decenas de palestinos. Pero, a diferencia de la metralla que llueve sin cesar sobre la Franja, los dardos de Abu Toha son inofensivamente pacíficos. Solo sacuden la conciencia de quienes los leen.

 

“Por desgracia, la realidad hoy resulta peor que lo que cuenta ese poema”, advierte en conversación con El Independiente Abu Toha. “Lo escribí sobre nuestro pueblo, sobre cómo nuestros miembros fueron descuartizados por los ataques aéreos y sus nombres no se pronunciaban correctamente en la televisión. Pero el 7 de octubre, después de que Israel iniciara su genocidio contra el pueblo, la muerte se ha cobrado cientos de miles de vidas. 60.000 de ellas por ataques aéreos y balas. El resto murió porque no hay medicinas, ni combustible, ni ambulancias, ni atención médica. Así que, si tuviera que volver a escribir el poema, también añadiría el hecho de que muchas familias quedaron sepultadas bajo los escombros de sus casas durante meses. Ya no son solo personas desmembradas y desfiguradas por los bombardeos, sino también personas que quedaron bajo los escombros”.

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Mosab Abu Toha en la presentación de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído en Casa Árabe de Madrid.

En su cuenta de X, desafiando la censura que impone la corrección política que trata de evitarnos ver la cruda realidad de cuerpos mutilados, despedazados o ensangrentados, Abu Toha -afincado en Estados Unidos tras su salida de Gaza vía El Cairo- comparte las historias de los asesinados. Les concede el nombre y una biografía que una contienda sin fin les niega.  “Hace unos meses vi el vídeo de una niña que quedó aplastada bajo el techo de un aula donde se había refugiado con su familia. La mitad de su cuerpo estaba sepultada bajo el techo y la otra mitad colgaba. Nos merecemos un día mejor. Esto no es la guerra. Esto no es la muerte. Espero que no sea la muerte en absoluto”, desliza el autor de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído, publicado en castellano por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

Desde los primeros bombardeos hace 21 meses, Abu Toha ha perdido en Gaza a decenas de parientes, amigos y vecinos. El domingo a la lista de muertos se añadió Ali. “Mi primo Ali ha muerto hoy mientras esperaba comida. Tenía 34 años y era padre de cuatro hijos. Mirad cómo el hambre le había demacrado el rostro y agotado el cuerpo”, escribió tras recibir la noticia. “Hoy ha sido un día de pérdidas insoportables. Mi primo ha sido asesinado, el hermano de mi esposa y otro primo han resultado heridos, y muchos de mis amigos del barrio han regresado con miembros amputados. Eran hombres jóvenes, hijos, padres, que habían salido desesperados para traer aunque fuera un poco de comida a sus familias. Sus frágiles cuerpos apenas podían soportar el viaje de más de 10 kilómetros, pero ¿qué otra opción tenían? ¿Cómo puede alguien quedarse en una tienda de campaña mientras sus hijos y sus padres ancianos se retuercen de hambre? Lo que está haciendo Israel es monstruoso, y debe rendir cuentas”, relata.

Abu Toha -galardonado este año con el Premio Pulitzer por una serie de ensayos publicados en The New Yorker que narran la vida en Gaza- salió de Gaza a finales de noviembre de 2023 tras ser secuestrado durante tres días por las fuerzas israelíes. “Los israelíes me lo robaron todo: el pasaporte, mi familia, mi dinero, mis tarjetas de débito y crédito, mi ropa, mis zapatos, todo lo que tenía, incluso mi reloj. Cuando llegamos a Egipto, me obligaron a solicitar un visado para Estados Unidos”, admite. Desde entonces, observa el exterminio de los suyos desde lejos. Van cayendo uno a uno. Sin tregua, entre rumores de un alto el fuego que llevan semanas negociando Hamás e Israel en Qatar y que nunca llega.

“Lo estoy perdiendo todo. No puedo detenerlo. Veo cómo me arrebatan todo, las vidas de algunos de mis amigos y algunos de mis alumnos. He pasado el último año y medio viendo cómo lo perdía todo, viendo cómo me arrebataban para siempre las cosas que amo”, maldice.

“La casa bombardeada. Todos han muerto:/ los niños, los padres, los juguetes, los actores de televisión,/ los personajes de las novelas y los libros de poesía,/ «yo», «él» y «ella». No quedan pronombres. Ni siquiera/ para los niños cuando aprendan las oraciones/ el próximo año. La metralla vuela en la oscuridad,/ busca las risas de la familia,/ ocultas tras montones de muros desfigurados y marcos sangrantes. La radio/ ya no habla. Se han quemado las pilas,/ la antena está rota./ Hasta el locutor sintió dolor cuando la radio/ fue alcanzada. Hasta nosotros, al oír la bomba/ mientras caía, nos arrojamos/ al suelo,/ cada uno contando a los de alrededor./ Estábamos a salvo, pero el corazón nos duele todavía.”

“Sigo escribiendo poemas, pero como estoy viajando y también sigo las noticias, traduzco y publico en mis redes sociales, no dedico tanto tiempo a escribir poesía como antes. Ni siquiera puedo sentarme a pensar en escribir un poema. Escribo poemas de vez en cuando, pero no como antes”, reconoce Abu Toha. En los ratos en los que deja de informar del reguero interminable de muertes, el poeta regresa a los versos. “Gaza se ha convertido en un gran funeral” es el título de uno de los poemas que ha logrado pergeñar en los últimos meses.

Sostiene que, a pesar de la carnicería que sobrevuela Gaza, no ha pensado jamás en rendirse. Su salvavidas es la poesía. Estrofas que, como balas, cruzan el espacio y rompen el silencio y la indiferencia, cuando no la complicidad, con los que los despachos en Occidente tratan con la operación militar israelí. “Los poemas que escribo no tratan sobre matar a otras personas. No incito a la gente a matar a otras personas como hacen los israelíes con nuestro pueblo en Gaza, en el Líbano y también en Siria. Pero lo único que puedo hacer con mi poesía es resistir el borrado, el acto de olvidar las historias de las personas que fueron asesinadas por las fuerzas israelíes. Me resisto al borrado, al olvido de estas historias. Llevo estas historias a las personas que no saben nada sobre Gaza. Me resisto al genocidio israelí compartiendo las historias de cada uno de mis alumnos, de mi pueblo, de los niños, los padres y las madres y de todos”.

De viaje en viaje, Abu Toha -que pasó por Madrid el pasado noviembre- reconoce que la reacción internacional al sufrimiento en Gaza -donde el hambre deja su marca en cuerpos esqueléticos- le ha hecho perder parte de la esperanza. “Todo el mundo ha estado viendo lo que está pasando en Gaza. Mucha gente en todo el mundo ha pedido un alto el fuego, un embargo de armas. Solo hay que esperar. Los gobiernos del mundo han ignorado todo esto. La gente en Estados Unidos y Europa ha pedido a sus gobiernos que dejen de enviar armas a Israel. Ningún político en todo el mundo ha dicho que el pueblo palestino tiene derecho a defenderse bajo la ocupación. Nadie ha hablado de ningún derecho que tenga el pueblo palestino por vivir bajo la ocupación. Pero Israel tiene derecho a todo. Tiene derecho a defenderse matando a los niños y a sus padres. Tienen derecho de destruir casas, de volar casas en Cisjordania y también en Gaza…”.

