Una mirada abierta a otros horizontes: narrativa, poesía, ensayo, novela gráfica... Un puente entre Oriente y Occidente, entre Norte y Sur: Afganistán, Afroamérica, Argelia, Checoslovaquia, China, Grecia, India, Irán, Italia, Francia, Japón, Marruecos, Mauritania, Rumanía, Rusia, Sahara, Túnez, Turquía...
El miércoles 22 de abril, Casa Árabe hará entrega de la tercera edición de este galardón a Inmaculada Jiménez y Fernando García Burillo, creadores de Ediciones de Oriente y del Mediterráneo. En el acto estarán arropados por amigos y colaboradores que subrayarán la importante trayectoria de la editorial. ¡Ven a celebrarlo!
El acto contará con la presencia del director general de Casa Árabe, Miguel Moro Aguilar, quien hará entrega del premio a los editores, Inmaculada Jiménez y Fernando García Burillo, así como del coordinador de Cultura de Casa Árabe, Karim Hauser, quien dará paso a las intervenciones de Gonzalo Fernández Parrilla; Teresa Aranguren; Ignacio Álvarez Ossorio; Ourdia Sylvia Oussedik; Luz Gómez; Isaías Barreñada; Bernabé López; Waleed Saleh; Malika Embarek y Santiago González Vallejo (online).
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo es una editorial creada en 1989 por Fernando García Burillo e Inmaculada Jiménez Morell “para dar a conocer la literatura y las sociedades de ambos lados del mar Mediterráneo”.
La editorial, una empresa familiar con 37 años de trayectoria, es pionera en la publicación de literaturas periféricas en español, facilitando así el acercamiento a otras realidades a través de la producción literaria en diversas lenguas.
El jurado del Premio Amistad ha valorado su destacada labor en favor del conocimiento y la difusión de la cultura árabe en España, mediante la traducción y publicación de relevantes obras de autores de Oriente Medio y África del Norte, así como de reconocidos especialistas españoles y europeos en la materia, en géneros que incluyen poesía, narrativa y ensayo. Desde 1989, la editorial ha desarrollado un esfuerzo sostenido y riguroso que ha contribuido de manera significativa al fortalecimiento del entendimiento mutuo y al diálogo intercultural.
Como ganadores del Premio “Amistad” recibirán, además de la prestigiosa distinción, un “Orante”, escultura realizada por el artista Rachid Koraïchi, reconocido internacionalmente por sus trabajos en escultura, instalaciones, cerámica y textiles. Se trata de una figura de 28 cm. de altura realizada en acero corten con efecto óxido, situada sobre una peana en color óxido turquesa con firma del autor, logotipo de Casa Árabe y espacio para grabar el nombre de la ganadora del premio y el año. El tamaño total de la pieza es de 35x21x4 cm.
El premio “Amistad” de Casa Árabe ha sido creado con el propósito de reconocer la labor de individuos y entidades, públicas o privadas, nacionales o internacionales, que hayan contribuido de forma destacada a fortalecer los lazos de convivencia, concordia y entendimiento entre las sociedades árabe y española.
No cabe duda de que la realidad que transcurre por entre las páginas
de este poemario de Mosab Abu Toha, es terrible y desoladora, pero
quizás lo que acentúa esa constancia es la delicadeza con que lo cuenta;
su mesura. O mejor, su dignidad. No se ceba en la rabia, la venganza o
la morbosa descripción de los crímenes que ocurren a cualquier hora cada
día, pero levanta el acta. Él interpela, cuenta, expone serenamente sin
pretender compasión ni complicidad; tan solo que escuchemos lo que
tienen que decirnos los que están al otro lado. Que escuchemos de una
vez por todas. Y eso es lo que conmueve. Esa manera de describir la vida
diaria de niños jugando en las plazas, escolares yendo a clase, de agua
hirviendo para el café, de las fresas madurando y los bebés naciendo,
con los drones pendiendo de un hilo sobre los simulacros de normalidad.
una rutina normal. Él desgrana las tareas de quienes no quieren dejar de
ser seres humanos, que se levantan cada día para cumplir sus
obligaciones; que llevan los relojes a arreglar, o leen los periódicos y
se obstinan en cumplimentar la rutina mientras la metralla perfora los
cristales, los edificios se derrumban y van quedando, cada vez, menos
cosas que sobrevivan a sus dueños. Y menos dueños que sobrevivan a las
cosas. Mosab sabe lo que es la aniquilación, sabe de cuerpos
despedazados y de explosiones rompiendo tímpanos y acelerando el bombeo
de la sangre, de críos que no saben distinguir una nube de vapor de agua
de una de polvo; en Palestina, el olor a pólvora no significa fiesta
sino un puñado de nombres tachados de la lista. A medida que el poemario
avanza va dando detalles, poco a poco amplía la información. No oculta
la herida, pero va desprendiendo la gasa con cuidado. Cuando nos
queremos dar cuenta, el horror está ahí; nos ha ido introduciendo en él
suavemente, sin empujar. Él nos lo muestra, pero no insiste. No insiste
más de lo preciso porque lo que también sabe es que su realidad está al
otro lado del mundo. Del mundo que lo ha expulsado y no se quita las
gafas de sol para no ver el color verdadero de la sangre. El mundo del
“vive y deja morir” encogiéndose de hombros porque no tenemos por qué
inmiscuirnos en la vida de nadie. El mundo que hace una transferencia a
la Cruz Roja con la mano derecha para paliar en algo las fechorías que
perpetran sus envíos de armas con la mano izquierda. Cada uno en su
casa y Dios o Alá o quien sea, en la de todos. Porque, mientras estamos
aquí para escuchar el sobrecogedor don de la poesía, ¿qué nueva
desgracia se estará cerniendo sobre los suyos? ¿cuántos hospitales
quedarán de pie cuando terminemos esta reunión? ¿podrán nuestros
aplausos imponerse al estruendo de las bombas? Al llegar a este punto
soy consciente de que me voy a meter en aguas pantanosas. No quisiera
traspasar ciertas líneas de seguridad que controlan la estabilidad de mi
espíritu, pero es inevitable volver a cuestionarme una vez más, qué
sentido tiene que la poesía nos emocione sentimentalmente y no sacuda
nuestras conciencias para hacer que nos arremanguemos. Tanto poeta como
hay en el mundo, tanto intelectual, tanto artista bienintencionado, ¿no
podríamos servir como una cámara acorazada que mantuviera a raya las
injusticias y la destrucción?
