sábado, 29 de agosto de 2026

Estamos con Palestina por decoro, querida marquesa

   

Estamos con Palestina por decoro, querida marquesa

 

La responsabilidad debería caer sobre las fuerzas de ocupación, no sobre los pueblos que resisten, la resistencia es un derecho y una obligación moral.

Por

Marta González

29 agosto 2026

 

En los poemas atribuidos a Homero aparece la figura del poeta de dos maneras muy diferentes, pero que miran a un mismo fin. Encontramos a aedos, cantores como Demódoco y Femio en la Odisea, que nos ayudan a imaginar cómo sería la vida y el trabajo del propio Homero, y nos encontramos con Helena en la Ilíada, tejiendo un manto de púrpura “con las hazañas de los troyanos y los aqueos”, dice Homero. Helena borda las mismas historias que canta el poeta.

 

En el libro Gaza. Un genocidio televisado, Madrid, 2025, del médico palestino Mohamed Safa (gracias a Gemma Arbesú, que conoce al doctor Safa, por regalármelo) se habla del bordado palestino, que, explica Safa, es una memoria viva, “los hilos bordados por mujeres palestinas son testimonios de resistencia silenciosa frente a la ocupación y el exilio”. Esos hilos tienen voz como el bordado de Helena de Troya. “Se habla de los palestinos, pero no se les escucha”, se lee también en el libro de Mohamed Safa. Tiene razón, escuchémoslo un rato porque su libro deja una enorme sensación de injusticia, pero también de esperanza, la de que los palestinos sigan contando su historia, cantando su tierra y tejiendo su memoria frente a los sionistas y sus brutales intentos de arrasar con todo. Frente al negocio del genocidio, frente a la más sofisticada y obscena tecnología militar, Gaza resiste.

 

Recomiendo vivamente la lectura de este ensayo por muchos motivos. Lo que parece una obviedad suena con crudeza desgarradora si lo escribe quien lo sufre: “Gaza es un gueto del siglo XXI: cercado, bloqueado, castigado. La diferencia es que quienes resisten ahora son etiquetados como terroristas, mientras los verdugos son presentados como víctimas”. Efectivamente, como señala repetidamente Mohamed Safa, si comparamos a los palestinos con los judíos víctimas del holocausto nazi, los palestinos no solo pierden, sino que su resistencia es considerada un acto terrorista y su sufrimiento echa por tierra la creencia de que lo que ocurrió en los campos de concentración levantados por los nazis pudo suceder porque el mundo no lo sabía. No es cierto, lo que pasa en los campos de concentración sionistas el mundo lo sabe y, sin embargo, lo permite y lo facilita. La responsabilidad debería caer sobre las fuerzas de ocupación, no sobre los pueblos que resisten, la resistencia es un derecho y una obligación moral, leemos en este libro.

 


Sabemos que el negacionismo del Holocausto está castigado por ley, que se promueve su recuerdo en museos, archivos, documentales y libros. Lo que yo no sabía es que el Parlamento israelí aprobó en 2011 una ley que prohíbe conmemorar públicamente el aniversario de la Nakba, la expulsión de los palestinos de su tierra. Leyendo el libro de Mohamed Safa algo que impresiona es su ecuanimidad, su sentido de la justicia, como cuando afirma que “La solución no puede ser la competencia de memorias (…) recordar el Holocausto es un imperativo moral. Pero invisibilizar Deir Yassin, Tantura o Lydda es una forma de complicidad”. Estos lugares quizá no les digan nada, tampoco a mí me resultan familiares, pero si buscan información encontrarán que son antiguas ciudades palestinas masacradas y objeto de limpieza étnica por los sionistas en 1948. Recordarlas es, para Israel, un delito.

 

La memoria que los sionistas están queriendo borrar abarca todo. Y no empezó el borrado genocida en octubre del 2023. Recuerda Safa cómo ya en los años cincuenta del siglo pasado el estado de Israel comenzó a arrancar olivos y plantar pinos en las tierras robadas a sus legítimos ocupantes, consiguiendo, tanto cambiar el paisaje tradicional palestino, como ocultar las pruebas del crimen y negar la existencia de vida con anterioridad a la llegada del “pueblo elegido”. Arrancar olivos y asesinar bebés, puede estar orgulloso el estado de Israel de la historia que está escribiendo.

 

Esta semana vimos imágenes de un colono, cobarde y criminal como todos, golpeando a un hombre mayor en Cisjordania, un hombre al que le faltaba una pierna después de que, en un ataque anterior, otro colono le hubiera disparado. Hazañas del ejército más moral del mundo.

 

Israel es un estado colonial, pero en Gaza. Un genocidio televisado se argumenta además que estamos ante un tipo especial de colonialismo, un colonialismo de asentamiento, “una forma de dominación que se distingue del colonialismo de ocupación por su objetivo último: no la integración ni la explotación de la población nativa, sino su reemplazo”. En menos palabras: una limpieza étnica.

 

Defendamos a Palestina por humanidad, por justicia y por decoro. Ha venido Mohamed Safa a enseñarme, entre otras muchas cosas, que Valle Inclán, en un diálogo en La corte de los milagros, ponía en boca del protagonista las palabras “Soy revolucionario por decoro” como respuesta a la pregunta, “Y tú, ¿por qué eres revolucionario?”. La frase completa es “Soy revolucionario por decoro, querida marquesa”. Nunca antes se me había pasado por la cabeza presentarme en ninguna lista electoral, pero ahora suspiro por poder subirme a la tribuna del Congreso y, ante cualquier pregunta sobre por qué defender a Palestina, o a Cuba, o a los saharauis, o por qué luchar por las pensiones, por la justicia contra las mujeres maltratadas, por la memoria histórica, por los derechos en general, ante cualquier inquietud de esas que plantea la señora marquesa, esa que ustedes saben y que si no espabilamos será ministra en unos meses, poder responder “por decoro, querida marquesa, por decoro”.