Y frente a los densos silencios, Abu Toha apuesta por “la educación”. “La gente necesita aprender, leer, escuchar al pueblo palestino, sus historias y sus esperanzas. Occidente, en general, no ha sabido escuchar al pueblo palestino, no ha sabido proteger sus derechos humanos, sus derechos básicos a existir en su propia tierra, a obtener lo que todo el mundo obtiene como ser humano”, comenta.

Una tarea para que el poeta que retrata la muerte en Gaza aún estamos a tiempo. “Nunca es demasiado tarde. No tiene sentido dejar de hablar de lo que está pasando. Porque eso es lo que quiere Israel. Eso es lo que quieren los genocidas que quieren matar a todo el mundo en Gaza, en Palestina, y robarles la tierra. Eso es lo que quieren. Así que no debemos hacer lo que ellos quieren”, replica. “¿Agotado? Sí, me siento agotado, por supuesto. Soy un ser humano. Pero no puedo quejarme porque mi gente en Gaza está siendo torturada”.

Abu Toha prefiere decir que la poesía “no es su arma sino una herramienta de supervivencia». “Porque cuando doy voz a mi pueblo, que no tiene voz, a mis alumnos que fueron asesinados, intento que sobrevivan. Aunque ellos no sobrevivan, al menos sus historias sobrevivirán”, murmura. Gaza lleva sitiada desde 2007. Siempre hay drones, F-16, y en el mar hay buques de guerra y cañoneras. Nunca ha habido paz en Gaza. La paz llegará cuando Palestina sea libre y cuando el pueblo palestino tenga derecho a vivir en su propia tierra con dignidad y sin ocupación”, concluye.

A pesar de la metralla que ha desfigurado la Franja, reducido a escombros su geografía y convertido en nómadas perpetuos a su menguante población, el poeta sueña con retornar a lo que queda de casa. “Me encantaría ir a Gaza ahora, después de terminar mi llamada contigo. Espero poder volver pronto para reconstruir y ver a mi familia. No veo a mi padre desde hace más de un año. Tampoco a mi madre. No veo a mis hermanos ni a sus hijos. Mi hermana dio a luz hace meses y es el primer bebé que no he visto, al que no he besado, al que no he cogido en brazos, al que no he acunado…”.

Artículo completo en El Independiente

 

Mosab Abu Toha en la biblioteca Edward Said, de libros en lengua inglesa, que fundó en Gaza en 2019, poteriormente destruida por el ejército israelí.

 Premio Pulitzer

Es un honor para mí recibir hoy el Premio Pulitzer. Muchísimas gracias al jurado y a los miembros de la junta directiva por honrarme.
Dedico este éxito a mi familia, amigos, profesores y estudiantes de Gaza.
Bendiciones a los 31 miembros de mi familia que murieron en un ataque aéreo en 2023.
Bendiciones a las almas de mis cuatro primos hermanos, dos de los cuales murieron junto con sus cónyuges e hijos. Bendiciones al alma de mi tía abuela, Fátima, cuyo «cadáver» permanece bajo los escombros de su casa desde octubre de 2024. Bendiciones a las tumbas de mis abuelos, a quienes nunca encontraré.
Bendiciones a las almas de mis alumnos que murieron buscando comida o leña. A la escuela donde estudié y enseñé, a la biblioteca que fundé y a la que añadí un libro de poesía antes de 2023.
Bendiciones a muchos más. ¡Estoy orando por un alto el fuego inmediato y permanente y por JUSTICIA y PAZ!
#mosababutoha #Palestina #Gaza #poesía #poemasdesdeGaza #thepulitzerprizes #cosasquetalvezhallesocultasenmioído

 

La poesía salvó la vida de este escritor palestino: "Quiero ayudar a que la gente visualice cada muerte

Mosab Abu Toha logró salir de Gaza con su familia gracias a sus contactos en EEUU, donde publicó su primer poemario y ha ganado el Pulitzer y el American Book Award. Hoy da clase de Literatura en la universidad y utiliza la poesía para narrar su sufrimiento: "No necesito que nadie entienda entienda al pueblo palestino, sólo que tengan buen corazón"

 

 Sara Polo | El Mundo | 6 de mayo de 2025
Mosab Abu Toha en Casa Árabe el día de presentación de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído (fotografía de Rosa Díaz | EFE).


 

Al tercer día lo liberaron: "Disculpe el error, puede usted volver a casa". Él se preguntó qué quedaría de aquella casa a la que le invitaban a volver. Poco después confirmaría, a casi 10.000 km de allí, que su antiguo hogar había quedado reducido a ruinas.

 

El 19 de noviembre de 2023, mes y medio después de aquel 7 de octubre que cambiaría su vida para siempre, Mosab Abu Toha viajaba junto a su mujer y a sus tres hijos hacia el paso fronterizo de Rafah, en el sur de Gaza. El benjamín de la familia, de tres años y medio, había nacido en Estados Unidos, así que la embajada les había ofrecido ayuda con la evacuación. Pero en el enésimo checkpoint, un soldado israelí posó sus ojos en el joven padre de familia.

 

"El hombre de la mochila negra con un niño pelirrojo en brazos: ponga al niño en el suelo y camine hacia mí".

 

De rodillas, escuchó una orden por megafonía: todos los hombres debían desnudarse. Durante tres días estuvo esposado. Le ataron a una silla con los ojos vendados, le golpearon en la cara y el estómago, le insultaron a gritos y le ordenaron hasta la extenuación que demostrara que no pertenecía a Hamás. Mosab recitaba para sus adentros aquel poema suyo intentando mantener la mente fría:

 

"Mi abuelo fue un terrorista./ Cultivó su huerto,/ regó las rosas en el patio,/ fumó cigarrillos con mi abuela/ en la playa amarilla, allí tumbado/ como en una alfombra de rezar".

 

Y al tercer día llegó la liberación en forma de disculpa con una sonrisa llena de amabilidad. No, Mosab Abu Toha no era un peligroso terrorista sino un poeta palestino ganador del premio Pulitzer por sus columnas de opinión en The New Yorker y del American Book Award con su primer libro, Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído. Poemas desde Gaza -editado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con traducción de Joselyn Michelle Almeida, y que presentó el pasado noviembre en Casa Árabe-, columnista habitual de The New York Times y amigo por correspondencia de Noam Chomsky desde que una publicación suya se hizo viral en Facebook y lo llevó a fundar la primera biblioteca pública en inglés de la Franja y a dar clase en Harvard como profesor visitante, pero a esa historia regresaremos más tarde.

 

Ahora estamos con Mosab saliendo finalmente de Gaza y sin saber quién hizo la llamada definitiva desde EEUU. No lo sabrá nunca.

 

Responde al Zoom desde su casa familiar en Siracusa, en el extremo norte del Estado de Nueva York, donde da clases de Literatura en la universidad. "Estamos bien", confirma. "Mis hijos van al colegio y yo tengo trabajo, también escribo poemas y traduzco noticias de última hora que llegan desde Gaza y las comparto en mis redes sociales. A veces conozco a algunos de los muertos de los que hablan, son mis vecinos, mis amigos, mis alumnos, mis familiares. Mi esposa y yo hemos perdido a mucha gente en los últimos 18 meses".

