sábado, 13 de diciembre de 2025

Jocelyne Laâbi: "Ese Marruecos que fue el mío"


 

UNA CRÓNICA DE LA RESISTENCIA

Ni la venganza ni el perdón ni las cárceles
ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado 

Jorge Luis Borges

La celebrada novela El camino de las ordalías de Abdellatif Laâbi, quizá el más grande poeta vivo de Marruecos, mostraba un relato itinerario de la tortura en la prisión, de la puesta en libertad, del sentir de nuevo la respiración y el cuerpo de la ciudad de Fez y la fauna de los hombres libres, de la recuperación —en definitiva— de la infancia (voces, rostros, nombres) y el encuentro con la familia: contar un cuento a su hija, visitar la tumba de la madre y tratar de recomponer el color de sus ojos: «Los tenía garzos, de un tono particular, más cercano al verde que al azul, como de orégano fresco».
Pero hay otro itinerario que contradice la afirmación de Abdellatif Laâbi de que «la prisión es una isla que deriva sordamente por la curva inasible del tiempo» y que, sin embargo, expresa «el sufrimiento exacto». Me refiero a la obra de Jocelyne Laâbi Ese Marruecos que fue el mío: un libro memorioso en el que la autora intenta compendiar la vida de una niña en Mequinez, adonde arribó de la mano de una familia colonialista, con el relato de los años apasionantes, pero también oscuros, de su crecimiento como persona, estudiante y rebelde enamorada del joven poeta y teatrero Laâbi (que representaba un papel en la obra de Brecht Los fusiles de la señora Carrar), con el que enmaridó en 1964. Eran esos mismos años del surgimiento de una nueva cultura, del movimiento poético y de la insurrección en torno a la revista rabatí Souffles, fundada y dirigida por Abdellatif Laâbi y en la que también se afanaría Jocelyne.
Este libro, que comienza como unas memorias con el recuerdo del acíbar usado para combatir la onicofagia de una niña, exhibe la foto colonial de Marruecos desde los ojos de una adolescente francesa que acude al colegio de las monjas en la ciudad de Mequinez. Es la historia de una familia obrera típica de la época, con un padre judeófobo y una hija a punto de descubrir —confesión de la madre— que Louis, el querido padre, fue además un miliciano antirresistente. Más que un ajuste de cuentas con los demonios familiares, es una comprensiva carta al padre y un canto de amor a Marruecos, la patria exasperante y nutricia.
A continuación, se produce un salto en el relato que nos lleva a la víspera de la detención, el 27 de enero de 1972, del marido —Abdellatif Laâbi— con el que aquella joven ha formado una familia con dos hijos y un tercero en camino. Pero, en seguida, un flash-back nos retrotrae al año 1964, los «burbujeantes, apasionantes años sesenta» durante los cuales ha explorado un nuevo mundo y ha adquirido una nueva lengua: «domesticaba esa lengua, antaño incomprensible ruido de fondo».
Ahora sí, hay un relato, desde la propia vivencia sufrida, de aquellos nefastos años, conocidos como los años de plomo, que dejaron una honda herida en la sociedad marroquí. Uno de los hitos que señalan ese tiempo fue, por ejemplo, la sangrienta represión dirigida por el general Ufkir, amigo del monarca Hassán ii, contra una manifestación de estudiantes, parados y chabolistas en Casablanca en marzo de 1965. En ese mismo año, la narradora de esta obra abandona la licenciatura para dedicarse a la crianza de su hijo Yacine (después nacerían Hind y Qods), en tanto Abdellatif se hace profesor de francés. Al año siguiente fundan la revista Souffles, publicación imprescindible para la historia del poscolonialismo y que sería cerrada por prohibición gubernativa el mismo año de la detención del poeta.
