sábado, 19 de septiembre de 2026

"Vuelve la bestia amarilla", por Yitzhak Laor, escritor israelí, autor, entre otros libros de poesía y ensayo, de "Las falacias del sionismo progresista" (Bellaterra, 2012)

 Unionsverlag - Yitzhak Laor

Yitzhak Laor, 25/10/09

El autor de este artículo es novelista, poeta y crítico literario. Yitzhak Laor es un ciudadano israelí que lleva mucho tiempo criticando la colonización de Palestina. Es, entre otras obras, autor del libro El nuevo filosemitismo europeo y el campo de la paz en Israel, publicado por la editorial La Fabrique en 2007. Ha aceptado compartir con nosotros su visión de lo que vendrá tras el 7 de octubre en este texto.

[el artículo se publicó en Agences Media Palestine y fue reproducido por la Union Juive Française pour la Paix © Dirk Skiba]

1. Escribo estas líneas el 16 de septiembre de 2025, mientras el genocidio en la Franja de Gaza sigue perpetrándose con una crueldad que nosotros, los israelíes, no conocíamos. En estos momentos, el epicentro del horror es Gaza, su destrucción mediante aviones y tanques, las operaciones de masacres y expulsiones, una ciudad antigua con una rica historia. Entre otras cosas, el museo que conservaba su historia antigua con vestigios de numerosas generaciones ha sido arrasado. Los nazis alemanes no llegaron a arrasar una gran ciudad; ni siquiera Varsovia, tras la represión del levantamiento polaco, sufrió lo que está sufriendo Gaza hoy.

2. Hablar del número de muertos palestinos resulta difícil, ya que aumenta cada noche. Actualmente, desde el 7 de octubre de 2023, su número asciende a 64 905, de una población de 2,1 millones de habitantes. Se estima que decenas de miles de muertos más se encuentran bajo los escombros o han sido arrasados por las excavadoras israelíes. El número de heridos asciende a 164 926. Aproximadamente un tercio de los fallecidos son niños, y el número de familias completamente aniquiladas no se ha contabilizado aquí. Gaza es el lugar del mundo con mayor número de personas con amputaciones de extremidades.

3. La destrucción de edificios abarca la mayoría de las viviendas de la Franja de Gaza, la mayor parte de los hospitales, las mezquitas, una enorme parte de los manantiales y pozos de agua, los centros comunitarios, las universidades y las escuelas. Cualquier informe de la ONU puede proporcionarle datos sobre la destrucción de la Franja de Gaza y su transformación en una futura «Riviera ». Europa Occidental ha aceptado la «erradicación de Hamás», lo que significa la destrucción total de la Franja y un genocidio.

4. En julio de 2025, el mayor número de muertos se registró en los puntos de distribución de alimentos. La gente sabía que tenía muchas posibilidades de morir bajo el fuego de los proyectiles dirigidos a esos puntos de distribución, pero aun así hacía cola y huía presa del pánico ante la artillería. Los servicios de inteligencia israelíes, con sus sofisticados programas informáticos, identificaban a «miembros de Hamás» entre quienes esperaban comida, por lo que se permitía matar a personas hambrientas. Los agentes de inteligencia —una unidad gigantesca y sofisticada— son muy admirados en Israel, al igual que los pilotos. Y son los peores asesinos, que reciben enormes sumas de dinero por cada día de reserva.

Desde hace dos años, están en la reserva, bombardean y, entre un bombardeo y otro, siguen trabajando en «El Al» [la línea aérea israelí] con un sueldo elevado, transportando a israelíes felices a París o Londres y de vuelta, para luego volver a bombardear, a cambio de mucho dinero.

5. Un piloto que se hace llamar «birdman» en la red social X escribió el 6 de septiembre de 2025 a sus seguidores, en pleno apogeo de la masacre en Gaza: «Acabo de volver de una comida familiar tras un largo periodo sin vernos. Mi hermana, muy comprometida con las protestas de las familias de los rehenes, no pudo contenerse más de una hora y me preguntó cómo podía volver a partir la semana que viene para otras misiones cuando existe la posibilidad de que, esta vez o la próxima, mueran rehenes, y eso me pese en la conciencia. Yo, que suelo intentar no entrar en este tema, y menos aún con la familia, le respondí que ella me conoce y sabe que, si me hubiera cargado en la conciencia cada una de las consecuencias de las misiones en las que he participado (y son muchas), no habría podido seguir haciendo lo que hago. «¡Pues recházalo!», me espetó. Mi padre se levantó y dijo, con su conocida y rotunda calma: «En esta mesa no se pronunciará la palabra “rechazo”. Y si no te conviene sentarte junto a tu hermano, ven a sentarte a mi lado, hasta que te calmes». Cuando llegó el postre, quedamos en volver a vernos, cuando vuelva la semana que viene, y así podremos hablar. Esperemos que sea posible». Así es, en pocas palabras, la historia de la clase media ashkenazí en Israel.

6. La hermana sensible, que al parecer participa en las manifestaciones de las familias de los rehenes, le dijo durante la comida: «Recházalo». Fuera, en las manifestaciones por los rehenes, está prohibido exhibir pancartas a favor del rechazo, y está prohibido hablar de las víctimas palestinas. Son manifestaciones antigubernamentales, «contra Bibi». Ni siquiera la hermana dijo una palabra sobre la suerte de los palestinos a los que su hermano iba a masacrar en masa.

7. Este tuit contiene todos los elementos de la historia del gran silencio de la clase media ashkenazí hegemónica, supuestamente opuesta a Netanyahu, y que recibe palmaditas en la espalda de Occidente gracias a los reportajes televisivos sobre «las manifestaciones contra la guerra».

8. No existe ni una sola comunidad de la clase media (protegida contra los despidos —el ámbito médico, académico y jurídico—) que haya alzado la voz contra el exterminio de los palestinos. Lo que se ve en la televisión son manifestaciones contra el Gobierno por el tema de «los rehenes». Esta es la verdad sobre el silencio en Israel. La clase media participa en el aniquilamiento con su silencio, su conformismo y su vida cómoda.

9. Las cuatro cadenas de televisión no informan sobre los horrores de Gaza, pero se pueden ver canales extranjeros o leer «Haaretz». La mayoría de los israelíes, aunque odien a Netanyahu, apoyan al ejército, y si salen a la calle, es sobre todo por los rehenes y… por el juicio a Netanyahu por corrupción. Ni una palabra contra el ejército o los pilotos.

10. La cuestión de los rehenes ilustra bien el proceso de toma de conciencia del imaginario colectivo israelí.

11. Al principio, inmediatamente después del 7 de octubre, la preocupación por los rehenes era auténtica y generalizada. La gente estaba conmocionada, convencida de que Israel aceptaría un acuerdo. Pero el ejército y el Gobierno pensaban de otra manera. Una parte de los rehenes regresó en un intercambio; otros fueron asesinados entretanto, principalmente por los bombardeos israelíes, y algunos ejecutados por sus secuestradores. Otros, en cambio, fueron devueltos en un estado aceptable, teniendo en cuenta la situación de la población que los rodeaba.

12. Pero poco a poco, el trauma se ha convertido en un cliché, en parte de lo «bien sabido» (a todos nos preocupan los rehenes). Los comentaristas deportivos desean a los telespectadores «el regreso de los rehenes» al final de cada partido. La gente lleva el símbolo amarillo, también se coloca en los coches, y la televisión habla sin cesar de los rehenes.

13. No cabe duda de que una parte de la gente es muy sincera en su preocupación. Pero los rehenes se han convertido en la frontera entre la humanidad y la nada, entre «los nuestros» y los demás. Por supuesto, no existe ninguna memoria histórica de los secuestros o intentos de secuestro de israelíes (como medio para conseguir la liberación de presos palestinos). Al igual que no existe ninguna historia del conflicto con Gaza.

14. Nadie habla de los presos palestinos en las cárceles israelíes, cuya situación empeora entre enfermedades y hambruna. El número de presos políticos (a los que Israel denomina «presos de seguridad») ascendía en julio de 2025 a 10 762. Desde el inicio de la invasión de Gaza, 73 presos han fallecido en las cárceles y en los centros de detención y tortura del ejército. En esos campos de tortura había médicos del sistema sanitario. A 2 800 presos se les negó la atención médica durante una epidemia de sarna, al igual que a otros miles que padecían enfermedades intestinales en los centros de detención. Nada llega a la conciencia pública. Todo queda oculto tras «nuestra preocupación por nuestros rehenes» o «nuestros soldados».