Cuando íbamos a dar los conciertos en los campamentos del Sáhara, en
el campo de refugiados de Damasco o en la Plaza del pesebre de Belén,
recibíamos esta clase de comentarios, con escepticismo, o con censura y,
aunque yo no he encontrado respuesta convincente y ni tampoco me he
desanimado del todo por ello, me ha dado suficiente combustible para
agitar y hacer funcionar mis cavilaciones.
Pero si Mosab en medio del espanto, mientras retumban las paredes y
el suelo en cualquier momento puede convertirse en un volcán, es capaz
de sentarse en un supuesto columpio para enhebrar palabras y construir
imágenes de una novedad y una fuerza sorprendentes, me siento absuelta
de culpa por hacer lo que soy incapaz de dejar de hacer: intentar
utilizar las palabras como aldabones.
Porque no sé cuántas cosas podemos hallar en el oído de Mosab, aparte
del rumor de las caracolas y alguna de las historias de las que él dice
que le contó su abuelo, pero él sí sabe hallar cosas impensadas. Él ha
hecho unas asociaciones, envidiables, que son otros tantos hallazgos que
enriquecen su poesía. Si las perlas son el resultado de la herida de
una ostra, este poemario cumple el requisito.
El libro contiene fotografías. Pero el libro no es un álbum. Las
fotografías son otros tantos poemas como fogonazos que hieren más por lo
que significan que por lo que muestran. Un espejo roto, ¿qué puede
tener de siniestro si no es porque el pedazo que falta ha hecho añicos
la imagen del poeta? No, no son fotos mudas. No son reflejos, son
reflexiones. Como la foto de la soga. La soga que se estrecha y
estrangula, la que va reduciendo inexorablemente el mapa de Palestina
que antes ocupaba una hoja entera de mi cuaderno de Historia Sagrada en
mis años escolares. ¿Qué mapa se dibujará ahora en los colegios
palestinos? aunque… ¿quedará todavía algún colegio? ¿seguirán los
pupitres alineados y las pizarras no se habrán desprendido de las
alcayatas que las fijan a las paredes? ¿quedarán paredes?
He salido del libro como si emergiera a la superficie, después de una
extraña travesía, sin haber recuperado aún el equilibro sobre la tierra
firme. Y con una imagen fija delante de mí, la primera que abre el
libro y siento una inexplicable desazón. Lo mismo es miedo. Miedo al ver
que una manzana, espontáneamente, rueda hasta alcanzar el borde de la
mesa, antes de que estalle la explosión.
Ana Rossetti en el acto de presentación de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído
No lo sé
Una habitación con libros
Esa habitación me traslada a otra que ya no existe: la conozco por
los poemas de Mosab Abu Toha. Quizá sea alguna sala de la biblioteca que
fundó en Ciudad de Gaza
Elena Medel
Una mujer y su hija se reencuentran con un hombre -marido, padre- que escapa de la guerra. Ella se llama Concha Méndez y la acompaña Paloma, de cuatro años; el hombre, Manuel
Altolaguirre, se reúne con ellas en París tras cruzar la frontera y
penar en campos de concentración y hospitales psiquiátricos. Lo dictó Méndez a la hija de su hija, Paloma Ulacia Altolaguirre, en un volumen titulado Memorias habladas, memorias armadas, en Renacimiento. Tras descansar la primera noche en un hotel, la familia recibió la invitación de Paul y Nusch Éluard -poeta él, artista ella- para instalarse en su casa de Saint-Denis.
Méndez explica la generosidad de los Éluard por la empatía de quienes
habían sufrido el hambre y la enfermedad en la Gran Guerra, y se recrea
en «un detalle que nos llenó de emoción. Éluard había puesto en
las repisas de nuestro cuarto una serie de libros de poesía española
que había comprado especialmente para nosotros, porque él no leía
español«. Luego partirían al exilio en América, pero quedémonos ahí: en ese fragmento convertido en un lugar. La página 111 de las Memorias se
transforma en la habitación de una casa al norte de París; una
habitación en una casa con un jardín baldío, en el que Méndez se distrae
cada mañana sembrando plantas que nunca verá florecer.
Esa habitación me traslada a otra que ya no existe: la conozco por los poemas de Mosab Abu Toha. Quizá se trate de la de su adolescencia, después de su infancia en el campo de refugiados de Shati, o de la que compartió con su esposa y sus tres hijos en Beit Lahia, o incluso de alguna sala de la Biblioteca Edward Said, que fundó en Ciudad de Gaza:
un centro cultural con actividades literarias, talleres de informática o
clases de idiomas, que ofrecía un respiro en el asedio.
Esas habitaciones las he leído en su poemario Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído,
que el año pasado publicó Ediciones del Oriente y del Mediterráneo -qué
catálogo espléndido-, con traducción de Joselyn Michelle Almeida. El
libro incluye algunos de los poemas que llevó consigo a Estados
Unidos; intentando pasar a Egipto, Abu Toha fue secuestrado y torturado
por el ejército israelí. En ‘La metralla busca la risa’ las
bombas derriban la casa de sus vecinos, en la que «todos han muerto: /
los niños, los padres, los juguetes, los actores de televisión, / los
personajes de las novelas y los libros de poesía, / ‘yo’, ‘él’ y ‘ella’.
No quedan pronombres».
Otros poemas se fechan ya en
el tiempo del exilio. Quien busque rabia, la encontrará; también
denuncia, crudeza. Pero sobre todo Mosab Abu Toha reivindica su
derecho a la creación, a la posibilidad de escribir sobre el genocidio
desde la belleza, la imaginación, incluso el humor. Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído se abre con un poema muy lúdico, ‘Palestina de la A a la Z’, en el que desde cada letra del alfabeto inglés -alterna esta lengua con el árabe;
me interesan mucho sus reflexiones sobre la implicación política de
este gesto, y sus contradicciones- repasa su memoria íntima y la vincula
con la del país. Asigna la b a ‘libro’, por book y border,
‘frontera’. «Un libro que no menciona ni mi lengua ni mi país, y tiene
mapas de todos los lugares salvo el lugar donde nací, como si yo fuera
un hijo ilegítimo de la Madre Tierra». Para la letra f escoge friends, ‘amigos’, y fish, ‘pez’, compañía y alimento, y por eso regresa a «los libros de mi salón en Gaza, los poemas en mis libretas, todavía solos».