Marta González es traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Artículo completo en Nortes 

 

 

sábado, 8 de agosto de 2026

Mosaico del genocidio en 50 relatos, por Gonzalo Delgado


 

   

7 jóvenes palestinos escriben la obra colectiva «El libro negro de Gaza»

Mosaico del genocidio en 50 relatos

Los autores recurren a una escritura tan gráfica que el lector va a verse atrapado por una experiencia inmersiva como si hubiese estado allí, como un testigo silencioso.

Gonzalo Delgado 08/08/2026 Mundo Obrero | Cultura y Comunicación

EL LIBRO NEGRO DE GAZA.
TESTIMONIOS DE UN GENOCIDIO

Edición, Gonzalo Delgado. Traducción, José Elías Rodríguez
Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2026

 

Han pasado 65 años desde que Jean-Paul Sartre apelara a los pueblos del mundo a solidarizarse con los combatientes argelinos que se enfrentaban al colonialismo francés para lograr la independencia de Argelia. Lo hacía desde el prólogo de Los condenados de la tierra, obra de Frantz Fanon que acabaría convertida en una de las referencias de la literatura anticolonialista del siglo XX. Y lo hacía en un tono reivindicativo que desprendía rabia y desesperación ante una inacción que hacía cada vez más explícita la complicidad con la tragedia. Más de medio siglo después, las palabras del pensador francés resuenan con plena vigencia en las de Ibrahim Yaghi, que, junto a otros dieciséis jóvenes, ha desarrollado El libro negro de Gaza, una obra colectiva que recopila en medio centenar de relatos el testimonio de los dos primeros años del genocidio perpetrado por Israel en la Franja de Gaza.

«La tragedia de Gaza no ocurre en la oscuridad, está ocurriendo a plena luz del día. En las pantallas. En las redacciones. Mientras el mundo pasa de largo, indiferente, insensibilizado».

Así cierra Yaghi la antología en la que una generación compone letra a letra, relato a relato, el mosaico del genocidio, una obra coral que aborda la tragedia desde todas sus perspectivas. El lector recorrerá con este libro la Franja entre bombardeos y desplazamientos, pero también se adentrará en la intimidad de los palestinos. Se sumergirá en sus conversaciones, en su cotidianidad. De hecho, los autores recurren a una escritura tan gráfica que el lector va a verse atrapado por una experiencia inmersiva que le permitirá visualizar la realidad de Gaza prácticamente como si hubiese estado allí, siguiendo los hechos descritos desde la cercanía de un testigo silencioso.

El libro negro de Gaza es además una obra en la que Palestina toma la iniciativa de contar su historia desde el mismo centro de la tragedia: bajo las bombas, escribiendo a la lumbre de la madera quemada, donde el tiznado del carbón se mezcla con la tinta, Gaza relata su verdad a un mundo acostumbrado a asomarse a la Franja desde la distancia. En sus páginas, que bien pueden interpretarse como el diario generacional de la masacre, estos jóvenes, ocho chicos y nueve chicas, plasman la crudeza de la violencia con la que Israel pretende poner fin a la vida palestina en el enclave.

Los hechos se relatan de una forma estremecedoramente inmersiva que, desde la incuestionable experiencia del sufrimiento, resalta al mismo tiempo el carácter universal de un genocidio, que siempre ha de entenderse como una herida en la humanidad entera. Las narraciones recopiladas en el libro tienen la capacidad de difuminar las líneas del tiempo y el espacio para acercar al lector la naturaleza universal del dolor. La realidad que se describe sirve como puente para conectar con otras tragedias pasadas. El recorrido por Gaza ayudará a entender la destrucción de Grozni a principios de siglo, la brutalidad de la invasión de Iraq y la arbitrariedad de la muerte en los bombardeos indiscriminados en Sarajevo, así como la angustia con la que civiles sudaneses o ruandeses esperaban —y esperan— la llegada de la horda que acabará con ellos por el mero hecho de existir. Gaza está en todos estos dramas.

Gaza es muchas cosas: es una realidad que trasciende a la violencia, una existencia eterna que se reivindica en cada intento israelí por borrarla del mapa. Gaza es tantas cosas que no es fácil recorrerla, llegar a cada uno de sus rincones, de sus secretos, de sus virtudes. La mejor manera de entrar en ella es a través de su propio testimonio. Según Ahmad Sbaih, Gaza es una realidad agotadora, aunque también es su playa. Para Ghaydaa Al Abadsa, Gaza es transitar cada día al borde de la muerte, mientras que Nur Abed la define como ese lugar en el que la feminidad es un desafío, pero es al mismo tiempo el lugar en el que la dicha y el pesar llegan en el mismo suspiro. Gaza es donde, según indica Heba Almaqadama, la vida se convierte en una mezcla de agotamiento, miedo y resistencia inquebrantable.

Pero Gaza es esencialmente el espejo en el que la humanidad ve reflejada su naturaleza. Este libro logra definir el marco del espejo y, como hacía Sartre hace 65 años, apela a la humanidad en su conjunto a que despierte ante la realidad de la tragedia para poner fin a una de las injusticias más flagrantes de nuestro tiempo. Gaza, como se apuntaba es una herida en toda la humanidad y el camino para reparar ese dolor pasa necesariamente por la implicación de todos los pueblos del mundo en la única solución capaz de detener la hemorragia: la liberación de Palestina. Por eso la libertad que reivindican los autores de El libro negro de Gaza es la libertad de la humanidad entera.

Artículo completo  en Mundo Obrero