15. Este es el proceso del 7 de octubre. Al principio, el impacto fue inmenso y sigue marcando la narrativa hasta hoy, incluso en este mismo informe. Murieron 1 250 israelíes y algunos trabajadores tailandeses. Unos 5.400 heridos. 250 capturados o secuestrados. A día de hoy, 48 rehenes siguen en manos de Hamás, de los cuales 20 seguirían con vida. Las cifras de muertos en cautiverio varían. De eso hablaba, con auténtico dolor, la hermana de Birdman durante aquella pequeña cena burguesa con postre.

16. El movimiento de protesta contra Netanyahu, surgido a raíz de sus proyectos de reforma judicial, se ha convertido en un movimiento a favor de la guerra. Incluso los pilotos que amenazaban con negarse a volar si cambiaba la composición del Tribunal Supremo siguen bombardeando Gaza y cometiendo crímenes de guerra.

17. En cierto momento, al igual que con la cuestión de los rehenes, el 7 de octubre se ha convertido en un símbolo, el punto de partida para explicar «en qué punto nos encontramos». «Todo empezó el 7 de octubre». Y los opositores a Netanyahu gritan: «Es culpa suya». » No es culpa suya, cuando antes del 7 de octubre coreaban, en las gigantescas manifestaciones «por la democracia», que «la ocupación puede esperar».

18. Se necesitaría una organización como un Estado (o una izquierda organizada y poderosa, que hace tiempo que ya no existe en Israel) para transformar las emociones espontáneas —duelo, venganza, dolor, histeria, pánico— en una postura política «evidente».

19. Los judíos de Israel no tienen memoria histórica, salvo aquella que el Estado convierte en memoria histórica. Así, en poco tiempo, el 7 de octubre ha pasado de ser un trauma a convertirse en un símbolo.

20. El próximo octubre, al cumplirse dos años de las atrocidades, habrá enfrentamientos. Por un lado, el Estado y sus ceremonias. Por otro, los opositores a Bibi y las familias que rechazarán su presencia o la de sus ministros en sus conmemoraciones. «Es culpa suya» seguirá siendo el lema favorito de los anti-Bibi durante la guerra. Ni una palabra contra el ejército. La muerte masiva de los habitantes de Gaza solo será conmemorada por un pequeño grupo de opositores al genocidio: un movimiento que crece lentamente, con muchas mujeres organizadoras y muchísimos jóvenes, en comparación con el inicio de la guerra, así como grupos de WhatsApp que difunden información traducida desde Gaza. Importante: un equipo cada vez más numeroso documenta la destrucción y el exterminio para la generación futura, para que sepa exactamente lo que hicieron sus padres.

21. ¿Qué es lo que los israelíes no han conseguido recordar? Que desde 2004, cuando Israel preparó el cierre de Gaza como un gueto y la retirada de sus tropas, hasta el 7 de octubre, el ejército ha matado a cientos de palestinos y ha mutilado y traumatizado a miles durante operaciones militares y con su sofisticado armamento.

22. Desde 2007, con la toma del poder por parte de Hamás, Israel ha impuesto, con el consentimiento de Occidente, un severo bloqueo sobre la Franja, bajo el pretexto de la islamofobia europea y de la descripción de Hamás como una organización exclusivamente terrorista, como si no gestionara la sociedad sitiada de Gaza. Los israelíes han negado el bloqueo, pero los habitantes de Gaza lo han vivido en su día a día: racionamiento alimentario impuesto por Israel, cortes frecuentes de electricidad, cortes de agua, disparos contra los pescadores, disparos contra los manifestantes en la valla, operaciones militares mortíferas de la fuerza aérea y la artillería, prohibición de recibir asistencia médica fuera de Gaza si sus familias no cooperaban con el Shin Bet, que expedía los permisos de paso. Durante todos estos años, este gueto ha sufrido un dolor ignorado tanto por Occidente como por los israelíes.

23. ¿Por qué? Porque la vida de los palestinos les interesa tanto como les interesaba a los franceses la vida de los argelinos, o a los belgas la de los congoleños. Una vez más, la capacidad de las élites israelíes —los «progresistas», los «ilustrados», los «defensores de la democracia»—, que viajan a Europa y a Estados Unidos para visitar museos y hacerse fotos en la Toscana o en el Louvre, su capacidad para guardar silencio revela esta «evidencia» colonial. En la Universidad de Haifa, el 50 % de los estudiantes son árabes, pero solo entre el 3 % y el 4 % del cuerpo docente superior es árabe. En resumen, el apartheid israelí está profundamente arraigado en los intereses de este pueblo. Un pueblo que, de ser tribus perseguidas antes de su llegada aquí, se ha transformado en una nación colonial.

24. La transgresión por parte de Israel de todos los límites del derecho internacional es una continuación directa de lo que hizo Occidente en Vietnam, Argelia, Afganistán, Irak, Libia y Malí.

25. Sin embargo, aún hay que explicar esto: la historicización de todos los israelíes, tanto religiosos como laicos, es una historicización totalmente subjetiva, como la de una pandilla de locos en un manicomio, que se cuentan una historia que oyeron un día de sus padres y que nadie más, salvo los evangélicos estadounidenses, comprende. Todos basan su conciencia común en la idea de que la historia comienza con la Biblia: «Tenemos derecho a esta tierra porque estábamos aquí (tal y como está escrito en la Biblia)». Eso es lo que piensan los laicos, no os equivoquéis. La redención en la que creen es mesiánica y secular: «subir a Israel», o la llegada de sus padres, la construcción y la defensa del Estado («Está prohibido eludir el servicio militar»; aún hoy, la lucha contra Bibi incluye la exigencia de reclutar a los ultraortodoxos que «eluden el servicio militar »). Esto en cuanto a los laicos, a quienes Occidente considera «gente como nosotros».

26. La diferencia con los religiosos nacionalistas, los colonos y otros extremistas radica en el lugar que ocupa Dios en esta historia. «Tenemos derecho a esta tierra, porque Dios nos la prometió», dicen los religiosos.

27. Con o sin Dios, «todos nosotros» estamos inmersos en un proceso de redención, y los árabes nos impiden ser salvados.

28. Pero, ¿qué papel desempeñaron el colonialismo británico y la sed de petróleo en la creación de esta entidad en la que hemos crecido? Pocos saben algo al respecto, salvo que «los británicos eran proárabes».

29. La entidad israelí, la fundación del Estado de Israel y su transformación en una fortaleza no fueron el resultado
de un «esfuerzo pionero sionista», sino sobre todo de un regreso de Occidente para controlar Oriente Medio y su petróleo, en cooperación con algunos jefes tribales multimillonarios, Arabia Saudí y los Emiratos. Este proceso alcanza hoy su punto álgido.

30. De aquí a 2028, Estados Unidos concederá a Israel 38 000 millones de dólares (decisión tomada bajo el mandato de Obama). Este presupuesto no solo ha ido aumentando progresivamente desde 1967, sino que Israel no tiene derecho a utilizar parte de esta ayuda militar para comprar armas a sus propias empresas. Este colosal dinero sale de Washington y va a parar a las industrias bélicas de la costa oeste. Israel es parte integrante de estas industrias, un canal de subvenciones gigantescas para la industria militar estadounidense.

31. Aproximadamente el 28 % de todos los presupuestos militares que Estados Unidos transfiere a su industria militar, a través de todos los ejércitos a los que presta apoyo en el mundo, se destina a la mortífera maquinaria bélica israelí. No se puede contextualizar históricamente la situación israelí sin tener en cuenta esta historia.

32. Estos presupuestos gigantescos permiten al Gobierno israelí pagar sueldos enormes a los soldados de reserva —a diferencia de lo que ocurría en guerras anteriores— durante los dos últimos años, y crear una prosperidad consumista en la economía, de modo que la deuda nacional la pagarán nuestros nietos. Hasta entonces, «solo» no habrá desarrollo, «solo» no se construirán hospitales, «solo» no habrá aumento de las pensiones, mientras que las clases hegemónicas seguirán beneficiándose del apartheid.