Enumera todos los lugares -las habitaciones- de su felicidad, hoy en
ruinas, y el texto lo impregna de dolor y de ternura, de nostalgia feliz
y de estremecimiento.
¿Para qué sirve un libro? No me refiero a una cuestión
emocional, o sí: pienso en su utilidad, en el provecho que brinda a
quien lo posee y a quien lo lee. Para qué sirvieron los libros
que Paul y Nusch Éluard compraron en un idioma extranjero. Para qué
sirvieron los libros que Mosab Abu Toha consiguió para la Biblioteca
Edward Said, los que dejó en su casa de Beit Lahia, los que escribió y
no logró salvar y ahora se mezclan con ceniza y cascotes.
Para qué mencionar para qué
sirven los libros -los libros, para qué- cuando la cifra de asesinados,
heridos y desaparecidos en el asedio de Israel a Gaza aumentará entre el
momento en el que la teclee y el momento en el que la leas. La edición
española de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído
se cierra con una entrevista a Mosab Abu Toha por el poeta
estadounidense Ammiel Alcalay, judío. Conversan acerca de la historia de
la familia de Abu Toha, marcada desde 1948. Él menciona a sus muertos;
estremecen sus amigos, jovencísimos. Se detienen en la
literatura, en la relación con la tradición palestina, en cómo la
ocupación ha invadido lo que escriben y el compromiso no se entiende
como opción. Abu Toha se detiene con orgullo en el mencionado proyecto de la biblioteca.
Meses después, en enero de 2025, el ejército israelí la destruyó en uno de sus ataques. Diría que aún existe, porque existe en sus palabras de Mosab Abu Toha. Mentiría.
El poeta de la muerte en Gaza: “Intento que al menos sobrevivan las historias de los asesinados”
Francisco Carrión @fcarrionmolina El Independiente 23/07/2025
“Nos merecemos una muerte mejor/ Nuestros cuerpos están
desfigurados y retorcidos,/ bordados con balas y metralla./ Nuestros
nombres se pronuncian mal/en la radio y televisión…”, escribe Mosab Abu
Toha, el gazatí que zurce el dolor y la rabia a golpe de poemas. Sus
versos son directos y punzantes. Como los proyectiles israelíes que
matan a diario desde octubre de 2023 a decenas de palestinos. Pero, a
diferencia de la metralla que llueve sin cesar sobre la Franja, los
dardos de Abu Toha son inofensivamente pacíficos. Solo sacuden la
conciencia de quienes los leen.
“Por desgracia, la realidad hoy resulta peor que lo que cuenta
ese poema”, advierte en conversación con El Independiente Abu Toha. “Lo
escribí sobre nuestro pueblo, sobre cómo nuestros miembros fueron
descuartizados por los ataques aéreos y sus nombres no se pronunciaban
correctamente en la televisión. Pero el 7 de octubre, después de que
Israel iniciara su genocidio contra el pueblo, la muerte se ha cobrado
cientos de miles de vidas. 60.000 de ellas por ataques aéreos y balas.
El resto murió porque no hay medicinas, ni combustible, ni ambulancias,
ni atención médica. Así que, si tuviera que volver a escribir el poema,
también añadiría el hecho de que muchas familias quedaron sepultadas
bajo los escombros de sus casas durante meses. Ya no son solo personas
desmembradas y desfiguradas por los bombardeos, sino también personas
que quedaron bajo los escombros”.
Mosab Abu Toha en la presentación de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído en Casa Árabe de Madrid.
En su cuenta de X, desafiando la censura que impone la corrección
política que trata de evitarnos ver la cruda realidad de cuerpos
mutilados, despedazados o ensangrentados, Abu Toha -afincado en Estados
Unidos tras su salida de Gaza vía El Cairo- comparte las historias de
los asesinados. Les concede el nombre y una biografía que una contienda
sin fin les niega. “Hace unos meses vi el vídeo de una niña que quedó
aplastada bajo el techo de un aula donde se había refugiado con su
familia. La mitad de su cuerpo estaba sepultada bajo el techo y la otra
mitad colgaba. Nos merecemos un día mejor. Esto no es la guerra. Esto no
es la muerte. Espero que no sea la muerte en absoluto”, desliza el
autor de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído, publicado en
castellano por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.
Desde los primeros bombardeos hace 21 meses, Abu Toha ha perdido
en Gaza a decenas de parientes, amigos y vecinos. El domingo a la lista
de muertos se añadió Ali. “Mi primo Ali ha muerto hoy mientras esperaba
comida. Tenía 34 años y era padre de cuatro hijos. Mirad cómo el hambre
le había demacrado el rostro y agotado el cuerpo”, escribió tras recibir
la noticia. “Hoy ha sido un día de pérdidas insoportables. Mi primo ha
sido asesinado, el hermano de mi esposa y otro primo han resultado
heridos, y muchos de mis amigos del barrio han regresado con miembros
amputados. Eran hombres jóvenes, hijos, padres, que habían salido
desesperados para traer aunque fuera un poco de comida a sus familias.
Sus frágiles cuerpos apenas podían soportar el viaje de más de 10
kilómetros, pero ¿qué otra opción tenían? ¿Cómo puede alguien quedarse
en una tienda de campaña mientras sus hijos y sus padres ancianos se
retuercen de hambre? Lo que está haciendo Israel es monstruoso, y debe
rendir cuentas”, relata.
Abu Toha -galardonado este año con el Premio Pulitzer por una
serie de ensayos publicados en The New Yorker que narran la vida en
Gaza- salió de Gaza a finales de noviembre de 2023 tras ser secuestrado
durante tres días por las fuerzas israelíes. “Los israelíes me lo
robaron todo: el pasaporte, mi familia, mi dinero, mis tarjetas de
débito y crédito, mi ropa, mis zapatos, todo lo que tenía, incluso mi
reloj. Cuando llegamos a Egipto, me obligaron a solicitar un visado para
Estados Unidos”, admite. Desde entonces, observa el exterminio de los
suyos desde lejos. Van cayendo uno a uno. Sin tregua, entre rumores de
un alto el fuego que llevan semanas negociando Hamás e Israel en Qatar y
que nunca llega.