Pese a la corta vida de Souffles (1966-1972), esta rabiosamente juvenil «revista cultural árabe del Magreb» se atrevió a tocar todos los palos: cine, cultura nacional, arte, literatura magrebí, descolonización, negritud, cuestión palestina… La revista planteará las cuestiones más incisivas que serán debatidas en Marruecos en los siguientes decenios, como, entre otras, la lengua de expresión, la herencia colonial o la cultura popular. Los 22 números de la publicación (en realidad 17, ya que hubo 5 dobles números) crecieron en torno a un grupo amistoso de poetas, creadores y activistas, entre los cuales estuvieron —además del propio Laâbi— Nissaboury, Khatibi, Khair-Eddine, Serfaty, Chebaa, Melehi, Benjelloun, Chraibi, Alloula, etc. En 1970, Laâbi y Serfaty junto con otros crean la organización Ilal-Amam [Adelante], de carácter marxista-leninista, y Souffles deriva hacia una revista cada vez más radical y política, con una clara orientación internacionalista y revolucionaria. 
El núcleo central de la novela autobiográfica de Jocelyne es el relato de la lucha y la constitución del movimiento de las familias de los presos políticos, una lucha que fue esencialmente femenina. Quien narra esta historia es una mujer con muchas aristas: la funcionaria, la amante (a través de una conmovedora relación epistolar recogida en el libro), la militante política, la madre, la luchadora feminista, la amiga. Por eso esta historia, que ya fue contada anteriormente por otros, como el mismo Laâbi en El camino de las ordalías, adquiere en la voz de Jocelyne una valiosa y prístina vuelta de tuerca. Los matices son incontables, por ejemplo, el rasgo de poética sororidad con su suegra Ghita: «la conocí, por fin, el día en que leí el lenguaje de Ghita convertido en escritura por su hijo». Para Jocelyne, la cárcel —desde fuera de ella— también fue una escuela de vida y de cambio, sobre todo para las mujeres (esposas, madres, hermanas), y también de solidaridad: «Juntas luchamos y ese juntas quizá sea nuestra más hermosa victoria». Hay páginas de gran delicadeza, como la que dedica a la muerte de su amiga Evelyne Serfaty (que sufrió prisión y torturas) o la consagrada a la muerte de Saída (también Abdellatif le dedicó el cuento Saída y los ladrones del sol).
Debo reiterar que el punto de vista genérico lo cambia todo: esta historia, conocida y referida por otros, en el recuento de Jocelyne se convierte en otra historia más compleja, más rica, excéntrica, intimista, cordial, feminista. El tiempo indigno de la prisión y la lucha de las mujeres por los derechos de sus hombres cautivos (a veces, desaparecidos) devienen un tiempo de «amor y amistad, abnegación, mezquindad, rabia y risa, impotencia y cólera, felicidad, duelo» en la sentida crónica de Jocelyne. La represión ejercida por el poder contra una juventud con ansias de cambio y modernización y la lucha de las mujeres por los derechos humanos de quienes, si no hubiera sido por ellas, habrían sido ninguneados, olvidados, borrados, es una parcela de la memoria del Marruecos reciente que sigue viva gracias a testimonios como Ese Marruecos que fue el mío de Jocelyne Laâbi.