33. En resumen, esa base militar estadounidense que es el Estado de Israel ha invertido, en los últimos dos años, más de 60 000 millones de shekels para indemnizar a los reservistas, a diferencia de lo que ocurría antes de esta guerra de exterminio, en la que los salarios de los soldados de reserva corrían a cargo de la Seguridad Social en función de los ingresos que percibían los movilizados en su vida cotidiana. Aquí, como se ha dicho, son sobre todo los pilotos quienes se benefician de ello: bombardean a niños, transportan turistas por todo el mundo y luego vuelven para bombardear también a mujeres, todo ello mientras ganan dinero. Pero también otros movilizados, así como los empresarios de las excavadoras que destruyen ciudades y pueblos —y que sin duda también cubren los cadáveres—, perciben primas de hasta 8.000 dólares al mes, una cifra muy superior al salario de la mayoría de ellos, además de bonificaciones y prestaciones sociales. El dinero se destina al consumo diario y es lo que mantiene el crecimiento y la estabilidad. Los jóvenes historiadores Assaf Bondy y Adam Raz sostienen que se trata de una forma de «keynesianismo militar»: no una inversión en armamento, sino una transferencia directa a los hogares. Así, se puede comprobar lo fácil que resulta ignorar el horror de Gaza, como si se tratara de una lejana colonia de ultramar, cuya destrucción resulta aceptable desde el punto de vista económico e ideológico.1

34. Añádase a esto la facilidad con la que este exterminio pasa desapercibido en Europa y en Estados Unidos, en la esfera política, en la caza de «antisemitas», en los enormes beneficios que obtienen los exportadores de armas adicionales, y verán que la «hipocresía» de Europa occidental no es «hipocresía», sino política.

35. Israel y el apoyo a Israel son inherentes al «miedo occidental a los migrantes». El colonialismo occidental resurge de su represión.

36. Si en Francia el colonialismo fracasó tras la derrota en Argelia, y si el neocolonialismo adquirió nuevos significados en la década de 1970, al igual que el «poscolonialismo» académico, he aquí que el colonialismo regresa con paso firme y ruidoso, bajo la forma de la «nueva derecha » o de la derecha populista. (Las palabras que ya citaba en 2007 en mi libro *El nuevo filosemitismo europeo*, extraídas de un monólogo quejumbroso de Finkielkraut en defensa de la «cultura occidental» e Israel, pueden servir a modo de lema para esta nueva alianza) . Esta derecha —y, siguiéndole los pasos desde hace ya mucho tiempo, el centro y la derecha moderada—, al igual que Israel, no quiere a «no occidentales» en sus territorios.

37. Esta es la fase histórica en la que vivimos actualmente y en la que viviremos en un futuro próximo. De Trump a Alemania: el odio hacia el hombre no blanco. La «bestia amarilla» de Nietzsche despierta de su letargo, e Israel es una especie de vanguardia de ello. Se teme a Marine Le Pen, a Nigel Farage o incluso a la AfD alemana, pero nos estamos acostumbrando al «pánico» ante los no europeos, rechazamos a los refugiados hacia el mar, se ocupa Libia para detener el éxodo provocado por el hambre en África. (En Alemania, por ejemplo, nadie se quejó de los refugiados rubios procedentes de Ucrania, pero los refugiados de Siria les molestaron tanto que se les animó a marcharse). Ah, Europa, vieja prostituta bien maquillada. Quizá tenga estilo. Pero le huele mal la boca.

38. Y toda esa palabrería de que «Israel tiene derecho a la seguridad y los palestinos tienen derecho a un Estado», que Macron sabe recitar de memoria, olvida que los palestinos tenían derecho, durante todos estos años, a la seguridad, ya que están a merced de los caprichos de la bestia amarilla, y esta vez son los judíos (nuestros antepasados se revuelven en sus tumbas) quienes llevan la voz cantante.

Tel Aviv

  1. Assaf Bondy, Adam Raz, «How Israel’s War Economy Defied Economic Predictions», Jacobin, 16/09/2025

 

sábado, 29 de agosto de 2026

Estamos con Palestina por decoro, querida marquesa

   

Estamos con Palestina por decoro, querida marquesa

 

La responsabilidad debería caer sobre las fuerzas de ocupación, no sobre los pueblos que resisten, la resistencia es un derecho y una obligación moral.

Por

Marta González

29 agosto 2026

 

En los poemas atribuidos a Homero aparece la figura del poeta de dos maneras muy diferentes, pero que miran a un mismo fin. Encontramos a aedos, cantores como Demódoco y Femio en la Odisea, que nos ayudan a imaginar cómo sería la vida y el trabajo del propio Homero, y nos encontramos con Helena en la Ilíada, tejiendo un manto de púrpura “con las hazañas de los troyanos y los aqueos”, dice Homero. Helena borda las mismas historias que canta el poeta.

 

En el libro Gaza. Un genocidio televisado, Madrid, 2025, del médico palestino Mohamed Safa (gracias a Gemma Arbesú, que conoce al doctor Safa, por regalármelo) se habla del bordado palestino, que, explica Safa, es una memoria viva, “los hilos bordados por mujeres palestinas son testimonios de resistencia silenciosa frente a la ocupación y el exilio”. Esos hilos tienen voz como el bordado de Helena de Troya. “Se habla de los palestinos, pero no se les escucha”, se lee también en el libro de Mohamed Safa. Tiene razón, escuchémoslo un rato porque su libro deja una enorme sensación de injusticia, pero también de esperanza, la de que los palestinos sigan contando su historia, cantando su tierra y tejiendo su memoria frente a los sionistas y sus brutales intentos de arrasar con todo. Frente al negocio del genocidio, frente a la más sofisticada y obscena tecnología militar, Gaza resiste.

 

Recomiendo vivamente la lectura de este ensayo por muchos motivos. Lo que parece una obviedad suena con crudeza desgarradora si lo escribe quien lo sufre: “Gaza es un gueto del siglo XXI: cercado, bloqueado, castigado. La diferencia es que quienes resisten ahora son etiquetados como terroristas, mientras los verdugos son presentados como víctimas”. Efectivamente, como señala repetidamente Mohamed Safa, si comparamos a los palestinos con los judíos víctimas del holocausto nazi, los palestinos no solo pierden, sino que su resistencia es considerada un acto terrorista y su sufrimiento echa por tierra la creencia de que lo que ocurrió en los campos de concentración levantados por los nazis pudo suceder porque el mundo no lo sabía. No es cierto, lo que pasa en los campos de concentración sionistas el mundo lo sabe y, sin embargo, lo permite y lo facilita. La responsabilidad debería caer sobre las fuerzas de ocupación, no sobre los pueblos que resisten, la resistencia es un derecho y una obligación moral, leemos en este libro.

 


Sabemos que el negacionismo del Holocausto está castigado por ley, que se promueve su recuerdo en museos, archivos, documentales y libros. Lo que yo no sabía es que el Parlamento israelí aprobó en 2011 una ley que prohíbe conmemorar públicamente el aniversario de la Nakba, la expulsión de los palestinos de su tierra. Leyendo el libro de Mohamed Safa algo que impresiona es su ecuanimidad, su sentido de la justicia, como cuando afirma que “La solución no puede ser la competencia de memorias (…) recordar el Holocausto es un imperativo moral. Pero invisibilizar Deir Yassin, Tantura o Lydda es una forma de complicidad”. Estos lugares quizá no les digan nada, tampoco a mí me resultan familiares, pero si buscan información encontrarán que son antiguas ciudades palestinas masacradas y objeto de limpieza étnica por los sionistas en 1948. Recordarlas es, para Israel, un delito.

 

La memoria que los sionistas están queriendo borrar abarca todo. Y no empezó el borrado genocida en octubre del 2023. Recuerda Safa cómo ya en los años cincuenta del siglo pasado el estado de Israel comenzó a arrancar olivos y plantar pinos en las tierras robadas a sus legítimos ocupantes, consiguiendo, tanto cambiar el paisaje tradicional palestino, como ocultar las pruebas del crimen y negar la existencia de vida con anterioridad a la llegada del “pueblo elegido”. Arrancar olivos y asesinar bebés, puede estar orgulloso el estado de Israel de la historia que está escribiendo.

 

Esta semana vimos imágenes de un colono, cobarde y criminal como todos, golpeando a un hombre mayor en Cisjordania, un hombre al que le faltaba una pierna después de que, en un ataque anterior, otro colono le hubiera disparado. Hazañas del ejército más moral del mundo.