“Lo estoy perdiendo todo. No puedo detenerlo. Veo cómo me
arrebatan todo, las vidas de algunos de mis amigos y algunos de mis
alumnos. He pasado el último año y medio viendo cómo lo perdía todo,
viendo cómo me arrebataban para siempre las cosas que amo”, maldice.
“La casa bombardeada. Todos han muerto:/ los niños, los padres,
los juguetes, los actores de televisión,/ los personajes de las novelas y
los libros de poesía,/ «yo», «él» y «ella». No quedan pronombres. Ni
siquiera/ para los niños cuando aprendan las oraciones/ el próximo año.
La metralla vuela en la oscuridad,/ busca las risas de la familia,/
ocultas tras montones de muros desfigurados y marcos sangrantes. La
radio/ ya no habla. Se han quemado las pilas,/ la antena está rota./
Hasta el locutor sintió dolor cuando la radio/ fue alcanzada. Hasta
nosotros, al oír la bomba/ mientras caía, nos arrojamos/ al suelo,/ cada
uno contando a los de alrededor./ Estábamos a salvo, pero el corazón
nos duele todavía.”
“Sigo escribiendo poemas, pero como estoy viajando y también sigo las
noticias, traduzco y publico en mis redes sociales, no dedico tanto
tiempo a escribir poesía como antes. Ni siquiera puedo sentarme a pensar
en escribir un poema. Escribo poemas de vez en cuando, pero no como
antes”, reconoce Abu Toha. En los ratos en los que deja de informar del
reguero interminable de muertes, el poeta regresa a los versos. “Gaza se
ha convertido en un gran funeral” es el título de uno de los poemas que
ha logrado pergeñar en los últimos meses.
Sostiene que, a pesar de la carnicería que sobrevuela Gaza, no ha
pensado jamás en rendirse. Su salvavidas es la poesía. Estrofas que,
como balas, cruzan el espacio y rompen el silencio y la indiferencia,
cuando no la complicidad, con los que los despachos en Occidente tratan
con la operación militar israelí. “Los poemas que escribo no tratan
sobre matar a otras personas. No incito a la gente a matar a otras
personas como hacen los israelíes con nuestro pueblo en Gaza, en el
Líbano y también en Siria. Pero lo único que puedo hacer con mi poesía
es resistir el borrado, el acto de olvidar las historias de las personas
que fueron asesinadas por las fuerzas israelíes. Me resisto al borrado,
al olvido de estas historias. Llevo estas historias a las personas que
no saben nada sobre Gaza. Me resisto al genocidio israelí compartiendo
las historias de cada uno de mis alumnos, de mi pueblo, de los niños,
los padres y las madres y de todos”.
De viaje en viaje, Abu Toha -que pasó por Madrid el pasado noviembre-
reconoce que la reacción internacional al sufrimiento en Gaza -donde el
hambre deja su marca en cuerpos esqueléticos- le ha hecho perder parte
de la esperanza. “Todo el mundo ha estado viendo lo que está pasando en
Gaza. Mucha gente en todo el mundo ha pedido un alto el fuego, un
embargo de armas. Solo hay que esperar. Los gobiernos del mundo han
ignorado todo esto. La gente en Estados Unidos y Europa ha pedido a sus
gobiernos que dejen de enviar armas a Israel. Ningún político en todo el
mundo ha dicho que el pueblo palestino tiene derecho a defenderse bajo
la ocupación. Nadie ha hablado de ningún derecho que tenga el pueblo
palestino por vivir bajo la ocupación. Pero Israel tiene derecho a todo.
Tiene derecho a defenderse matando a los niños y a sus padres. Tienen
derecho de destruir casas, de volar casas en Cisjordania y también en
Gaza…”.
Y frente a los densos silencios, Abu Toha apuesta por “la educación”.
“La gente necesita aprender, leer, escuchar al pueblo palestino, sus
historias y sus esperanzas. Occidente, en general, no ha sabido escuchar
al pueblo palestino, no ha sabido proteger sus derechos humanos, sus
derechos básicos a existir en su propia tierra, a obtener lo que todo el
mundo obtiene como ser humano”, comenta.
Una tarea para que el poeta que retrata la muerte en Gaza aún estamos
a tiempo. “Nunca es demasiado tarde. No tiene sentido dejar de hablar
de lo que está pasando. Porque eso es lo que quiere Israel. Eso es lo
que quieren los genocidas que quieren matar a todo el mundo en Gaza, en
Palestina, y robarles la tierra. Eso es lo que quieren. Así que no
debemos hacer lo que ellos quieren”, replica. “¿Agotado? Sí, me siento
agotado, por supuesto. Soy un ser humano. Pero no puedo quejarme porque
mi gente en Gaza está siendo torturada”.
Abu Toha prefiere decir que la poesía “no es su arma sino una
herramienta de supervivencia». “Porque cuando doy voz a mi pueblo, que
no tiene voz, a mis alumnos que fueron asesinados, intento que
sobrevivan. Aunque ellos no sobrevivan, al menos sus historias sobrevivirán”,
murmura. Gaza lleva sitiada desde 2007. Siempre hay drones, F-16, y en
el mar hay buques de guerra y cañoneras. Nunca ha habido paz en Gaza. La
paz llegará cuando Palestina sea libre y cuando el pueblo palestino
tenga derecho a vivir en su propia tierra con dignidad y sin ocupación”,
concluye.
A pesar de la metralla que ha desfigurado la Franja, reducido a
escombros su geografía y convertido en nómadas perpetuos a su menguante
población, el poeta sueña con retornar a lo que queda de casa. “Me
encantaría ir a Gaza ahora, después de terminar mi llamada contigo.
Espero poder volver pronto para reconstruir y ver a mi familia. No veo a
mi padre desde hace más de un año. Tampoco a mi madre. No veo a mis
hermanos ni a sus hijos. Mi hermana dio a luz hace meses y es el primer
bebé que no he visto, al que no he besado, al que no he cogido en
brazos, al que no he acunado…”.