 

Y Mosab relativiza. La política migratoria de Trump no asusta a quien ha logrado escapar del infierno: "Supongo que me expongo a la deportación por hablar tan abiertamente de lo que pasa en Palestina, pero no estoy más preocupado que cualquier otro inmigrante en EEUU. Estamos bien".

 

No es fácil conversar con este hombre que a sus 32 años ha vivido muchas más vidas que cualquiera de sus entrevistadores. No le interesa tanto hablar de su propia experiencia como dejar claro un mensaje: Occidente no quiere ver lo que le está pasando a su pueblo porque en el fondo sabe que es culpable, por acción o por omisión. No sus gobiernos sino la gente, que para eso los han votado. "Sois cómplices de los crímenes de guerra que se están cometiendo contra el pueblo palestino", sentencia.

 

Intentamos volver a su historia, que empieza mucho antes del 7 de octubre. Mucho antes, incluso, de nacer. Con aquel abuelo terrorista que cultivaba su huerto y fumaba en la playa.

 

¿Qué implica ser la tercera generación de refugiados?

    Mi abuelo conservó hasta el fin de sus días las llaves de su casa en Yaffa, de donde le expulsaron en 1948, por si algún día regresaba, pero murió como refugiado antes de que yo naciera. Para mí, él es también la Palestina de antes de la ocupación, a la que a mí me gustaría regresar algún día, no a la devastada por la guerra. Mi abuelo se fue antes de que yo naciera, igual que mi tierra. De él sólo heredé la condición de refugiado y yo se la he transmitido a mis hijos. Espero que termine aquí, tiene que haber un fin.

¿Cuándo se dio cuenta el niño Mosab de que su situación no era como la de los demás?

    La primera vez que sentí que vivía en un lugar terrible tenía siete u ocho años. Un cohete destruyó un edificio a apenas 100 metros de donde estaba. En los mismos días vi la muerte televisada del niño Muhammad Al-Durrah, de 12 años, tiroteado ante las cámaras cuando se refugiaba tras un muro junto a su padre. Ahí comprendí que mi hogar era un lugar peligroso para mí.

La poesía como bálsamo llegó tras la guerra de 2014, cuando Israel y Hamás intercambiaron una lluvia ininterrumpida de cohetes durante 51 largos días. Mosab perdió a tres de sus mejores amigos. Un ataque aéreo destruyó completamente la casa de su vecino y derrumbó parcialmente la suya. Y él transformó su crónica diaria del horror en Facebook en poemas, pequeños testimonios sin rimas ni adornos, algunos en verso, otros no, pero todos llenos de sonoridad: «Les duelen los oídos al oír las sirenas,/ a nosotros nos ensordecen las explosiones».

El primer poema brotó a borbotones del recuerdo de su propio dolor físico. Cuando tenía 17 años, Mosab estaba haciendo la compra y escuchó un fuerte estruendo. Lo siguiente que recuerda quedó grabado en frases cortas como aquellos segundos entrecortados en los que sobrevivió por pura casualidad: «Como un loco, empiezo a correr./ Alguien me da un pañuelo para limpiarme la sangre/ de la mejilla izquierda y de la frente./ Necesito mucho más que eso./ No son solo las mejillas y la frente./ La metralla me ha perforado el cuello,/ y el hombro».

 

    "La poesía me permite redefinir el lenguaje y abrir mis sentimientos. No necesito que nadie entienda al pueblo palestino, sólo que tengan buen corazón"

 

¿Qué significa la poesía para usted?

    Me ayuda a redefinir el lenguaje. Es distinto escribir sobre tu propia casa destruida que hacerlo sobre la de un amigo. Una niña muerta en un bombardeo es diferente de la niña quemada viva en una tienda de campaña. Cada ataque aéreo es absolutamente diferente. Usamos las mismas palabras para referirnos a cosas únicas. La poesía redefine esas palabras, el verbo asesinar, el sustantivo masacre, para contar la historia de esas personas. Quiero ayudar a la gente a visualizar lo que significa cada muerte, cada herida, para moverlos a la acción, para romper esa anestesia colectiva.

¿Y funciona?

    Mucha gente se escuda en que la situación es complicada, pero como ser humano no necesito entender lo que está pasando, no tengo que estar de acuerdo con los israelíes o los palestinos. Como artista te abro mis sentimientos no para que entiendas, sino para que sientas lo que te estoy contando. ¿No te genera ningún sentimiento ver a esos niños asesinados? ¿De verdad no te parece que esto debe parar? No necesito que nadie ame al pueblo palestino, sólo que tengan buen corazón y exijan un alto el fuego.

Durante la guerra de 2014 que inoculó en Mosab el virus de la poesía también quedó reducida a escombros la Universidad Islámica de Gaza, en la que Mosab estudiaba Filología Inglesa, justo cuando estaba a punto de graduarse. Entre las ruinas rescató casi indemne una antología de la literatura estadounidense y le pareció paradójico que las bombas fabricadas en EEUU destruyeran su propio legado.

 

    "La cultura es un objetivo de guerra, no se trata sólo de matar a la gente sino de destruir su herencia y su educación"

 

El joven estudiante se fotografió con aquella obra y publicó su reflexión en Facebook. Su post se hizo inmediatamente viral y empezaron a llegar libros por correo, muchos de grandes nombres como Noam Chomsky. Tantos llegaron que un par de años y un crowdfunding más tarde abría en Beit Lahia la primera sucursal de la Biblioteca Edward Said, en honor al intelectual palestino-estadounidense. En 2019 abrió un segundo local en la ciudad de Gaza antes de partir hacia Harvard para ejercer como profesor visitante durante dos años. Allí nacería su hijo.

Hoy ninguna de sus bibliotecas sigue en pie. Tampoco existe ya su colección personal.

 

¿Es la cultura también un objetivo de guerra?

    Pues claro. No se trata sólo de matar a la gente, sino también en destruir su herencia, su cultura y su educación. Algo de lo que nadie habla es de todos esos niños que llevan año y medio sin escolarizar. En lugar de aprender el alfabeto o matemáticas van a refugios escolares que son basura. Y digo basura, literalmente. Eso si no pasan el día con su familia haciendo cola para conseguir un balde de agua o corriendo de una tienda de campaña a otra, intentando sobrevivir. Es devastador.

Como si el destino mandara una señal, Mosab recibe una llamada. Es la guardería de su hijo, donde sí aprende los animales, las letras, los números. Donde está seguro. Donde no hay basura.

 

¿Es posible construir un hogar en el exilio?

    Para mí, como individuo, creo que siempre que tenga a mi mujer y a mis hijos conmigo llevaré mi hogar allá donde vaya. Pero mi esperanza es poder establecernos en la tierra a la que pertenecemos, donde tenemos nuestros recuerdos de infancia, donde enterramos a nuestros abuelos, a nuestros hermanos, a nuestros amigos. Con suerte, algún día conseguiremos el sueño del pueblo palestino: vivir en nuestra propia patria en seguridad y en paz.