 

Israel es un estado colonial, pero en Gaza. Un genocidio televisado se argumenta además que estamos ante un tipo especial de colonialismo, un colonialismo de asentamiento, “una forma de dominación que se distingue del colonialismo de ocupación por su objetivo último: no la integración ni la explotación de la población nativa, sino su reemplazo”. En menos palabras: una limpieza étnica.

 

Defendamos a Palestina por humanidad, por justicia y por decoro. Ha venido Mohamed Safa a enseñarme, entre otras muchas cosas, que Valle Inclán, en un diálogo en La corte de los milagros, ponía en boca del protagonista las palabras “Soy revolucionario por decoro” como respuesta a la pregunta, “Y tú, ¿por qué eres revolucionario?”. La frase completa es “Soy revolucionario por decoro, querida marquesa”. Nunca antes se me había pasado por la cabeza presentarme en ninguna lista electoral, pero ahora suspiro por poder subirme a la tribuna del Congreso y, ante cualquier pregunta sobre por qué defender a Palestina, o a Cuba, o a los saharauis, o por qué luchar por las pensiones, por la justicia contra las mujeres maltratadas, por la memoria histórica, por los derechos en general, ante cualquier inquietud de esas que plantea la señora marquesa, esa que ustedes saben y que si no espabilamos será ministra en unos meses, poder responder “por decoro, querida marquesa, por decoro”.

Marta González es traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Artículo completo en Nortes 

 

 

sábado, 8 de agosto de 2026

Mosaico del genocidio en 50 relatos, por Gonzalo Delgado


 

   

7 jóvenes palestinos escriben la obra colectiva «El libro negro de Gaza»

Mosaico del genocidio en 50 relatos

Los autores recurren a una escritura tan gráfica que el lector va a verse atrapado por una experiencia inmersiva como si hubiese estado allí, como un testigo silencioso.

Gonzalo Delgado 08/08/2026 Mundo Obrero | Cultura y Comunicación

EL LIBRO NEGRO DE GAZA.
TESTIMONIOS DE UN GENOCIDIO

Edición, Gonzalo Delgado. Traducción, José Elías Rodríguez
Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2026

 

Han pasado 65 años desde que Jean-Paul Sartre apelara a los pueblos del mundo a solidarizarse con los combatientes argelinos que se enfrentaban al colonialismo francés para lograr la independencia de Argelia. Lo hacía desde el prólogo de Los condenados de la tierra, obra de Frantz Fanon que acabaría convertida en una de las referencias de la literatura anticolonialista del siglo XX. Y lo hacía en un tono reivindicativo que desprendía rabia y desesperación ante una inacción que hacía cada vez más explícita la complicidad con la tragedia. Más de medio siglo después, las palabras del pensador francés resuenan con plena vigencia en las de Ibrahim Yaghi, que, junto a otros dieciséis jóvenes, ha desarrollado El libro negro de Gaza, una obra colectiva que recopila en medio centenar de relatos el testimonio de los dos primeros años del genocidio perpetrado por Israel en la Franja de Gaza.

«La tragedia de Gaza no ocurre en la oscuridad, está ocurriendo a plena luz del día. En las pantallas. En las redacciones. Mientras el mundo pasa de largo, indiferente, insensibilizado».

Así cierra Yaghi la antología en la que una generación compone letra a letra, relato a relato, el mosaico del genocidio, una obra coral que aborda la tragedia desde todas sus perspectivas. El lector recorrerá con este libro la Franja entre bombardeos y desplazamientos, pero también se adentrará en la intimidad de los palestinos. Se sumergirá en sus conversaciones, en su cotidianidad. De hecho, los autores recurren a una escritura tan gráfica que el lector va a verse atrapado por una experiencia inmersiva que le permitirá visualizar la realidad de Gaza prácticamente como si hubiese estado allí, siguiendo los hechos descritos desde la cercanía de un testigo silencioso.

El libro negro de Gaza es además una obra en la que Palestina toma la iniciativa de contar su historia desde el mismo centro de la tragedia: bajo las bombas, escribiendo a la lumbre de la madera quemada, donde el tiznado del carbón se mezcla con la tinta, Gaza relata su verdad a un mundo acostumbrado a asomarse a la Franja desde la distancia. En sus páginas, que bien pueden interpretarse como el diario generacional de la masacre, estos jóvenes, ocho chicos y nueve chicas, plasman la crudeza de la violencia con la que Israel pretende poner fin a la vida palestina en el enclave.

Los hechos se relatan de una forma estremecedoramente inmersiva que, desde la incuestionable experiencia del sufrimiento, resalta al mismo tiempo el carácter universal de un genocidio, que siempre ha de entenderse como una herida en la humanidad entera. Las narraciones recopiladas en el libro tienen la capacidad de difuminar las líneas del tiempo y el espacio para acercar al lector la naturaleza universal del dolor. La realidad que se describe sirve como puente para conectar con otras tragedias pasadas. El recorrido por Gaza ayudará a entender la destrucción de Grozni a principios de siglo, la brutalidad de la invasión de Iraq y la arbitrariedad de la muerte en los bombardeos indiscriminados en Sarajevo, así como la angustia con la que civiles sudaneses o ruandeses esperaban —y esperan— la llegada de la horda que acabará con ellos por el mero hecho de existir. Gaza está en todos estos dramas.

Gaza es muchas cosas: es una realidad que trasciende a la violencia, una existencia eterna que se reivindica en cada intento israelí por borrarla del mapa. Gaza es tantas cosas que no es fácil recorrerla, llegar a cada uno de sus rincones, de sus secretos, de sus virtudes. La mejor manera de entrar en ella es a través de su propio testimonio. Según Ahmad Sbaih, Gaza es una realidad agotadora, aunque también es su playa. Para Ghaydaa Al Abadsa, Gaza es transitar cada día al borde de la muerte, mientras que Nur Abed la define como ese lugar en el que la feminidad es un desafío, pero es al mismo tiempo el lugar en el que la dicha y el pesar llegan en el mismo suspiro. Gaza es donde, según indica Heba Almaqadama, la vida se convierte en una mezcla de agotamiento, miedo y resistencia inquebrantable.

Pero Gaza es esencialmente el espejo en el que la humanidad ve reflejada su naturaleza. Este libro logra definir el marco del espejo y, como hacía Sartre hace 65 años, apela a la humanidad en su conjunto a que despierte ante la realidad de la tragedia para poner fin a una de las injusticias más flagrantes de nuestro tiempo. Gaza, como se apuntaba es una herida en toda la humanidad y el camino para reparar ese dolor pasa necesariamente por la implicación de todos los pueblos del mundo en la única solución capaz de detener la hemorragia: la liberación de Palestina. Por eso la libertad que reivindican los autores de El libro negro de Gaza es la libertad de la humanidad entera.

Artículo completo  en Mundo Obrero 

 

 

viernes, 31 de julio de 2026

Tazmamart, de Ahmed Marzouki

 

Para que no se olvide

 

¿Qué sentido tiene editar en 2026 Tazmamart, celda 10 de Ahmed Marzouki, publicado por primera vez en francés el año 2000 y traducido ahora por Juan Vivanco Gefaell?  Pues tiene todo el sentido del mundo. En primer lugar, se inscribe en una línea clara de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, que, desde sus inicios, se ha preocupado por dar a conocer en España cuestiones relativas a la memoria histórica y democrática en Marruecos. Y ello mediante lo que el investigador Brahim El Guabli, en su obra Moroccan Other-Archives: History and Citizenship after State Violence, denomina como “otros archivos”; los archivos no convencionales, los que no son historia oficial ni académica; las historias de los que quedaron fuera de la Historia. La propuesta de esos “otros archivos” de El Guabli es un intento de reescribir y de reimaginar esa historia de Marruecos que ha estado “sumida en la represión, la ausencia y el silencio”. Con este fin, se centra en tres categorías de ciudadanos marroquíes: los amazig, los judíos y los presos políticos.