Mosab Abu Toha en la biblioteca Edward Said, de libros en lengua inglesa, que fundó en Gaza en 2019, poteriormente destruida por el ejército israelí.
Premio Pulitzer
Es un honor
para mí recibir hoy el Premio Pulitzer. Muchísimas gracias al jurado y a
los miembros de la junta directiva por honrarme.
Dedico este éxito a mi familia, amigos, profesores y estudiantes de Gaza.
Bendiciones a los 31 miembros de mi familia que murieron en un ataque aéreo en 2023.
Bendiciones a las almas de mis cuatro primos hermanos, dos de los cuales
murieron junto con sus cónyuges e hijos. Bendiciones al alma de mi tía
abuela, Fátima, cuyo «cadáver» permanece bajo los escombros de su casa
desde octubre de 2024. Bendiciones a las tumbas de mis abuelos, a
quienes nunca encontraré.
Bendiciones a las almas de mis alumnos que murieron buscando comida o
leña. A la escuela donde estudié y enseñé, a la biblioteca que fundé y a
la que añadí un libro de poesía antes de 2023.
Bendiciones a muchos más. ¡Estoy orando por un alto el fuego inmediato y permanente y por JUSTICIA y PAZ! #mosababutoha#Palestina#Gaza#poesía #poemasdesdeGaza #thepulitzerprizes#cosasquetalvezhallesocultasenmioído
La poesía salvó la vida de este escritor palestino:
"Quiero ayudar a que la gente visualice cada muerte
Mosab Abu Toha logró salir de Gaza con su familia gracias a
sus contactos en EEUU, donde publicó su primer poemario y ha ganado el Pulitzer
y el American Book Award. Hoy da clase de Literatura en la universidad y
utiliza la poesía para narrar su sufrimiento: "No necesito que nadie
entienda entienda al pueblo palestino, sólo que tengan buen corazón"
Sara Polo | El Mundo | 6 de mayo de 2025
Mosab Abu Toha en Casa Árabe el día de presentación de Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído (fotografía de Rosa Díaz | EFE).
Al tercer día lo liberaron: "Disculpe el error, puede
usted volver a casa". Él se preguntó qué quedaría de aquella casa a la que
le invitaban a volver. Poco después confirmaría, a casi 10.000 km de allí, que
su antiguo hogar había quedado reducido a ruinas.
El 19 de noviembre de 2023, mes y medio después de aquel 7
de octubre que cambiaría su vida para siempre, Mosab Abu Toha viajaba junto a
su mujer y a sus tres hijos hacia el paso fronterizo de Rafah, en el sur de
Gaza. El benjamín de la familia, de tres años y medio, había nacido en Estados
Unidos, así que la embajada les había ofrecido ayuda con la evacuación. Pero en
el enésimo checkpoint, un soldado israelí posó sus ojos en el joven padre de
familia.
"El hombre de la mochila negra con un niño pelirrojo en
brazos: ponga al niño en el suelo y camine hacia mí".
De rodillas, escuchó una orden por megafonía: todos los
hombres debían desnudarse. Durante tres días estuvo esposado. Le ataron a una
silla con los ojos vendados, le golpearon en la cara y el estómago, le
insultaron a gritos y le ordenaron hasta la extenuación que demostrara que no
pertenecía a Hamás. Mosab recitaba para sus adentros aquel poema suyo
intentando mantener la mente fría:
"Mi abuelo fue un terrorista./ Cultivó su huerto,/ regó
las rosas en el patio,/ fumó cigarrillos con mi abuela/ en la playa amarilla,
allí tumbado/ como en una alfombra de rezar".
Y al tercer día llegó la liberación en forma de disculpa con
una sonrisa llena de amabilidad. No, Mosab Abu Toha no era un peligroso
terrorista sino un poeta palestino ganador del premio Pulitzer por sus columnas
de opinión en The New Yorker y del American Book Award con su primer libro,
Cosas que tal vez halles ocultas en mi oído. Poemas desde Gaza -editado en
España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con traducción de Joselyn
Michelle Almeida, y que presentó el pasado noviembre en Casa Árabe-, columnista
habitual de The New York Times y amigo por correspondencia de Noam Chomsky
desde que una publicación suya se hizo viral en Facebook y lo llevó a fundar la
primera biblioteca pública en inglés de la Franja y a dar clase en Harvard como
profesor visitante, pero a esa historia regresaremos más tarde.
Ahora estamos con Mosab saliendo finalmente de Gaza y sin
saber quién hizo la llamada definitiva desde EEUU. No lo sabrá nunca.
Responde al Zoom desde su casa familiar en Siracusa, en el
extremo norte del Estado de Nueva York, donde da clases de Literatura en la
universidad. "Estamos bien", confirma. "Mis hijos van al colegio
y yo tengo trabajo, también escribo poemas y traduzco noticias de última hora
que llegan desde Gaza y las comparto en mis redes sociales. A veces conozco a
algunos de los muertos de los que hablan, son mis vecinos, mis amigos, mis
alumnos, mis familiares. Mi esposa y yo hemos perdido a mucha gente en los
últimos 18 meses".
Y Mosab relativiza. La política migratoria de Trump no
asusta a quien ha logrado escapar del infierno: "Supongo que me expongo a
la deportación por hablar tan abiertamente de lo que pasa en Palestina, pero no
estoy más preocupado que cualquier otro inmigrante en EEUU. Estamos bien".
No es fácil conversar con este hombre que a sus 32 años ha
vivido muchas más vidas que cualquiera de sus entrevistadores. No le interesa
tanto hablar de su propia experiencia como dejar claro un mensaje: Occidente no
quiere ver lo que le está pasando a su pueblo porque en el fondo sabe que es
culpable, por acción o por omisión. No sus gobiernos sino la gente, que para
eso los han votado. "Sois cómplices de los crímenes de guerra que se están
cometiendo contra el pueblo palestino", sentencia.
Intentamos volver a su historia, que empieza mucho antes del
7 de octubre. Mucho antes, incluso, de nacer. Con aquel abuelo terrorista que
cultivaba su huerto y fumaba en la playa.
¿Qué implica ser la tercera generación de refugiados?