 

Y cierra Mosab la conversación citando otro de sus poemas:

"Una vez dijeron que Palestina sería libre mañana.

¿Cuándo es mañana? ¿Qué es la libertad?

¿Cuánto tiempo dura?".

 

Artículo completo en El Mundo 

 

 

Mosab-Abu-Toha-Mi-abuelo-era-un-terrorista-Reflexión-y-liberación-Chile-junio-2025
En Reflexión y Liberación, Francesca Fornario, desde Roma, publica «Mi abuelo fue un terrorista», del poeta palestino Mosab Abu Toha.

El poeta palestino Mosab Abu Toha, nació en Gaza, ‘donde no elegí nacer, porque yo, al igual que tú, no pude elegir el lugar donde vine al mundo’, sus escritos hablan de casas derrumbadas, familias asesinadas y el miedo a ir al baño porque la bomba podría caer en ese momento y morir desnudo… nadie quiere morir.

Mosab habla así en 2022, al presentar su primer poemario, ‘Cosas que puedes encontrar ocultas en mi oído‘, publicado por la legendaria City Lights de San Francisco, fundada en 1953 por Lawrence Ferlinghetti. En 2022: el año anterior al 7 de octubre de 2023, cuando Gaza ya había sido bombardeada tantas veces que los padres usaban los bombardeos para recordar la fecha: ‘Por ejemplo, en nuestra zona se dice: Mi hijo nació durante la guerra, o Mi hijo nació dos meses después de la guerra’.

Mosab comenzó a escribir poesía en 2014, después de la operación militar israelí que arrasó barrios enteros y antes de la operación militar israelí que arrasará aún más barrios : ‘La mayoría de mis poemas tratan sobre la oscura realidad de Gaza. Aquí la gente piensa en la muerte y las guerras; no pueden pensar en el mañana ni en el futuro, porque siempre tememos que la historia se repita’.

Y toda guerra -que no es una guerra, cuando de un lado está la fuerza aérea y del otro, civiles indefensos- nos arrebata edificios, familias, sueños: ‘Por eso maduramos tan rápido. Tenía nueve años cuando vi un helicóptero disparar contra un edificio y derrumbarlo’. Viviendo en estas condiciones, nos vemos obligados a dejar atrás nuestra infancia. La guerra nos envejece, aumentando nuestro sufrimiento y nuestro dolor. Ahora que soy padre, me veo a través de los ojos de mis tres hijos, que ahora viven en condiciones aún peores que cuando yo era niño.

Empezó a escribir poemas en inglés, Mosab, para que los escucháramos. Para denunciar al mundo lo que Israel, con la complicidad de los gobiernos occidentales, les estaba haciendo a los palestinos: ‘Cuando escribo en inglés, pienso en un oyente occidental como si le hablara directamente para contarle lo que está sucediendo aquí en Gaza’.

Nos escribe porque quiere que nos pongamos en su lugar: ‘La ocupación intenta manipular las acciones de las víctimas —los palestinos— y convertirlos en terroristas. Si alguien odia a otra persona, pensará que todo lo que hace es malo, sin importar lo que haga, incluso lo más inocente. Los colonos, los ocupantes, siempre nos temen, hagamos lo que hagamos, porque saben que este no es su hogar ni su tierra’. Escribe sobre su abuelo, un refugiado: ‘Para mí, mi abuelo representa a Palestina. El ocupante cree que mi abuelo o cualquier palestino es un terrorista, pero yo muestro quién eran realmente’.

Mosab escribió en 2014, cuando, según documentos de la ONU, en menos de dos meses, más de 12.000 apartamentos fueron completamente destruidos por la artillería israelí y otros sufrieron daños tan graves que no pudieron seguir habitados. 2.251 palestinos murieron a causa de las bombas israelíes, en su mayoría civiles. Entre ellos, 551 niños y 299 mujeres. En el mismo período, también murieron 66 soldados israelíes y cinco civiles, incluido un niño. 11.231 palestinos resultaron heridos, entre ellos 3.540 mujeres y 3.436 niños, un tercio de los cuales tenían discapacidad. Casi 300.000 palestinos fueron desplazados.

He cumplido 27 años y no he salido de Gaza ni una sola vez: esto es una privación. Nunca he tenido la oportunidad de tener una vista aérea de Gaza ni de mi casa, porque no hay aeropuerto. Estamos asediados por todos lados. Al final comprendí que en Gaza se nos impide siquiera imaginar el mundo que nos rodea.

El siguiente poema está dedicado a su abuelo*, quien se vio obligado a vivir en una tienda de campaña después de que los colonos ocuparan su casa. ‘Seguimos viviendo en una tienda de campaña, abuelo’, escribió Mosab en 2024, antes de lograr salir de Gaza con su esposa y sus tres hijos. En el cruce de Rafah, la policía israelí lo arrestó, lo retuvo durante tres días, le rompió los dientes, le llenó los moretones y le confiscó todas sus bolsas con ropa para los niños. Su madre y su familia siguen atrapados en Gaza.

Les hablo de Mosab porque estoy convencida de que lo más importante en la vida es ponerse en el lugar del otro. Si pudiera elegir una superpotencia, sería esta. Otro poeta palestino fallecido en el exilio, Mahmoud Darwish, lo dice en uno de sus poemas: ‘Piensa en los demás‘: Cuando estés a punto de regresar a casa, a tu hogar, no olvides a la gente de las tiendas. Mientras duermes contando los planetas, piensa en los demás, en aquellos que no encuentran un lugar donde dormir. Los poemas de Mosab Abu Toha nos ayudan a ponernos en su lugar, en el de su abuelo, en el de todas las víctimas de décadas de ocupación y segregación en violación del derecho internacional, de la limpieza étnica de la que nuestros gobiernos son cómplices.

Publicó este poema para el mundo desde la Biblioteca pública Edward Said que Mosab, a los 24 años, fundó en Gaza con libros en inglés que pidió como regalo de todo el mundo. La biblioteca fue arrasada hace meses por la artillería israelí.

*Mi abuelo era un terrorista*

Mi abuelo era un terrorista.
Cuidaba su campo,
regaba las rosas del patio,
fumaba cigarrillos con mi abuela
en la playa amarilla, tumbado allí
como una alfombra de oración.

Mi abuelo era un terrorista:
recogía naranjas y limones,
iba a pescar con sus hermanos hasta el mediodía y
cantaba una canción reconfortante de camino
al herrador con su caballo pío.

Mi abuelo era un terrorista.
Preparaba una taza de té con leche y
se sentaba en su tierra verde,
suave como la seda.

Mi abuelo era un terrorista.
Salía de su casa,
dejándola para los invitados que llegaban,
dejaba un poco de agua en la mesa, la mejor,
para que los invitados no murieran de sed después de su conquista.

Mi abuelo era un terrorista.
Caminó hasta el pueblo seguro más cercano,
vacío como un cielo sombrío,
vacío como una tienda desierta,
oscuro como una noche sin estrellas.

Mi abuelo era un terrorista.
Mi abuelo era un hombre,
el sostén de diez familias,
cuyo lujo era tener una tienda de campaña,
con una bandera azul de la ONU colocada en un mástil oxidado,
en la playa, al lado de un cementerio.