Marzouki pertenece a este último grupo, y dentro de ellos, a los militares. Estuvo desaparecido entre 1973 y 1991 en Tazmamart, una de las cárceles secretas que forman ya parte de la historia de la infamia, junto a lugares como Derb Mulay Cherif o Dar Moqri. El testimonio de Marzouki es también un tratado sobre la condición humana, sobre el mal y la violencia que algunas personas son capaces de ejercer sobre sus semejantes, pero también sobre la bondad de otros. Como relata Marzouki, al salir de Tazmamart “los médicos trataban de lograr que nuestros cuerpos recuperaran una forma humana”. Tazmamart fue el presidio de los militares presuntamente involucrados en los intentos de golpe de Estado contra Hasán II de 1971 y de 1972, uno de los episodios más terribles de los años de plomo. Con años de plomo se suelen referir historiadores y periodistas a la época de Hasán II. Para algunos, abarcarían todo su reinado; para otros, incluso desde la revuelta del Rif (1958-1959), que el entonces príncipe Hasán reprimió con dureza; aunque parece haber mayor consenso en que comienzan con la revuelta popular y estudiantil del 23 de marzo de 1965 en Casablanca y, sobre todo, con la implacable represión que se desencadena tras los golpes de Estado fallidos.

Entre esos “otros archivos” El Guabli destaca las memorias y testimonios de quienes vivieron en sus carnes la violencia. En Ediciones del Oriente y del Mediterráneo se han publicado títulos que son clave para esa reescritura de la historia de Marruecos, como El camino de las ordalías, donde el escritor y activista Abdellatif Laâbi rememora la traumática experiencia vivida durante su paso por la cárcel como preso político en la década de los setenta; El libro de la opresión, donde Khadija Menebhi, hermana de la ya mítica Saida, relata el sufrimiento de esos mismos años desde la óptica de los familiares de los presos; o A la sombra de Lala Chafia de Dris Bouissef Rekab, militante de la organización marxista-leninista marroquí Ila al-amam, detenido en 1976 y condenado a veinte años de cárcel por “atentar contra la integridad interior del Estado”, de los que cumplió trece, además de siete meses y diez días desaparecido y torturado en Derb Mulay Cherif.

Señala El Guabli que puede que los años de plomo acabaran en 1999, con la muerte de Hasán II, pero no así “su impacto en la gente”. Torturas, desapariciones, prisiones secretas y ejecuciones extrajudiciales son algunas de las heridas todavía abiertas de esos años. En 2004 se creó la Instancia Equidad y Reconciliación, organismo oficial cuyo cometido era investigar las violaciones de los derechos humanos y los casos de violencia perpetrada por el Estado con el fin de rehabilitar e indemnizar a los afectados y sus familias. Para algunos, se trata de un lavado de cara más del régimen, pues no obligaba a rendir cuentas a quienes ejercieron la represión. En 2020 se lanzó un proyecto para reconvertir Tazmamart en un lugar de memoria. Gestos que nunca serán suficientes ante pérdidas irremediables y realidades excesivamente dolorosas. Desde los atentados de Casablanca de 2003, los disidentes más reprimidos han sido los islamistas, y los activistas rifeños y saharauis, además de los periodistas. La última frase del libro es:¿Cambiaremos algún día este país?”

 

Gonzalo Fernández Parrilla



miércoles, 29 de abril de 2026

EDICIONES DEL ORIENTE Y DEL MEDITERRÁNEO PREMIO AMISTAD 2025 DE CASA ÁRABE

 


 

El miércoles 22 de abril, Casa Árabe hará entrega de la tercera edición de este galardón a Inmaculada Jiménez y Fernando García Burillo, creadores de Ediciones de Oriente y del Mediterráneo. En el acto estarán arropados por amigos y colaboradores que subrayarán la importante trayectoria de la editorial. ¡Ven a celebrarlo! El acto contará con la presencia del director general de Casa Árabe, Miguel Moro Aguilar, quien hará entrega del premio a los editores, Inmaculada Jiménez y Fernando García Burillo, así como del coordinador de Cultura de Casa Árabe, Karim Hauser, quien dará paso a las intervenciones de Gonzalo Fernández Parrilla; Teresa Aranguren; Ignacio Álvarez Ossorio; Ourdia Sylvia Oussedik; Luz Gómez; Isaías Barreñada; Bernabé López; Waleed Saleh; Malika Embarek y Santiago González Vallejo (online). Ediciones del Oriente y del Mediterráneo es una editorial creada en 1989 por Fernando García Burillo e Inmaculada Jiménez Morell “para dar a conocer la literatura y las sociedades de ambos lados del mar Mediterráneo”. La editorial, una empresa familiar con 37 años de trayectoria, es pionera en la publicación de literaturas periféricas en español, facilitando así el acercamiento a otras realidades a través de la producción literaria en diversas lenguas. El jurado del Premio Amistad ha valorado su destacada labor en favor del conocimiento y la difusión de la cultura árabe en España, mediante la traducción y publicación de relevantes obras de autores de Oriente Medio y África del Norte, así como de reconocidos especialistas españoles y europeos en la materia, en géneros que incluyen poesía, narrativa y ensayo. Desde 1989, la editorial ha desarrollado un esfuerzo sostenido y riguroso que ha contribuido de manera significativa al fortalecimiento del entendimiento mutuo y al diálogo intercultural. Como ganadores del Premio “Amistad” recibirán, además de la prestigiosa distinción, un “Orante”, escultura realizada por el artista Rachid Koraïchi, reconocido internacionalmente por sus trabajos en escultura, instalaciones, cerámica y textiles. Se trata de una figura de 28 cm. de altura realizada en acero corten con efecto óxido, situada sobre una peana en color óxido turquesa con firma del autor, logotipo de Casa Árabe y espacio para grabar el nombre de la ganadora del premio y el año. El tamaño total de la pieza es de 35x21x4 cm. El premio “Amistad” de Casa Árabe ha sido creado con el propósito de reconocer la labor de individuos y entidades, públicas o privadas, nacionales o internacionales, que hayan contribuido de forma destacada a fortalecer los lazos de convivencia, concordia y entendimiento entre las sociedades árabe y española.

martes, 10 de marzo de 2026

"¡Oíd humanos!" Antología de poemas de Nima Yushij

Nima-Yushij-¡Oíd-humanos!

   

Nima Yushij (1897-1960), ampliamente reconocido como el padre de la poesía persa moderna, nació en el pueblo de Yush, al norte de Irán, junto al mar Caspio. Es posiblemente el poeta iraní más influyente del siglo XX. De hecho, sher-e-no («poesía nueva») se conoce a veces como sher-e-nimaai («poesía al estilo de Nima»). Los poemas de Yushij tienen múltiples capas simbólicas que abordan luchas personales, sociales y políticas, así como las propias de la poesía moderna. Fue un referente para los jóvenes poetas de su época y sus escritos siguen inspirando a poetas de todo Irán. Se han escrito numerosos libros sobre él y sus poemas han sido adaptados a la música clásica.

Nima Yushij era el hijo mayor de Ebrāhim Khan Nuri, un acaudalado terrateniente de Yush dedicado a la agricultura y la ganadería, y de ubā Meftā, de origen georgiano.

Nima pasó sus primeros años en el idílico entorno de su lugar de nacimiento, al que permaneció vinculado durante el resto de su vida. Allí aprendió a leer y escribir con el clérigo del pueblo. Su familia abandonó Yush cuando Nima tenía doce años y se instaló en Teherán 

Poco después de graduarse, Nimā fue contratado como empleado subalterno en la división de archivos del Ministerio de Finanzas (Wezārat-e dārāʾi), donde trabajó de forma intermitente durante ocho años, «en habitaciones malolientes donde el aire parecía aprisionado». Se sintió atraído por el Movimiento Jangali en Gilān, pero ese impulso romántico quedó en suspenso con la trágica muerte de Mirzā Kuček Khan en 1921 y la disolución del movimiento.

El 27 de abril de 1926, Nima se casó con su prima materna ʿĀlia Jahāngir, maestra de escuela y sobrina de Mirzā Jahāngir Khan Širāzi; su único hijo, Sherāgim, nació en 1943. La pareja se mudó a Māzandarān en 1928 y posteriormente ocupó puestos de enseñanza en pequeñas escuelas de otras ciudades del norte de Irán. 

En 1936, Nima fue contratado como profesor de literatura a tiempo completo en la Escuela Profesional Germano-Iraní, pero este trabajo también tuvo una corta duración. En 1938, le ofrecieron un puesto en el Departamento de Música del Ministerio de Educación. La fundación de Majalla-ye musiqi en 1939 por olām-osayn Minbāšiān supuso una oportunidad para Nimā de codearse con algunos de los artistas e intelectuales más destacados de Irán, entre ellos Sadeq Hedayat.