Mi abuelo conservó
hasta el fin de sus días las llaves de su casa en Yaffa, de donde le expulsaron
en 1948, por si algún día regresaba, pero murió como refugiado antes de que yo
naciera. Para mí, él es también la Palestina de antes de la ocupación, a la que
a mí me gustaría regresar algún día, no a la devastada por la guerra. Mi abuelo
se fue antes de que yo naciera, igual que mi tierra. De él sólo heredé la
condición de refugiado y yo se la he transmitido a mis hijos. Espero que
termine aquí, tiene que haber un fin.
¿Cuándo se dio cuenta el niño Mosab de que su situación no
era como la de los demás?
La primera vez que
sentí que vivía en un lugar terrible tenía siete u ocho años. Un cohete
destruyó un edificio a apenas 100 metros de donde estaba. En los mismos días vi
la muerte televisada del niño Muhammad Al-Durrah, de 12 años, tiroteado ante
las cámaras cuando se refugiaba tras un muro junto a su padre. Ahí comprendí
que mi hogar era un lugar peligroso para mí.
La poesía como bálsamo llegó tras la guerra de 2014, cuando
Israel y Hamás intercambiaron una lluvia ininterrumpida de cohetes durante 51
largos días. Mosab perdió a tres de sus mejores amigos. Un ataque aéreo
destruyó completamente la casa de su vecino y derrumbó parcialmente la suya. Y
él transformó su crónica diaria del horror en Facebook en poemas, pequeños
testimonios sin rimas ni adornos, algunos en verso, otros no, pero todos llenos
de sonoridad: «Les duelen los oídos al oír las sirenas,/ a nosotros nos
ensordecen las explosiones».
El primer poema brotó a borbotones del recuerdo de su propio
dolor físico. Cuando tenía 17 años, Mosab estaba haciendo la compra y escuchó
un fuerte estruendo. Lo siguiente que recuerda quedó grabado en frases cortas
como aquellos segundos entrecortados en los que sobrevivió por pura casualidad:
«Como un loco, empiezo a correr./ Alguien me da un pañuelo para limpiarme la
sangre/ de la mejilla izquierda y de la frente./ Necesito mucho más que eso./
No son solo las mejillas y la frente./ La metralla me ha perforado el cuello,/
y el hombro».
"La poesía me
permite redefinir el lenguaje y abrir mis sentimientos. No necesito que nadie
entienda al pueblo palestino, sólo que tengan buen corazón"
¿Qué significa la poesía para usted?
Me ayuda a
redefinir el lenguaje. Es distinto escribir sobre tu propia casa destruida que
hacerlo sobre la de un amigo. Una niña muerta en un bombardeo es diferente de
la niña quemada viva en una tienda de campaña. Cada ataque aéreo es
absolutamente diferente. Usamos las mismas palabras para referirnos a cosas
únicas. La poesía redefine esas palabras, el verbo asesinar, el sustantivo
masacre, para contar la historia de esas personas. Quiero ayudar a la gente a visualizar
lo que significa cada muerte, cada herida, para moverlos a la acción, para
romper esa anestesia colectiva.
¿Y funciona?
Mucha gente se
escuda en que la situación es complicada, pero como ser humano no necesito
entender lo que está pasando, no tengo que estar de acuerdo con los israelíes o
los palestinos. Como artista te abro mis sentimientos no para que entiendas,
sino para que sientas lo que te estoy contando. ¿No te genera ningún
sentimiento ver a esos niños asesinados? ¿De verdad no te parece que esto debe
parar? No necesito que nadie ame al pueblo palestino, sólo que tengan buen
corazón y exijan un alto el fuego.
Durante la guerra de 2014 que inoculó en Mosab el virus de
la poesía también quedó reducida a escombros la Universidad Islámica de Gaza,
en la que Mosab estudiaba Filología Inglesa, justo cuando estaba a punto de
graduarse. Entre las ruinas rescató casi indemne una antología de la literatura
estadounidense y le pareció paradójico que las bombas fabricadas en EEUU
destruyeran su propio legado.
"La cultura
es un objetivo de guerra, no se trata sólo de matar a la gente sino de destruir
su herencia y su educación"
El joven estudiante se fotografió con aquella obra y publicó
su reflexión en Facebook. Su post se hizo inmediatamente viral y empezaron a
llegar libros por correo, muchos de grandes nombres como Noam Chomsky. Tantos
llegaron que un par de años y un crowdfunding más tarde abría en Beit Lahia la
primera sucursal de la Biblioteca Edward Said, en honor al intelectual
palestino-estadounidense. En 2019 abrió un segundo local en la ciudad de Gaza
antes de partir hacia Harvard para ejercer como profesor visitante durante dos
años. Allí nacería su hijo.
Hoy ninguna de sus bibliotecas sigue en pie. Tampoco existe
ya su colección personal.
¿Es la cultura también un objetivo de guerra?
Pues claro. No se
trata sólo de matar a la gente, sino también en destruir su herencia, su
cultura y su educación. Algo de lo que nadie habla es de todos esos niños que
llevan año y medio sin escolarizar. En lugar de aprender el alfabeto o
matemáticas van a refugios escolares que son basura. Y digo basura,
literalmente. Eso si no pasan el día con su familia haciendo cola para
conseguir un balde de agua o corriendo de una tienda de campaña a otra,
intentando sobrevivir. Es devastador.
Como si el destino mandara una señal, Mosab recibe una
llamada. Es la guardería de su hijo, donde sí aprende los animales, las letras,
los números. Donde está seguro. Donde no hay basura.
¿Es posible construir un hogar en el exilio?
Para mí, como
individuo, creo que siempre que tenga a mi mujer y a mis hijos conmigo llevaré
mi hogar allá donde vaya. Pero mi esperanza es poder establecernos en la tierra
a la que pertenecemos, donde tenemos nuestros recuerdos de infancia, donde
enterramos a nuestros abuelos, a nuestros hermanos, a nuestros amigos. Con
suerte, algún día conseguiremos el sueño del pueblo palestino: vivir en nuestra
propia patria en seguridad y en paz.
Y cierra Mosab la conversación citando otro de sus poemas:
"Una vez dijeron que Palestina sería libre mañana.
En
Reflexión y Liberación, Francesca Fornario, desde Roma, publica «Mi
abuelo fue un terrorista», del poeta palestino Mosab Abu Toha.