Francesca Fornario – Roma

 

Cosas-que-tal-vez-halles-ocultas-en-mi-oído-Mosab-Abu-Toha-Carlos-Alcorta-El-diario-montañés-No-hay-lugar-para-la-indiferencia Artículo de Carlos Alcorta en El Diario Montañés, el 13 de junio de 2025

 

viernes, 25 de octubre de 2024

El enjambre ardiente, de Yamen Manai

 

Yamen Manai

Traductor: Elías Ortigosa Román

El autor establece un paralelismo entre la lucha de un apicultor para salvar a sus abejas de los avispones asiáticos y la invasión del fundamentalismo religioso. Es su manera de dar sentido a la actualidad, a la crisis ecológica y al fanatismo, pero también de proponer una solución: la solidaridad, el trabajo colectivo por un objetivo común, como las abejas.

Presentación de El enjambre ardiente

En El enjambre ardiente, cuya trama se sitúa a las afueras de Nawa, un pueblo del interior del país, Don, un apicultor que aspira a vivir en armonía con la naturaleza, descubre un día una de sus colmenas diezmada. Para salvar lo que más ama, tendrá que llevar a cabo su investigación en un país trastocado por su reciente revolución y buscar la luz en la distancia, hasta llegar al país del Sol Naciente.

El autor establece un paralelismo entre la lucha de un apicultor para salvar a sus abejas de los avispones asiáticos y la invasión del fundamentalismo religioso. Es su manera de dar sentido a la actualidad, a la crisis ecológica y al fanatismo, pero también de proponer una solución: la solidaridad, el trabajo colectivo por un objetivo común, como las abejas.

«Lo que me impulsó a escribir este libro fue la rabia que me consumía al ver que el progreso democrático al que Túnez aspiraba encontraba muchas dificultades y que la violencia en nombre de la religión, en nombre de Dios, se extendía por buena parte del mundo», dice el autor en una entrevista en la sede de la onu y añade «elegí las abejas para contar esta historia porque simbolizan la vida y la ecología».

El enjambre ardiente recibió en 2017 el Prix des cinq continents de la francophonie, el Grand prix du roman metis, el Comar d’or y el Prix Maghreb de l’adelf 2017, y, en 2018, el Prix du livre Lorientales.

Han dicho de El enjambre ardiente:

Programa Mediterráneo de Radio 3

Emociónate con El enjambre ardiente de Yamen Manai

Vídeo de la presentación de El enjambre ardiente en el Ateneo La Maliciosa


 


 

domingo, 14 de enero de 2024

Yamen Manai en el programa Mediterráneo de Radio 3

 


 

El domingo 14 de enero de 2024, Pilar Sampietro dedicó el programa Mediterráneo al libro El enjambre ardiente, del escritor tunecino Yamen Manai, que acabamos de publicar.

A su pregunta

¿Se puede explicar la crisis política, social y medioambiental que vivimos por lo que le pasa a un apicultor y a sus abejas?

Yamen Manai respondió:

No sé si la historia del enjambre ardiente es suficiente para explicar una crisis de dimensiones tan intrincadas como la que estamos viviendo, pero es una variación, una descripción, una faceta. Tenía la ambición de describir cómo los acontecimientos que ocurren en lo alto de los serrallos, a menudo motivados por una codicia sin fondo y sed de poder, impactan en la vida de estos grandes ausentes del decorado, este decorado moderno que nos rodea y donde se desarrolla ante nuestros ojos cada día la comedia política, contada por medios cada vez menos independientes y redes sociales cada vez más escindidas.


Como ausentes del decorado no me refiero solo a la persona del apicultor, sino también a una parte de la vida con la que ya no estamos acostumbrados a encontrarnos: las abejas.

Pero estos grandes ausentes son la vida misma, su verdadera sustancia, su miel. Son los seres más frágiles los que deben estar en el centro de nuestra atención, porque su fragilidad desempeña un papel esencial en nuestra propia supervivencia. Las abejas polinizan dos tercios de lo que comemos. Su desaparición conducirá a la nuestra.


El poeta francés Paul Valéry decía: “La política es el arte de distraer a la gente de lo que realmente les interesa. Yo añadiría que la literatura es el arte de conseguir que la gente se interese por lo que realmente les interesa.



Añadimos el enlace al programa: El enjambre ardiente. Túnez a través de las abejas

viernes, 2 de junio de 2023

bell hooks y Cornel West: Partiendo pan: vida intelectual negra insurgente

 

 


Nuestra próxima novedad: Partiendo pan: vida intelectual negra insurgente, libro dialogado entre dos de los intelectuales afroamericanos más incisivos, bell hooks y Cornel West.

bell hooks presenta así el libro:

Cornel West y yo empezamos a mantener estos diálogos hace más de veinte años en la Universidad de Yale, donde impartíamos clase. De aquellas conversaciones surgió el libro Partiendo pan: vida intelectual negra insurgente. En la dedicatoria, escribí:

Dedico este libro a todos aquellos que comparten el ideal de un amor redentor y transformador entre mujeres y hombres negros, el tipo de amor que se refleja en el trabajo que llevamos a cabo Cornel y yo… Esperamos que nuestro compromiso colectivo con el amor como acción y práctica inspire e impulse una apasionada obra progresista e intelectual en torno a la experiencia negra.

Ya han pasado más de veinte años desde la publicación de Partiendo pan y desde entonces nuestras vidas han cambiado sustancialmente. Por fortuna, tal y como escribe Cornel en el prefacio de Keeping Faith [«Conservando la fe», 1994], hemos mantenido la solidaridad arraigada en los principios de una ética del amor. Dicha ética fundamenta lo que Cornel denomina «crítica profética»:
Ante todo, una indagación intelectual constitutiva de una democracia existencial, esto es, una empresa autocrítica y rectificadora que pregunta por el sentido de las cosas, preservando y expandiendo la empatía y compasión humana.
 

 En un ensayo posterior, Cultural Politics of Difference [«Política cultural de la diferencia», 1995], Cornel postula que la «crítica profética» entiende la desmitificación como la forma más iluminadora de indagación teórica; y declara que «si bien parte de un análisis socioestructural, también establece sus propios objetivos morales y políticos. Es entusiasta, positiva, comprometida y centrada en episodios críticos». En mi obra, así como en mi vida, siempre me ha interesado —y sigue interesándome— la unidad entre teoría y práctica. Siempre he querido vivir de forma íntegra, es decir, en armonía con lo que pienso, digo y hago. Y para mantener esa integridad no solo me he apoyado en mi ética individual, sino también en la solidaridad y la respuesta crítica de colegas afines, colegas que, a su vez, creen que la integridad es un pilar moral y ético esencial de todas las luchas por el fin de la dominación.


bell hooks

 

Cornel West entrevista a bell hooks

Mi compromiso con la vida intelectual reside en una pasión por las ideas y el pensamiento crítico.