La ocupación aliada de Irán y la posterior abdicación de Reżā Shah en 1941 fueron seguidas por un breve y excepcional interludio de libertad de expresión en el país. Se liberó a los presos políticos de izquierdas, se fundó el partido Tudeh (Tuda) y florecieron las actividades literarias e intelectuales. Nima colaboró con periódicos y revistas afiliados al partido Tudeh, entre ellos Rahbar, editado por Anwar āmaʾi, y Nāma-ye mardom, editado por Jalāl Āl-e Amad y Esān abari . Esa colaboración estaba motivada, al menos en parte, por la oportunidad de conectar con los lectores más que por un compromiso serio con la política comunista. Dicho esto, «Nāqus», un poema que compuso en 1944, es un comentario apenas velado sobre la situación política de Irán y refleja una afinidad difusa con los ideales defendidos por el partido Tudeh.


La vena progresista de su carácter que atrajo a Nimā hacia el partido Tudeh se perdió finalmente por su pesimismo innato, al igual que los atractivos de la vida urbana nunca disminuyeron su deseo de regresar al entorno idílico de su pueblo natal. Pasaba sus días en Teherán en una pequeña habitación húmeda que rara vez veía el sol, anhelando volver a la vida sencilla de Yush. La estética de la vida rural, tan a menudo pasada por alto por los autores y poetas ideológicamente comprometidos de la época, es ensalzada en muchos de sus poemas y cartas.

El partido Tudeh quedó diezmado tras el golpe de Estado de 1953. Los simpatizantes, así como los intelectuales de su órbita, eran vistos con sospecha, y un buen número de ellos, incluido Nima, fueron arrestados.

El resto de la vida de Nima transcurrió en un relativo aislamiento. Viajaba constantemente entre Yush y Teherán, refugiándose en los recuerdos de tiempos pasados.

Rompiendo con su rutina de visitas estivales, Nimā realizó su último viaje a Yuš en el invierno de 1959. Una neumonía le obligó a regresar a Teherán a lomos de una mula, donde falleció pocos días después. Contrariamente a las instrucciones establecidas en su testamento de que fuera enterrado en Yush, fue enterrado inicialmente en Teherán, pero en 1993 su hijo, Sherāgim, volvió a enterrar el cuerpo en la casa familiar, tal y como Nimā había deseado.

¡OÍD HUMANOS!

¡Oíd, humanos, sentados en la orilla, riendo alborozados!

Alguien en el agua está perdiendo la vida,

alguien incesantemente bracea

en este iracundo y oscuro y pesado mar que conocéis.

Mientras embriagados estáis

con el deseo de someter al contrario,

mientras en vano imagináis

haber tendido una mano al desvalido

para amasar fortaleza,

mientras apretáis la correa

alrededor de vuestras cinturas,

¿cuándo os puedo yo hablar?

¡Alguien dentro del agua en vano está siendo sacrificado!


sábado, 13 de diciembre de 2025

Jocelyne Laâbi: "Ese Marruecos que fue el mío"


 

UNA CRÓNICA DE LA RESISTENCIA

Ni la venganza ni el perdón ni las cárceles
ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado 

Jorge Luis Borges

La celebrada novela El camino de las ordalías de Abdellatif Laâbi, quizá el más grande poeta vivo de Marruecos, mostraba un relato itinerario de la tortura en la prisión, de la puesta en libertad, del sentir de nuevo la respiración y el cuerpo de la ciudad de Fez y la fauna de los hombres libres, de la recuperación —en definitiva— de la infancia (voces, rostros, nombres) y el encuentro con la familia: contar un cuento a su hija, visitar la tumba de la madre y tratar de recomponer el color de sus ojos: «Los tenía garzos, de un tono particular, más cercano al verde que al azul, como de orégano fresco».
Pero hay otro itinerario que contradice la afirmación de Abdellatif Laâbi de que «la prisión es una isla que deriva sordamente por la curva inasible del tiempo» y que, sin embargo, expresa «el sufrimiento exacto». Me refiero a la obra de Jocelyne Laâbi Ese Marruecos que fue el mío: un libro memorioso en el que la autora intenta compendiar la vida de una niña en Mequinez, adonde arribó de la mano de una familia colonialista, con el relato de los años apasionantes, pero también oscuros, de su crecimiento como persona, estudiante y rebelde enamorada del joven poeta y teatrero Laâbi (que representaba un papel en la obra de Brecht Los fusiles de la señora Carrar), con el que enmaridó en 1964. Eran esos mismos años del surgimiento de una nueva cultura, del movimiento poético y de la insurrección en torno a la revista rabatí Souffles, fundada y dirigida por Abdellatif Laâbi y en la que también se afanaría Jocelyne.
Este libro, que comienza como unas memorias con el recuerdo del acíbar usado para combatir la onicofagia de una niña, exhibe la foto colonial de Marruecos desde los ojos de una adolescente francesa que acude al colegio de las monjas en la ciudad de Mequinez. Es la historia de una familia obrera típica de la época, con un padre judeófobo y una hija a punto de descubrir —confesión de la madre— que Louis, el querido padre, fue además un miliciano antirresistente. Más que un ajuste de cuentas con los demonios familiares, es una comprensiva carta al padre y un canto de amor a Marruecos, la patria exasperante y nutricia.
A continuación, se produce un salto en el relato que nos lleva a la víspera de la detención, el 27 de enero de 1972, del marido —Abdellatif Laâbi— con el que aquella joven ha formado una familia con dos hijos y un tercero en camino. Pero, en seguida, un flash-back nos retrotrae al año 1964, los «burbujeantes, apasionantes años sesenta» durante los cuales ha explorado un nuevo mundo y ha adquirido una nueva lengua: «domesticaba esa lengua, antaño incomprensible ruido de fondo».
Ahora sí, hay un relato, desde la propia vivencia sufrida, de aquellos nefastos años, conocidos como los años de plomo, que dejaron una honda herida en la sociedad marroquí. Uno de los hitos que señalan ese tiempo fue, por ejemplo, la sangrienta represión dirigida por el general Ufkir, amigo del monarca Hassán ii, contra una manifestación de estudiantes, parados y chabolistas en Casablanca en marzo de 1965. En ese mismo año, la narradora de esta obra abandona la licenciatura para dedicarse a la crianza de su hijo Yacine (después nacerían Hind y Qods), en tanto Abdellatif se hace profesor de francés. Al año siguiente fundan la revista Souffles, publicación imprescindible para la historia del poscolonialismo y que sería cerrada por prohibición gubernativa el mismo año de la detención del poeta.
Pese a la corta vida de Souffles (1966-1972), esta rabiosamente juvenil «revista cultural árabe del Magreb» se atrevió a tocar todos los palos: cine, cultura nacional, arte, literatura magrebí, descolonización, negritud, cuestión palestina… La revista planteará las cuestiones más incisivas que serán debatidas en Marruecos en los siguientes decenios, como, entre otras, la lengua de expresión, la herencia colonial o la cultura popular. Los 22 números de la publicación (en realidad 17, ya que hubo 5 dobles números) crecieron en torno a un grupo amistoso de poetas, creadores y activistas, entre los cuales estuvieron —además del propio Laâbi— Nissaboury, Khatibi, Khair-Eddine, Serfaty, Chebaa, Melehi, Benjelloun, Chraibi, Alloula, etc. En 1970, Laâbi y Serfaty junto con otros crean la organización Ilal-Amam [Adelante], de carácter marxista-leninista, y Souffles deriva hacia una revista cada vez más radical y política, con una clara orientación internacionalista y revolucionaria. 
El núcleo central de la novela autobiográfica de Jocelyne es el relato de la lucha y la constitución del movimiento de las familias de los presos políticos, una lucha que fue esencialmente femenina. Quien narra esta historia es una mujer con muchas aristas: la funcionaria, la amante (a través de una conmovedora relación epistolar recogida en el libro), la militante política, la madre, la luchadora feminista, la amiga. Por eso esta historia, que ya fue contada anteriormente por otros, como el mismo Laâbi en El camino de las ordalías, adquiere en la voz de Jocelyne una valiosa y prístina vuelta de tuerca. Los matices son incontables, por ejemplo, el rasgo de poética sororidad con su suegra Ghita: «la conocí, por fin, el día en que leí el lenguaje de Ghita convertido en escritura por su hijo». Para Jocelyne, la cárcel —desde fuera de ella— también fue una escuela de vida y de cambio, sobre todo para las mujeres (esposas, madres, hermanas), y también de solidaridad: «Juntas luchamos y ese juntas quizá sea nuestra más hermosa victoria». Hay páginas de gran delicadeza, como la que dedica a la muerte de su amiga Evelyne Serfaty (que sufrió prisión y torturas) o la consagrada a la muerte de Saída (también Abdellatif le dedicó el cuento Saída y los ladrones del sol).
Debo reiterar que el punto de vista genérico lo cambia todo: esta historia, conocida y referida por otros, en el recuento de Jocelyne se convierte en otra historia más compleja, más rica, excéntrica, intimista, cordial, feminista. El tiempo indigno de la prisión y la lucha de las mujeres por los derechos de sus hombres cautivos (a veces, desaparecidos) devienen un tiempo de «amor y amistad, abnegación, mezquindad, rabia y risa, impotencia y cólera, felicidad, duelo» en la sentida crónica de Jocelyne. La represión ejercida por el poder contra una juventud con ansias de cambio y modernización y la lucha de las mujeres por los derechos humanos de quienes, si no hubiera sido por ellas, habrían sido ninguneados, olvidados, borrados, es una parcela de la memoria del Marruecos reciente que sigue viva gracias a testimonios como Ese Marruecos que fue el mío de Jocelyne Laâbi.