El poeta palestino Mosab Abu
Toha, nació en Gaza, ‘donde no elegí nacer, porque yo, al igual que tú,
no pude elegir el lugar donde vine al mundo’, sus escritos hablan de
casas derrumbadas, familias asesinadas y el miedo a ir al baño porque la
bomba podría caer en ese momento y morir desnudo… nadie quiere morir.
Mosab habla así en2022, al presentar su primer poemario, ‘Cosas que puedes encontrar ocultas en mi oído‘,
publicado por la legendaria City Lights de San Francisco, fundada en
1953 por Lawrence Ferlinghetti. En 2022: el año anterior al 7 de octubre
de 2023, cuando Gaza ya había sido bombardeada tantas veces que los
padres usaban los bombardeos para recordar la fecha: ‘Por ejemplo, en
nuestra zona se dice: Mi hijo nació durante la guerra, o Mi hijo nació
dos meses después de la guerra’.
Mosab comenzó a escribir poesía en 2014, después de la operación militar israelí que arrasó barrios enteros y
antes de la operación militar israelí que arrasará aún más barrios :
‘La mayoría de mis poemas tratan sobre la oscura realidad de Gaza. Aquí
la gente piensa en la muerte y las guerras; no pueden pensar en el
mañana ni en el futuro, porque siempre tememos que la historia se
repita’.
Y toda guerra -que no es una guerra, cuando de un lado está la fuerza aérea y del otro, civiles indefensos- nos arrebata edificios, familias, sueños: ‘Por
eso maduramos tan rápido. Tenía nueve años cuando vi un helicóptero
disparar contra un edificio y derrumbarlo’. Viviendo en estas
condiciones, nos vemos obligados a dejar atrás nuestra infancia. La
guerra nos envejece, aumentando nuestro sufrimiento y nuestro dolor.
Ahora que soy padre, me veo a través de los ojos de mis tres hijos, que
ahora viven en condiciones aún peores que cuando yo era niño.
Empezó a escribir poemas en inglés, Mosab, para que los escucháramos. Para
denunciar al mundo lo que Israel, con la complicidad de los gobiernos
occidentales, les estaba haciendo a los palestinos: ‘Cuando escribo en
inglés, pienso en un oyente occidental como si le hablara directamente
para contarle lo que está sucediendo aquí en Gaza’.
Nos escribe porque quiere que nos pongamos en su lugar: ‘La ocupación
intenta manipular las acciones de las víctimas —los palestinos— y
convertirlos en terroristas. Si alguien odia a otra persona, pensará que
todo lo que hace es malo, sin importar lo que haga, incluso lo más
inocente. Los colonos, los ocupantes, siempre nos temen, hagamos lo que
hagamos, porque saben que este no es su hogar ni su tierra’. Escribe
sobre su abuelo, un refugiado: ‘Para mí, mi abuelo
representa a Palestina. El ocupante cree que mi abuelo o cualquier
palestino es un terrorista, pero yo muestro quién eran realmente’.
Mosab escribió en 2014, cuando, según documentos de la ONU,
en menos de dos meses, más de 12.000 apartamentos fueron completamente
destruidos por la artillería israelí y otros sufrieron daños
tan graves que no pudieron seguir habitados. 2.251 palestinos murieron a
causa de las bombas israelíes, en su mayoría civiles. Entre ellos, 551 niños y 299 mujeres. En el mismo período, también murieron 66 soldados israelíes y cinco civiles, incluido un niño. 11.231 palestinos resultaron heridos, entre ellos 3.540 mujeres y 3.436 niños, un tercio de los cuales tenían discapacidad. Casi 300.000 palestinos fueron desplazados.
He cumplido 27 años y no he salido de Gaza ni una sola vez:
esto es una privación. Nunca he tenido la oportunidad de tener una
vista aérea de Gaza ni de mi casa, porque no hay aeropuerto. Estamos
asediados por todos lados. Al final comprendí que en Gaza se nos impide
siquiera imaginar el mundo que nos rodea.
El siguientepoema está dedicado a su abuelo*,
quien se vio obligado a vivir en una tienda de campaña después de que
los colonos ocuparan su casa. ‘Seguimos viviendo en una tienda de
campaña, abuelo’, escribió Mosab en 2024, antes de lograr salir de Gaza con su esposa y sus tres hijos. En el cruce de Rafah, la policía israelí lo arrestó,
lo retuvo durante tres días, le rompió los dientes, le llenó los
moretones y le confiscó todas sus bolsas con ropa para los niños. Su
madre y su familia siguen atrapados en Gaza.
Les hablo de Mosab porque estoy convencida de que lo más importante
en la vida es ponerse en el lugar del otro. Si pudiera elegir una
superpotencia, sería esta. Otro poeta palestino fallecido en el exilio, Mahmoud Darwish, lo dice en uno de sus poemas: ‘Piensa en los demás‘:
Cuando estés a punto de regresar a casa, a tu hogar, no olvides a la
gente de las tiendas. Mientras duermes contando los planetas, piensa en
los demás, en aquellos que no encuentran un lugar donde dormir. Los poemas de Mosab Abu Toha nos ayudan a ponernos en su lugar,
en el de su abuelo, en el de todas las víctimas de décadas de ocupación
y segregación en violación del derecho internacional, de la limpieza
étnica de la que nuestros gobiernos son cómplices.
Publicó este poema para el mundo desde la Biblioteca pública
Edward Said que Mosab, a los 24 años, fundó en Gaza con libros en inglés
que pidió como regalo de todo el mundo. La biblioteca fue arrasada hace
meses por la artillería israelí.
*Mi abuelo era un terrorista*
Mi abuelo era un terrorista. Cuidaba su campo, regaba las rosas del patio, fumaba cigarrillos con mi abuela en la playa amarilla, tumbado allí como una alfombra de oración.
Mi abuelo era un terrorista: recogía naranjas y limones, iba a pescar con sus hermanos hasta el mediodía y cantaba una canción reconfortante de camino al herrador con su caballo pío.
Mi abuelo era un terrorista. Preparaba una taza de té con leche y se sentaba en su tierra verde, suave como la seda.
Mi abuelo era un terrorista. Salía de su casa, dejándola para los invitados que llegaban, dejaba un poco de agua en la mesa, la mejor, para que los invitados no murieran de sed después de su conquista.