 

Esta pasión se originó en mi infancia. De joven era una lectora insaciable y quería saberlo todo. Hoy sigo considerándome una lectora para quien nada está excluido: leo desde literatura infantil, novela rosa, revistas de automóviles y moda, libros de autoayuda y toda clase de ficción barata, hasta teoría económica, sociológica, psicológica, literaria y feminista. Me encanta leer sin ceñirme a ninguna disciplina. Por eso siempre me han sorprendido los profesores universitarios que no muestran interés por la literatura al margen de su propia disciplina. En mi caso, leer de forma transversal ha supuesto un ejercicio decisivo para desarrollar el tipo de pensamiento crítico-especulativo que sirve de fundamento a mi trabajo. En algunos textos ya señalé que la falta de información impide a muchos pensadores hablar y escribir desde un punto de vista inclusivo, es decir, aquel que examina las ideas desde una perspectiva multidimensional y parte de un análisis basado en conceptos como la raza, el género y la clase social. En la medida en que han sido formados para pensar y estudiar conforme a estrechos criterios disciplinarios, muchos profesores y pensadores generan un conocimiento que rara vez aborda la complejidad de nuestra experiencia o nuestra capacidad de conocimiento. Lo que me empujó a la vida intelectual fue una auténtica pasión por el saber. Y es ese anhelo el que de verdad me llevó a sintetizar y yuxtaponer de forma compleja ideas y experiencias que a primera vista podrían parecer inconexas. Cuando hago balance, me asombra el hecho de mantener la misma actitud y compromiso hacia el trabajo intelectual que mostraba en mi infancia. En el ensayo The Significance of Theory, Terry Eagleton postula que los niños son los mejores teóricos, porque no temen transgredir los límites de las ideas aceptadas, y explorar y descubrir nuevas maneras de pensar y de ser. De pequeña, mi interés por el mundo de las ideas estaba íntimamente ligado a mis esfuerzos por curarme. En vista de que me crie en una familia marcadamente disfuncional, en la que sufrí heridas psicológicas —y, en alguna ocasión, incluso físicas—, lo que levantó mi ánimo y me dio fuerzas para seguir adelante fue mi inclinación hacia el mundo de las ideas. Gracias a esta actitud y el consiguiente desarrollo de una conciencia crítica, logré tomar distancia de la situación familiar y mirarme a mí misma, a mis padres y a mis hermanos desde una perspectiva analítica. Ello me ayudó a comprender la historia y las experiencias personales que se hallaban en la raíz del comportamiento de mis padres. Así pues, la originalidad de mi relación con la teoría estriba en que mi propia vida da fe del poder del pensamiento crítico. Al sumar a mi pasión por las ideas una vívida imaginación, encontré en el mundo de la escritura creativa un espacio para la trascendencia, una manera de sanar. A diferencia de muchos niños de familias desestructuradas que crean amigos imaginarios para no desfallecer, descubrí muy pronto que la intensa práctica creativa de la lectura y la escritura me embarcaban en un alentador e inspirador viaje a través de la imaginación. Empecé a escribir poesía a los diez años y publiqué mis primeros poemas en la revista de la escuela dominical. Gracias a ese temprano punto de apoyo adquirí un fuerte sentimiento de autoestima y comprendí que mi voz era importante, pues me permitía articular mi visión y compartirla.

«Cornel West entrevista a Bell Hooks», en Partiendo pan. Vida intelectual negra insurgente, p. 149-151.

 

 

sábado, 13 de mayo de 2023

Mahmud Darwish: El poeta troyano


 

En estas conversaciones, se desgranan severas observaciones políticas, no exentas de mordacidad o de autocrítica cuando es el caso. Darwish no rehúye hablar de la actualidad política. La suya es una poética de la presencia de Palestina contra el poder de los mitos y los tanques israelíes que, con suerte, concede al poeta ser «palestino» pero no «de Palestina». Lo dejó dicho en un verso memorable: «Se llamaba Palestina. Se sigue llamando Palestina».
Darwish, que nunca negó que en sus inicios cultivara la poesía de resistencia, reclamó su derecho a una evolución hacia posiciones de universalidad poética. Lo cual, por otra parte, y según su pensamiento, le permitía expresar mejor la tragedia palestina. Si el derecho al fin de la Ocupación y el retorno son parte inseparable del derecho universal a la libertad y la justicia, para Darwish escribir sobre el amor o la belleza refuerzan la humanidad del ser palestino y lo preservan de la contingencia histórica, que lo empuja a la extinción.

Luz Gómez

 

 


Marina Landa – Espacio Público

El poeta troyano. Conversaciones sobre la poesía reúne cinco entrevistas que Mahmud Darwish, en su madurez, concedió a diferentes medios. En su prólogo, Luz Gómez, editora y traductora del libro, nos advierte de que existen numerosas entrevistas de Darwish en sus inicios y en la etapa de madurez, pero guardó “un premeditado silencio, casi total en su periodo medio que coincide con los años de su exilio en Beirut, Túnez y finalmente en París”. El regreso a Palestina, tras los Acuerdos de Oslo, dio inicio a una nueva etapa de su vida y de su poesía, a la que corresponden las entrevistas aquí seleccionadas. “La entrevista —continua la prologuista— es un género temerario. La frescura y la sinceridad casan mal con la cautela y la prudencia necesarias. Darwish supo llevar a su terreno el género y desgranar sus intereses mayores: lo poético y lo político, lo personal y lo colectivo”.

A través de estas conversaciones, Darwish va desgranando su poética, que ha ido evolucionando a lo largo de su dilatada obra, desde una poesía de resistencia a una poesía que reclama su lugar en la universalidad poética, que, a su parecer, le permite expresar mejor la tragedia palestina. Deslindar lo político de lo poético, lo personal de lo colectivo sin renegar de nada.

A la pregunta de Abdo Wazen en “Nacimiento a plazos” —la más larga de las entrevistas que recoge el presente volumen— de si París, ciudad en la que el poeta vivió exiliado durante diez años, fue decisiva para darlo a conocer, Darwish responde: “No sé. Lo que sí sé es que en París tuvo lugar mi verdadero nacimiento poético. Si tuviera que destacar algo de mi poesía, casi todo con lo que me quedaría lo escribí en París, durante los años ochenta y primeros noventa. Allí tuve la oportunidad de pararme a pensar y reflexionar sobre la patria, el mundo, las cosas, poniendo cierta distancia, una distancia iluminadora”.

Más adelante, refiriéndose a su retorno a los Territorios Ocupados de Palestina, dice: “Así que tomé la segunda decisión más arriesgada de mi vida: tras la salida, el retorno. Salir y retornar son los dos pasos más difíciles que he tenido que dar. Elegí Ammán porque está cerca de Palestina y porque es una ciudad tranquila de buena gente. Allí puedo hacer mi vida. Cuando quiero escribir, me marcho de Ramala y aprovecho para estar solo en Ammán”.

En Ramala, Mahmud Darwish siguió dirigiendo la revista Al-Karmel, cuyos archivos fueron destruidos por el ejército israelí durante el asedio de la ciudad en el año 2002.