Miguel A. Moreta-Lara
Málaga, mayo 2024 

 


Alain Mabanckou y Abdourahman Waberi: "Diccionario lúdico de las culturas africanas"


 

 PREFACIO

En busca de la energía magnética
del continente africano

La idea de escribir un libro juntos viene de lejos. Nuestra amistad se remonta a la década de 1990, cuando ambos éramos estudiantes en Francia, el uno originario de la República del Congo [Mabanckou], el otro de la República de Yibuti [Waberi]. En aquella época, asistimos a la liberación de Nelson Mandela y el fin del apartheid, y muchos países africanos, sobre todo tras la Cumbre Francoafricana de La Baule, que condicionaba la ayuda francesa a la instauración de regímenes democráticos, empezaron a dar la espalda al marxismo-leninismo, optando —al menos sobre el papel— por el principio del multipartidismo político (Benín, Cabo Verde, Costa de Marfil, República del Congo, Gabón, Níger, el antiguo Zaire…). Pero aquella tendencia, a pesar del optimismo mostrado por los pueblos africanos, quedó rápidamente ensombrecida por el genocidio del pueblo tutsi en Ruanda, las guerras civiles de Sierra Leona y Liberia, el conflicto entre Somalia y Eritrea, o la caída del régimen chadiano de Hissène Habré, derrocado por su asesor militar, Idriss Déby, con el apoyo de la Libia de Muamar el Gadafi…
Pese a esas zonas de penumbra, seguimos siendo optimistas en lo que al futuro de nuestro continente se refiere, un continente que, a nuestro entender, resulta cada vez más imperioso conocer. 
Nuestras conversaciones giraban en torno a nuestras respectivas culturas: la del Cuerno de África para Abdourahman Waberi, escenario de heteróclitos intereses geopolíticos; la del África central para Alain Mabanckou, territorio donde se estableció la Francia Libre durante la ocupación nazi. Y si bien coinciden en muchos aspectos, en otros son diametralmente opuestas, lo cual es ilustrativo de la multiplicidad de nuestros usos y costumbres. Siempre que visitamos África, oímos con deleite ese vocabulario urbano que funde la lengua francesa con las lenguas locales, prueba de que vivimos, hoy más que nunca, en una época de mestizaje, de fusión cultural propia de la «civilización de bronce», como formuló el poeta congoleño Tchicaya U Tam’si.
Somos conscientes de que África se halla en el mundo, y el mundo en África. Lo mismo puede decirse del resto de continentes, por cuanto nuestros destinos, para bien o para mal, se encuentran estrechamente ligados. Nos negamos a concebir África como un catálogo de penurias o un continente perseguido por una maldición ancestral, atravesado por las disputas étnicas. La energía de las «diásporas africanas» siempre ha concitado nuestro asombro, una llama ardiente que deseábamos plasmar en un libro; sin embargo, por entonces no teníamos una idea clara del género idóneo para llevarlo a cabo, hasta que un día, mientras tomábamos, como de costumbre, una copa en el distrito xviii de París decidimos trazar una especie de recorrido por las culturas africanas, sin ningún tipo de línea directriz, en el que cada letra del alfabeto condujera hacia una noción, una práctica, un concepto, un instante de la historia, la literatura, la pintura, la política, la economía, la gastronomía, etc. 
Huelga decir que el África de nuestros corazones y de nuestros sueños rebasa las dimensiones del continente africano, que su historia es más profunda que cualquier Wakanda. Las diásporas africanas (desde Canadá hasta Argentina pasando por Haití; desde los archipiélagos y riberas suajili a la isla Mauricio pasando por Madagascar) así como las poblaciones negras de las grandes ciudades (desde París hasta Singapur o Melbourne) lo arropan con afecto. 
Este libro constituye un alfabeto particular, una especie de retrato o, más concretamente, una mitografía a partir de la cual percibir y sentir el pulso de un continente inmenso, cuya potencia cultural se despliega ante nuestros ojos. La voz y la importancia de África en los asuntos mundiales, aunque ayer minimizadas, incluso menospreciadas, son hoy incuestionables. África se halla en vías de imponer una marca, un estilo, una manera de ser en el mundo y de relacionarse con otras poblaciones. 
Obviamente, este proyecto tiene un marcado componente iniciático. Hemos discutido largo y tendido sobre su acusada personalidad, que recuerda a una colorida y emotiva película narrada por un dúo de actores cómplices que emprenden la tarea de escribir no vestidos formalmente, sino relajados, descorbatados, con tejanos y zapatillas, en un ambiente festivo, a fin de acompañar los caprichos del alma, recurriendo, cuando así es menester, a las experiencias de sus respectivas peregrinaciones. Nuestra intención no era agotar cada tema, sino más bien entonar un canto de amor a las culturas de nuestro continente, a sus habitantes de ayer y de hoy, a sus excepcionales recursos y a su espectacular mundialización, al margen de cierta contaminación en el cielo africano provocada por la increíble longevidad de algunas dictaduras africanas. 
En este libro, además de darle una fuerte identidad visual, hemos intentado evitar los estereotipos facilones que dibujan un África subdesarrollada, en busca de pan o de un salvador blanco al estilo hollywoodense. Nos hemos hecho eco de numerosos problemas de nuestro tiempo, lo cual en ocasiones ha aumentado la complejidad del proyecto. La naturaleza fragmentaria del diccionario, su condición de obra inacabada, no debería de comportar un problema, al contrario: le ofrece al lector la posibilidad de ahondar ahí donde hemos preferido no extendernos. Tenemos intención de continuar con nuestra colaboración; por tanto, este libro invita a explorar otros diccionarios, otras obras de ficción, de teoría, de historia, de imágenes. También representa, como se verá enseguida, el fruto maduro de una amistad que llevamos cultivando desde nuestra época de estudiantes, cuando nos disponíamos a enviar nuestros primeros manuscritos a las editoriales. 
Por último, esperamos que su estilo lúdico funcione como una cámara alimentada por la energía magnética de todo el continente africano. 