Miguel A. Moreta-Lara
Málaga, mayo 2024 

 


Alain Mabanckou y Abdourahman Waberi: "Diccionario lúdico de las culturas africanas"


 

 PREFACIO

En busca de la energía magnética
del continente africano

La idea de escribir un libro juntos viene de lejos. Nuestra amistad se remonta a la década de 1990, cuando ambos éramos estudiantes en Francia, el uno originario de la República del Congo [Mabanckou], el otro de la República de Yibuti [Waberi]. En aquella época, asistimos a la liberación de Nelson Mandela y el fin del apartheid, y muchos países africanos, sobre todo tras la Cumbre Francoafricana de La Baule, que condicionaba la ayuda francesa a la instauración de regímenes democráticos, empezaron a dar la espalda al marxismo-leninismo, optando —al menos sobre el papel— por el principio del multipartidismo político (Benín, Cabo Verde, Costa de Marfil, República del Congo, Gabón, Níger, el antiguo Zaire…). Pero aquella tendencia, a pesar del optimismo mostrado por los pueblos africanos, quedó rápidamente ensombrecida por el genocidio del pueblo tutsi en Ruanda, las guerras civiles de Sierra Leona y Liberia, el conflicto entre Somalia y Eritrea, o la caída del régimen chadiano de Hissène Habré, derrocado por su asesor militar, Idriss Déby, con el apoyo de la Libia de Muamar el Gadafi…
Pese a esas zonas de penumbra, seguimos siendo optimistas en lo que al futuro de nuestro continente se refiere, un continente que, a nuestro entender, resulta cada vez más imperioso conocer. 
Nuestras conversaciones giraban en torno a nuestras respectivas culturas: la del Cuerno de África para Abdourahman Waberi, escenario de heteróclitos intereses geopolíticos; la del África central para Alain Mabanckou, territorio donde se estableció la Francia Libre durante la ocupación nazi. Y si bien coinciden en muchos aspectos, en otros son diametralmente opuestas, lo cual es ilustrativo de la multiplicidad de nuestros usos y costumbres. Siempre que visitamos África, oímos con deleite ese vocabulario urbano que funde la lengua francesa con las lenguas locales, prueba de que vivimos, hoy más que nunca, en una época de mestizaje, de fusión cultural propia de la «civilización de bronce», como formuló el poeta congoleño Tchicaya U Tam’si.
Somos conscientes de que África se halla en el mundo, y el mundo en África. Lo mismo puede decirse del resto de continentes, por cuanto nuestros destinos, para bien o para mal, se encuentran estrechamente ligados. Nos negamos a concebir África como un catálogo de penurias o un continente perseguido por una maldición ancestral, atravesado por las disputas étnicas. La energía de las «diásporas africanas» siempre ha concitado nuestro asombro, una llama ardiente que deseábamos plasmar en un libro; sin embargo, por entonces no teníamos una idea clara del género idóneo para llevarlo a cabo, hasta que un día, mientras tomábamos, como de costumbre, una copa en el distrito xviii de París decidimos trazar una especie de recorrido por las culturas africanas, sin ningún tipo de línea directriz, en el que cada letra del alfabeto condujera hacia una noción, una práctica, un concepto, un instante de la historia, la literatura, la pintura, la política, la economía, la gastronomía, etc. 
Huelga decir que el África de nuestros corazones y de nuestros sueños rebasa las dimensiones del continente africano, que su historia es más profunda que cualquier Wakanda. Las diásporas africanas (desde Canadá hasta Argentina pasando por Haití; desde los archipiélagos y riberas suajili a la isla Mauricio pasando por Madagascar) así como las poblaciones negras de las grandes ciudades (desde París hasta Singapur o Melbourne) lo arropan con afecto. 
Este libro constituye un alfabeto particular, una especie de retrato o, más concretamente, una mitografía a partir de la cual percibir y sentir el pulso de un continente inmenso, cuya potencia cultural se despliega ante nuestros ojos. La voz y la importancia de África en los asuntos mundiales, aunque ayer minimizadas, incluso menospreciadas, son hoy incuestionables. África se halla en vías de imponer una marca, un estilo, una manera de ser en el mundo y de relacionarse con otras poblaciones. 
Obviamente, este proyecto tiene un marcado componente iniciático. Hemos discutido largo y tendido sobre su acusada personalidad, que recuerda a una colorida y emotiva película narrada por un dúo de actores cómplices que emprenden la tarea de escribir no vestidos formalmente, sino relajados, descorbatados, con tejanos y zapatillas, en un ambiente festivo, a fin de acompañar los caprichos del alma, recurriendo, cuando así es menester, a las experiencias de sus respectivas peregrinaciones. Nuestra intención no era agotar cada tema, sino más bien entonar un canto de amor a las culturas de nuestro continente, a sus habitantes de ayer y de hoy, a sus excepcionales recursos y a su espectacular mundialización, al margen de cierta contaminación en el cielo africano provocada por la increíble longevidad de algunas dictaduras africanas. 
En este libro, además de darle una fuerte identidad visual, hemos intentado evitar los estereotipos facilones que dibujan un África subdesarrollada, en busca de pan o de un salvador blanco al estilo hollywoodense. Nos hemos hecho eco de numerosos problemas de nuestro tiempo, lo cual en ocasiones ha aumentado la complejidad del proyecto. La naturaleza fragmentaria del diccionario, su condición de obra inacabada, no debería de comportar un problema, al contrario: le ofrece al lector la posibilidad de ahondar ahí donde hemos preferido no extendernos. Tenemos intención de continuar con nuestra colaboración; por tanto, este libro invita a explorar otros diccionarios, otras obras de ficción, de teoría, de historia, de imágenes. También representa, como se verá enseguida, el fruto maduro de una amistad que llevamos cultivando desde nuestra época de estudiantes, cuando nos disponíamos a enviar nuestros primeros manuscritos a las editoriales. 
Por último, esperamos que su estilo lúdico funcione como una cámara alimentada por la energía magnética de todo el continente africano. 