Wazen alude a La cama de la extranjera, “un libro de amor muy hermoso”, cito literalmente, uno de los poemarios de su etapa final, en el que parece que Darwish consigue acabar con la idea de que en su poesía la mujer es la tierra, o la amada, la patria. “Es peligroso andar siempre aferrándose a los símbolos. La mujer es un ser humano y no un medio para expresar otras cosas. La rosa es un ser vivo sublime y no tiene por qué simbolizar la herida o la sangre”, contesta Darwish, y prosigue:

La identidad de ser humano del palestino precede a su identidad nacional … El palestino es un ser que ama, odia, disfruta de la primavera, se casa… Igual pasa con la mujer, que significa otras cosas que no son la tierra. Por más bonito que sea que la mujer encarne la existencia entera, lo primero es que tiene su personalidad como mujer.

Cuando a raíz de la publicación de La cama de la extranjera se me echó encima la crítica, que me acusó de haberme desentendido de la causa palestina, les respondí que al contrario, que este libro profundizaba en esa dirección. Que escribir sobre el amor representa una dimensión esencial de la resistencia cultural, y que si somos capaces de escribir sobre el amor o la existencia, la muerte o el más allá, nuestros valores nacionales y nuestra identidad salen reforzados. No somos una arenga política, no somos un panfleto. Como he dicho y repetido en más de una ocasión, ser palestino no es una profesión: por más que el palestino luche y defienda su tierra y sus derechos, ante todo es un ser humano.

En la entrevista que cierra el libro, “La estética de la desesperación”, Darwish confiesa a Dalia Karpel, del diario israelí Haaretz: “La situación actual es la peor que quepa imaginar. Los palestinos son la única nación en el mundo que sienten con certeza que el día de hoy es mejor que los días venideros. Mañana siempre trae una situación peor”.  Estas palabras fueron pronunciadas en julio de 2007, pocos días antes de un recital histórico en el Auditorio Monte Carmelo de Haifa (Israel en la actualidad), y parecen proféticas: en marzo de 2023 la situación de Palestina empeora irremisiblemente, el día de hoy es, lamentablemente, mejor que los días venideros.

 

Artículo completo en Espacio Público

 

 

 

lunes, 7 de noviembre de 2022

Tarek Eltayeb: Estaciones. Una autobiografía

 


 

Sus recuerdos evocan los sabores de los tomates de las huertas de El Cairo y los helados de Gaza, el resplandor de las playas del Mediterráneo, el rumor de los barrios del Egipto fatimí, el traqueteo de los trenes en el Sinaí, la música de los setenta, el olor a petróleo en Irak, la explotación de los trabajadores, los controles en las fronteras, la frialdad de sentirse extranjero en un nuevo mundo, el amor, la esperanza y el descubrimiento de la escritura, el arte y la literatura.

El del autor es un trayecto individual, único y atípico, como el de los millones de seres humanos que se mueven por el planeta en busca de un hogar y un destino. Tarek Eltayeb es hoy -entre otras muchas cosas- un escritor austriaco que escribe en árabe, un representante de una Europa nueva.

En ‘Estaciones’, el escritor egipcio Tarek Eltayeb abre las entrañas del país norteafricano a través de sus memorias

Tarek-Eltayeb-entrevistado-por-Chema-Caballero
Tarek Eltayeb, autor de Estaciones. Una autobiografía, traducido del árabe al español por Luz Comendador, en Madrid durante la entrevista con Chema Caballero para El País.

Chema Caballero

Madrid – 07 may 2023 – El País – Planeta Futuro

La infancia de Tarek Eltayeb (El Cairo, 1959) son recuerdos del barrio de Ayn Shams, en la capital egipcia. A él se redujo su mundo durante muchos años. A sus calles llenas de arena y polvo, al olor a estiércol de los palmerales y sembrados y al calor ardiente. Allí estaban los patios donde crecían los árboles cuajados de mangos o guayabas, o los huertos claros donde maduraban los tomates que él y sus amigos robaban. Luego vino la escuela coránica en la que aprendió a leer las letras del alfabeto árabe. Y eso le llenó de orgullo. Leyó sin parar los carteles que encontraba o las inscripciones de los cucuruchos de pipas o cacahuetes y luego los libros que descubrió en la biblioteca de su padre. Él no entendía aquel idioma tan distinto al dialecto cairota que todos a su alrededor utilizaban. Su madre, que nunca había ido a la escuela, le traducía aquellas palabras para que él se las apropiase.

Muchos años después, ante las críticas que recibió su primera obra de teatro, El Ascensor, por estar escrita en dialecto y no en árabe clásico, había de recordar aquellas tardes de lectura y erigirse en claro defensor de su lengua madre, que es la misma que habla el pueblo. Porque hay expresiones que, si no se dicen en ella, mueren. Además, el idioma es un ancla para una persona que se ve obligada a vivir lejos de casa.

Los recuerdos de Eltayeb también abarcan el barrio de Husainiyya, donde vivían la abuela y la bisabuela. Es el lugar de las romerías a las tumbas de los santos y de las fiestas. Es también el sitio en el que se escuchaban los seriales de la radio y las historias y cuentos de la saga familiar. Luego están los traslados a El Arish, en la península del Sinaí. El espacio de la “felicidad sin límites”, donde la familia pasaba los largos meses de verano junto al mar y las palmeras.

Y así, hasta la universidad, cuando un cambio de leyes le considera extranjero y no puede proseguir sus estudios. La razón es que su padre, aunque trabajaba en la policía de fronteras, era sudanés. Había migrado a El Cairo, donde conoció a su mujer. Por consiguiente, él también fue considerado sudanés, aunque visitó el país por primera vez con 20 años. De ahí era el pasaporte que durante tanto tiempo le acompañó y tantos problemas le causó al cruzar las fronteras. Ahora, con documentación austriaca, no los tiene, pero existen otros debido al color de su piel. Las fronteras, ya sean físicas o mentales, fueron creadas para eso. Para marginar a la mayoría de los ciudadanos del mundo.

De esta forma, Eltayeb desgrana las etapas de su vida, como si se tratasen de las paradas de un tren que nunca llega a su destino, en su autobiografía Estaciones (Ediciones del oriente y del Mediterráneo, 2022. Traducción del árabe de M. Luz Comendador Pérez). Una obra que recoge los primeros 25 años del autor, una época llena de colores, olores, sabores y sensaciones bañadas por la luz de El Cairo. Los 25 siguientes, donde se ve obligado a adaptarse al frío de Viena. Y luego, tras años de ausencia, el regreso a la ciudad que le vio crecer y la comprobación de que todo es más pequeño de cómo lo recordaba.

El deseo de continuar sus estudios le hizo migrar. Como ya había hecho su padre. Y siguiendo el curso del Nilo, que al revés del resto de los ríos del mundo, fluye de sur a norte, partió de su país y llego a Viena, a orillas del Danubio. Allí le recibió el silencio, el frío, la falta de sol, de familia y de amigos. Además, se tuvo que enfrentar a la carencia de un idioma con el que comunicar y a los duros trabajos reservados a los últimos que llegan. En medio de aquella soledad, Eltayeb comenzó a escribir sobre las escenas y personajes familiares que empezaban a transitar, debido a la distancia, del mundo del recuerdo al del sueño. “La escritura me salvó de perderme a mí mismo en Austria”, comenta mientras esboza una gran sonrisa, antes de añadir: “Empecé a escribir para hacer que mi familia estuviera conmigo, viniera a mí. Aquí está mi padre, cuando escribo, y aquí está mi hermana y mis hermanos. Como si estuvieran sentados conmigo”. Y recuerda: “Cada semana tenía a una persona de la familia y así sentía que estaba con ellos. Solo en papel… pero era suficiente”.