A. Mabanckou, A. Waberi.




 

Ignacio Gutiérrez de Terán: "Gaza:poemas contra el genocidio

 

 


 INTRODUCCIÓN

Qué doloroso es componer una antología como esta. Palestina, Gaza de manera brutal y ante la mirada impotente de medio mundo, Cisjordania, subrepticiamente a través de la expansión inclemente de los colonos, sigue sufriendo una campaña de erradicación. Una agresión inclemente, prolongada desde hace más de 75 años. La campaña de exterminio física y cultural emprendida por un proyecto sionista preciso en su brutalidad ha entrado en un momento de «solución final» que, pensábamos, había quedado atrás en los anales del siglo pasado. Empero, se trata de algo real, cruel en sus métodos, injurioso en una política de silenciamiento de la víctima y ensalzamiento de los verdugos que, por desgracia, sigue vigente en numerosos ámbitos del mundo occidental. Durante décadas la voz palestina ha sido silenciada, si no desvirtuada por medio de la criminalización y el falso victimismo de quienes con ahínco la han usurpado; y si asistimos a algo parecido a un grito de indignación, una repulsa mundial a lo que viene sufriendo la población de la Franja de Gaza desde octubre de 2023, se debe a la barbarie extrema, desatada, injustificable incluso para sus valedores tradicionales, de los dirigentes sionistas actuales. Se han lanzado sin ambages ni circunloquios a consumar el gran sueño de una ideología racista y antihumana que pretende vaciar Palestina de sus habitantes, todo ello en nombre de un derecho divino que, en realidad, esconde un entramado de intereses económicos, comerciales y geopolíticos con un claro trasfondo neocolonialista.
Las terribles consecuencias de la destrucción de centenares de aldeas y la expulsión de cientos de miles de personas, en 1948 y a lo largo de los años siguientes, presiden los poemas de los autores que los sufrieron en primera persona, Abu Salma o los hermanos Tuqán, Ibrahim y Fadwa, por ejemplo; pero también hay en ellos, y en quienes les siguieron, una reivindicación orgullosa de la identidad palestina y una apuesta consciente por la resistencia. Precisamente, el término «literatura de la resistencia» fue reivindicado por uno de los grandes intelectuales palestinos, Gassán Kanafani, asesinado por el Mosad en Beirut en 1972, desde el título mismo de su célebre Adab al-muqawama fi Filastin al-muhtalla, 1948-1966 (Literatura de Resistencia en Palestina Ocupada 1948-1966), estudio seminal sobre la nueva poesía palestina. Kanafani atribuye a los por aquel entonces jóvenes poetas que publicaban sus primeros libros un nuevo modo de hacer poesía. Ideas sencillas, expresadas con un agudo hálito poético, imágenes directas, símbolos originales, la implicación real y profunda del yo poético… Para Kanafani, la aparición de una nueva corriente creativa en la Palestina histórica representa un alzamiento en toda regla contra lo que denomina el «culturicidio palestino». La ocupación sionista ha mostrado siempre gran aptitud para reprimir los intentos de una expresión artística genuina prohibiendo libros y editoriales, asfixiando a los centros educativos y evitando el desarrollo de una conciencia y cultura palestinas propias, sobre todo en las urbes. Por fortuna, añadía, poetas como Tawfiq Zayyad, Mahmud Darwish, Samih al-Qasim y Salem Yubrán, quienes componen la espina dorsal del estudio, levantaron un estandarte estilístico y espiritual que ha mantenido viva durante décadas la palabra resistente frente a la Ocupación.
Los versos escritos desde Palestina y sus gentes empujadas al destierro hablan de eso, de amor a la tierra —«no podrán amor nuestro, arrancarte los ojos», escribía Fadwa Tuqán— de los símbolos nacionales palestinos, el olivo, el tomillo, las vides, el higo chumbo, el olor de la yerba húmeda… y también de fedayines, de gentes comunes y corrientes que defienden a los suyos «con los dientes» —diría Tawfiq Zayyad—, en un afán, criminalizado desde el exterior las más de las veces, por hacer valer unos derechos usurpados del modo más vil. Es tal la afrenta padecida por el pueblo de Palestina que un autor de natural apacible y de pulsión indudablemente intimista neo romántica, como el gazatí Harun Hashem Rashid, interpelaba hace décadas a sus «compañeros de angustia e infortunio» insistiendo en que él también era «uno de ellos en el fuego del odio», en la traducción del profesor Martínez Montávez en su antología El poema es Filistín (1980). Se puede apreciar en todos estos poemas tristeza e indignación, pero también una profunda convicción de luchar por lo que es justo. Y un sonoro latido de esperanza. Sin embargo, los poemas palestinos que se han escrito en y sobre Gaza desde octubre de 2023 aluden en primera instancia al terror, el hambre, la aniquilación y la desesperanza ante unas matanzas cometidas día y noche ante la pasividad del planeta en su conjunto. En palabras del joven poeta gazatí Mohammed Moussa no podía haber sido de otro modo: padecer un genocidio aporta una perspectiva sombría en la que «los poetas de Gaza están forjando una nueva poesía, redefiniendo su esencia y significado. Nos vemos compelidos a redactar elegías, a escribir de continuo sobre el hambre que asuela nuestros cuerpos y sobre las familias y los niños a quienes han quemado vivos en sus tiendas».
La destrucción sistemática, planificada, de la tierra de Gaza, sus gentes y su historia ha devastado los cimientos de la creación literaria. De qué otra cosa que de muerte y desolación puede escribirse en la enorme fosa común en que ha quedado convertida Gaza. La devastación ha dado lugar a diversos subgéneros y poetas a quienes se atribuye la paternidad de determinadas tendencias temáticas o discursivas. Así, Ni’ma Hasan es la poeta de las jaimas en los campos de refugiados; Anees Ghanima, el de las ruinas, y Alaa al Qatrawi, a quien el régimen de Tel Aviv privó de sus cuatro hijos menores de edad, la de la maternidad reducida a la nada. Todos y todas hablan de cementerios, desplazados, casas borradas del mapa, el frío que estrangula los huesos, la sed del verano tórrido y desamparado. Y siempre el hambre, la hambruna como castigo colectivo impuesto por la Ocupación para forzar, de paso, el éxodo palestino. «Me lacera el hambre, pero tengo más hambre de vida», dice Haydar al Ghazali, que ha hecho de este padecimiento un leitmotiv hasta recrear, sarcasmo del destino, el género de los poetas saalik (vates errantes del desierto) de la época preislámica (siglos v/vi), que describían el padecimiento del estómago vacío con un realismo —y unas metáforas— que solo los poetas contemporáneos de Gaza han podido igualar. Si es que no lo han superado.
No todo, sin embargo, es desesperanza. Mona Musaddar ansía el fin del genocidio y lo invoca: «Cuando termine el genocidio no mandaré mensajes a los amigos preguntando si siguen vivos»; Fatena al Ghorra da consejos a los suyos para que sobrevivan a los bombardeos, la hambruna y la indiferencia de la llamada comunidad internacional; y Amal Abu Asi vuelve a plantar cara a la barbarie y la sinrazón de un Estado criminal: «Gaza seguirá existiendo mientras haya pájaros surcando el cielo». Los más recuerdan a su madre, bien porque los bombardeos la han asesinado, bien porque casi todos solemos tender a pensar en nuestras madres en los momentos de máxima desolación. Ahmad al Qarinawi la recuerda «con su túnica de terciopelo», mientras Salim al Naffar, asesinado por las bombas de la ocupación lo mismo que Hiba Abu Nada o Maryam Hegazi, llora su partida: «¿Precisamente ahora tenías que soltarme la mano?». Doha al Kahlut dibuja, por su parte, una visión confusa y distante de la madre en mitad, una vez más, de la desolación: «Ansío tu mano, pero resultas tan irreal y distinta allá, en el horizonte, entre el sueño y la vigilia». 
Nos gustaría decir, a modo de colofón, que todavía, según se escriben estas líneas al menos, días antes de la entrada en vigor del llamado plan de Trump, estamos a tiempo de detener tamaña barbarie. Algunos pueblos y un puñado de dirigentes de este mundo parecen haber despertado de un cínico letargo que continúa, sin embargo, asolando al resto. Hasta el momento, no ha sido suficiente. La gente de Palestina y Gaza en particular está acostumbrada a sufrir pesares. Y a resistir. Lo llevan haciendo desde hace un siglo, cuando comenzó a intensificarse la colonización de Palestina y el expolio cometido sobre sus legítimos dueños. Yawad al Aqqad se preguntaba, como tantos otros escritores palestinos: «para qué sirve la poesía, las palabras, entre tanta sangre; si, con todo lo que está ocurriendo, el mundo calla, condena, vuelve a callar y termina refugiándose en una mudez imperturbable, ¿de qué sirve?». La poesía tiene que servir, querido Yawad, sí; servirá. Y Gaza seguirá, contra viento y marea, resistiendo al más feroz de los proyectos de usurpación del siglo xxi. «Mi pueblo lo tiene claro: o morir o resistir; libertad para poder vivir», afirma la eternamente combativa Dareen Tatur. De lo contrario, para vergüenza de la humanidad en su conjunto, nunca podremos borrar de nuestra conciencia el gran temor expresado por Yazid Shaath en su escalofriante «Gaza, fosa común». No dejemos que ocurra.

Ignacio Gutiérrez de Terán
Madrid, octubre de 2025