Mi abuelo era un terrorista. Caminó hasta el pueblo seguro más cercano, vacío como un cielo sombrío, vacío como una tienda desierta, oscuro como una noche sin estrellas.
Mi abuelo era un terrorista. Mi abuelo era un hombre, el sostén de diez familias, cuyo lujo era tener una tienda de campaña, con una bandera azul de la ONU colocada en un mástil oxidado, en la playa, al lado de un cementerio.
Francesca Fornario – Roma
Artículo de Carlos Alcorta en El Diario Montañés, el 13 de junio de 2025
jueves, 6 de enero de 2022
El pasado día 29 de noviembre, coincidiendo
con el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino
instituido por la ONU en 1977, en el marco de la Semana de Palestina
organizada por Casa Árabe de Madrid, tuvo lugar la Presentación
de «Las cocinas de Gaza. Un viaje culinario por Palestina», con la
participación de Raquel Martí, directora de UNRWA en España, Sylvia
Ourdia Oussedik, directora de la colección Sabores del Oriente y del
Mediterráneo, y las autoras Maggie Schmitt y Layla El-Haddad (esta
última por videoconferencia desde Washington), todas ellas presentadas,
en nombre de casa Árabe, por Karim Hauser.
LAS COCINAS DE GAZA es mucho más que un libro de cocina, es también una
aproximación a los habitantes de la Franja de Gaza, a su sociedad, a sus
dificultades, a su lucha por la supervivencia y a su cultura. Añadimos a
continuación un texto extraído del libro y el enlace al vídeo de la
Presentación en Casa Árabe.
NA’EMA Y LA REVOLUCIÓN DE LAS HUERTAS DE LOS PATIOS
La nueva oleada de aficionados a hacer
queso artesano y hortelanos de balcón y azotea quizá se sorprenderían
si descubrieran hasta que punto coinciden con la población de Gaza.
Por toda Gaza, las familias están
resucitando los viejos métodos de cultivo, de cocina y de conservación
de la comida para sobrevivir a las restricciones impuestas por el asedio
y los constantes cortes de luz. Enfrentados a un paro masivo como
consecuencia del cierre de las fronteras y de la aniquilación del tejido
productivo, los gazatíes se han volcado en masa en la agricultura a
pequeña escala: en parcelas de tierra, si tienen acceso a ellas; en las
azoteas y los balcones, si no tienen tierra.
Palomares y jaulas de conejos florecen
en las azoteas de la ciudad. Los cortes de electricidad hacen que la
refrigeración no esté asegurada, lo que conduce a un redescubrimiento de
las viejas técnicas de conservación: proliferan los encurtidos y las
compotas, y se pueden ver rejillas de secado en muchos patios traseros.
Como a veces no se puede usar el gas para los hornos y los fuegos,
muchas cocineras preguntan a sus abuelas cómo se encienden los hornos de
arcilla, que se habían dejado de lado durante una generación. Esta obligada autosuficiencia no se hace
notar únicamente entre la gente corriente que trata de salir adelante;
incluso el gobierno está respondiendo con planes estratégicos para
reciclar a gran escala las aguas residuales y para promocionar una
agricultura autóctona aprovechando las aguas pluviales.
No es una idea nueva. Durante la
Primera Intifada, en la década de 1980, la palabra clave de la política y
la vida cotidiana palestina era sumud, tenacidad. En la estela de la
swadeshi de Gandhi, era un impulso político coordinado, asumido con
entusiasmo por las organizaciones de base, para alcanzar la
autosuficiencia y dar pasos hacia la independencia económica, social y
psicológica de Israel.
Israel en aquel momento respondió
incentivando los cultivos para la exportación y reclutando masivamente
trabajadores para la agricultura israelí, con el resultado de que muchos
de ellos abandonaran sus pequeñas explotaciones en Gaza a cambio de un
trabajo asalariado mejor remunerado.
Una generación más tarde, con las
fronteras cerradas, los jóvenes vuelven a cultivar la tierra como último
recurso, recurriendo para ello al conocimiento agrícola de sus mayores.
Las cocinas de Gaza ha sido también objeto de atención de la emisión en árabe
de Radio Exterior de España. Podéis seguir aquí la emisión.
Y del programa Uhintifada de hala bedi. Podéis seguir aquí la emisión.
En vísperas del nuevo año, queremos compartir con nuestros amigos y lectores la preciosa felicitación que más de un centenar de poetas, escritores, traductores y personalidades del mundo de la cultura han enviado a Adonis.
Adonis, flanqueado por su editora, la poeta y académica Clara Janés, y
el profesor Federico Arbós, traductor de El Libro (II), durante el
homenaje que le tributó Casa Árabe de Madrid en 2019.
13 de noviembre de 2020 17:00 horas. ONLINE Canal de Casa Árabe en Youtube. 17:00 horas. En español.
En el marco de La Noche de los Libros, que se celebra el 13 de noviembre en Madrid, Casa Árabe y Ediciones del Oriente y del Mediterráneo presentan esta obra sobre el dibujante palestino. El evento se emitirá en nuestro canal en Youtube.
Esta novedad editorial pretende reivindicar la figura del dibujante palestino y artista universal Nayi al-Ali, dando a conocer al público hispanohablante la importancia de su obra y el impacto de su pensamiento. Además de los textos introductorios de Teresa Aranguren y Antonio Altarriba, el volumen ofrece un recorrido por la vida de Nayi al-Ali (1936-1987), así como una amplísima selección de sus viñetas.
Creador de uno de los iconos más reconocibles de la resistencia palestina, el niño Handala, al-Ali puso su talento artístico al servicio de un mensaje: denunciar la injusticia contra Palestina, cuyo núcleo son las personas refugiadas. Al-Ali fue brutalmente asesinado en Londres solo cuatro meses antes de que estallase la Primera Intifada. Aunque en el trigésimo aniversario de su muerte, Scotland Yard reabrió la investigación, hasta la fecha la autoría del homicidio no ha sido esclarecida.
Para hablar sobre su obra y legado, Casa Árabe dialogará con la periodista Teresa Aranguren y el escritor y crítico de historietas Antonio Altarriba, así como con el hijo del autor, Khalid al-Ali. "Palestina. Arte y resistencia en Nayi al-Ali"