Con el paso de los años profundizó en aquellos escritos que finalmente han fraguado en esta autobiografía atípica, en la que no se respeta la cronología, sino que se juega con las sensaciones. Donde el autor dialoga consigo mismo y con el lector. Una obra escrita con un lenguaje sencillo que refleja el estilo de los cuentos que el pequeño Eltayeb escuchaba o los que inventaba para sus amigos. Es un libro que derrama evocación y emociones que se entrecruzan como si fueran los picos de un electrocardiograma.

[ artículo completo en El País – Planeta Futuro ]

 

 

El profesor de economía que también crea poesía: Tarek Eltayeb

El poeta de origen sudanés Tarek Eltayeb es docente en Viena y está visitando Medellín. Participa en el Festival Internacional de Poesía de este año.

05 de julio de 2019 - elCOLOMBIANO

Por Valeria Murcia Valdés

Tarek creció entre dos ciudades. Pasó la infancia entre El Cairo y una pequeña al norte de Egipto, justo en el Mediterráneo: El Arish. Pero no pudo terminar de crecer allí, la guerra lo alcanzó a él y a su familia y entonces huyeron de allí. Se dedicó a las Ciencias Económicas, y así es que ahora también habita entre dos mundos: el de los números y las letras.

Tres son las universidades en las que enseña sobre economía y catorce han sido los libros que ha publicado. Lleva 35 años viviendo fuera de África y 36 escribiendo. Hace 22 años recibió su doctorado en Ciencias Económicas y Sociales y tiene el lujo de decir que sus escritos se han traducido a más de una veintena de idiomas.

Cinco veces ha escrito poemarios, destaca uno de ellos: No es Pecado. “No es pecado que desprecie a los invasores que saquearon el viento, lo reemplazaron con el polvo y el humo, confiscaron la lluvia pisoteándola y arrasaron almas de los seres humanos con pies de plomo en busca de un buey sagrado sin señales”.

Llegó a Medellín a conversar y a hacer parte de la edición número 29 del Festival Internacional de Poesía de Medellín, cuyo eje este año está centrado en la celebración del Bicentenario, pero pone en duda la idea de independencia.

¿Cómo concibe la idea de independencia?, uno de los temas principales del festival este año.

“La poesía, en su esencia, es un llamado por la independencia y la emancipación. Es la libre expresión de un alma torturada que intenta resolver ese dolor y revivir la esperanza. La poesía, por defecto, no soluciona problemas. No es una varita mágica que directamente pueda conseguir justicia o bondad. Creo que la poesía es, más bien, una entidad viviente entre nosotros. Hay personas que la entienden, que la aprecian y que contemplan sus significados para aprender de ellos. Mientras otros no la sienten o la quieren, pero sí pelean contra ella.

La poesía verdadera y genuina, que expresa esperanzas y dolores de la gente, llama a la rebelión en contra de ideas constantes y actitudes indecisas. Empuja por revolución contra las “estrellas” en los hombros de los generales tratando de decirle a la gente que encima de todas esas estrellas falsas de cobre, hay planetas y lunes más misericordiosas en nuestro universo”.

¿Y cómo lo ha intentado aplicar a su poesía y su cotidianidad habiendo crecido en Egipto?

“Libertad, independencia, justicia, democracia y tolerancia son principios que son puros como el agua o ardientes como el fuego. Por supuesto, intento aplicarlos en mi vida, pero no como absolutos. Estos conceptos pueden parecerle inocentes a la gente irracional. Volviendo a su pregunta original sobre la independencia, empezó en mí al intentar deshacerme del rol de la figura dominante de la familia, aunque no necesariamente la del padre. Es un esfuerzo a resistir a una comunidad dominada por el estereotipo masculino.

Pero por otro lado, la hegemonía social, algunas veces, es mucho más fea que la hegemonía masculina cuando esa sociedad intenta reproducir dominación y supresión en varias formas. La independencia, para mí, significa resentir ideas obsoletas, preguntarse todo lo que ha sido dado por sentado. Nadar contra la corriente y creer en la gente, sin importar quienes sean. Es una mera ilusión pensar que la gente puede cambiar su patria por otra. Puedes cambiar de lugar, pero es imposible sustituir tu patria por otra. La geografía puede ser reemplazada, pero la historia no, incluso si es falsificada.

En mi caso fue inevitable moverme geográficamente de mi patria. La dejé para volver a mis raíces pero desde una ruta diferente. Tenemos un dicho en árabe: “Viajar tiene siete beneficios”. El más grande de ellos, para mí es lograr independencia que lleva a la claridad de la mente en un estado de verdadero Sufismo (doctrina mística que profesan ciertos musulmanes). Escribir y crear poesía me han ayudado a alcanzar la evolución espiritual más que ganancias materiales”.

Entre sus tantas actividades, ¿cómo es su proceso creativo?

“Creo que todo lo que hago son contemplaciones esenciales de la vida para poder entenderla. Soy un docente en tres universidades y creo que esa es una profesión inspiradora desde la cual transferimos nuestra experiencia a la próxima generación. Ese es nuestro deber, aunque nuestra experiencia solo debería llegar a los estudiantes como si fuese una obra artística: sujeto de interpretaciones diversas, críticas e incluso rechazo. No debemos dictar o forzar nuestra experiencia, incluso si creemos que hemos vivido en las eras doradas o las más puras.

Contemplo la vida todos los días como si fuese un niño de manera perpetua. La vida siempre me sorprende. Sin la sorpresa no hay placer y sin eso, la vida no tiene sentido. Lo más atrevido que sea el niño dentro, serás más creativo.

En todo momento de mi vida pienso con profundidad en o que me rodea: las personas, las criaturas vivas, las que no lo están, los niños en sus cunas, los hombres viejos y las mujeres de edad. Los pájaros que cantan, la lluvia, la arena, las estrellas y las mariposas que se mecen con agudeza para huir de las aves hambrientas y sobrevivir mientras yo intento distinguir sus sombras en el piso. Contemplo los campos con sus cambiantes cosechas que declaran, cada estación, un nuevo comienzo. Desde esas imágenes simples, pero reveladoras, se teje mi poesía”.

En ocasiones la palabra “poético” es usada como adjetivo. ¿Qué considera poético?

“Todo en nuestro mundo puede ser calificado como poético, y al mismo tiempo, como no poético. Las guerras se libran de manera poética en estos días, detrás de las puertas cerradas de todos aquellos que están siendo criados con juguetes y juegos devastadores para la infancia. Obsesionados con la muerte y la destrucción del enemigo, quien quiera que sea. Esos niños han crecido ahora y continuaron con sus máquinas de muerte, pero ahora contra seres humanos. Esa es la nueva relación poética” .

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Puedes encontrar una selección de su poesía traducida al español en CÍRCULO DE POESÍA

Y contemplar su intervención en el Festival de Poesía de Medellín, junto con el poeta egipcio Ahmad Al Shahawi, en el siguiente vídeo