A. Mabanckou, A. Waberi.




 

Ignacio Gutiérrez de Terán: "Gaza:poemas contra el genocidio

 

 


 INTRODUCCIÓN

Qué doloroso es componer una antología como esta. Palestina, Gaza de manera brutal y ante la mirada impotente de medio mundo, Cisjordania, subrepticiamente a través de la expansión inclemente de los colonos, sigue sufriendo una campaña de erradicación. Una agresión inclemente, prolongada desde hace más de 75 años. La campaña de exterminio física y cultural emprendida por un proyecto sionista preciso en su brutalidad ha entrado en un momento de «solución final» que, pensábamos, había quedado atrás en los anales del siglo pasado. Empero, se trata de algo real, cruel en sus métodos, injurioso en una política de silenciamiento de la víctima y ensalzamiento de los verdugos que, por desgracia, sigue vigente en numerosos ámbitos del mundo occidental. Durante décadas la voz palestina ha sido silenciada, si no desvirtuada por medio de la criminalización y el falso victimismo de quienes con ahínco la han usurpado; y si asistimos a algo parecido a un grito de indignación, una repulsa mundial a lo que viene sufriendo la población de la Franja de Gaza desde octubre de 2023, se debe a la barbarie extrema, desatada, injustificable incluso para sus valedores tradicionales, de los dirigentes sionistas actuales. Se han lanzado sin ambages ni circunloquios a consumar el gran sueño de una ideología racista y antihumana que pretende vaciar Palestina de sus habitantes, todo ello en nombre de un derecho divino que, en realidad, esconde un entramado de intereses económicos, comerciales y geopolíticos con un claro trasfondo neocolonialista.
Las terribles consecuencias de la destrucción de centenares de aldeas y la expulsión de cientos de miles de personas, en 1948 y a lo largo de los años siguientes, presiden los poemas de los autores que los sufrieron en primera persona, Abu Salma o los hermanos Tuqán, Ibrahim y Fadwa, por ejemplo; pero también hay en ellos, y en quienes les siguieron, una reivindicación orgullosa de la identidad palestina y una apuesta consciente por la resistencia. Precisamente, el término «literatura de la resistencia» fue reivindicado por uno de los grandes intelectuales palestinos, Gassán Kanafani, asesinado por el Mosad en Beirut en 1972, desde el título mismo de su célebre Adab al-muqawama fi Filastin al-muhtalla, 1948-1966 (Literatura de Resistencia en Palestina Ocupada 1948-1966), estudio seminal sobre la nueva poesía palestina. Kanafani atribuye a los por aquel entonces jóvenes poetas que publicaban sus primeros libros un nuevo modo de hacer poesía. Ideas sencillas, expresadas con un agudo hálito poético, imágenes directas, símbolos originales, la implicación real y profunda del yo poético… Para Kanafani, la aparición de una nueva corriente creativa en la Palestina histórica representa un alzamiento en toda regla contra lo que denomina el «culturicidio palestino». La ocupación sionista ha mostrado siempre gran aptitud para reprimir los intentos de una expresión artística genuina prohibiendo libros y editoriales, asfixiando a los centros educativos y evitando el desarrollo de una conciencia y cultura palestinas propias, sobre todo en las urbes. Por fortuna, añadía, poetas como Tawfiq Zayyad, Mahmud Darwish, Samih al-Qasim y Salem Yubrán, quienes componen la espina dorsal del estudio, levantaron un estandarte estilístico y espiritual que ha mantenido viva durante décadas la palabra resistente frente a la Ocupación.
Los versos escritos desde Palestina y sus gentes empujadas al destierro hablan de eso, de amor a la tierra —«no podrán amor nuestro, arrancarte los ojos», escribía Fadwa Tuqán— de los símbolos nacionales palestinos, el olivo, el tomillo, las vides, el higo chumbo, el olor de la yerba húmeda… y también de fedayines, de gentes comunes y corrientes que defienden a los suyos «con los dientes» —diría Tawfiq Zayyad—, en un afán, criminalizado desde el exterior las más de las veces, por hacer valer unos derechos usurpados del modo más vil. Es tal la afrenta padecida por el pueblo de Palestina que un autor de natural apacible y de pulsión indudablemente intimista neo romántica, como el gazatí Harun Hashem Rashid, interpelaba hace décadas a sus «compañeros de angustia e infortunio» insistiendo en que él también era «uno de ellos en el fuego del odio», en la traducción del profesor Martínez Montávez en su antología El poema es Filistín (1980). Se puede apreciar en todos estos poemas tristeza e indignación, pero también una profunda convicción de luchar por lo que es justo. Y un sonoro latido de esperanza. Sin embargo, los poemas palestinos que se han escrito en y sobre Gaza desde octubre de 2023 aluden en primera instancia al terror, el hambre, la aniquilación y la desesperanza ante unas matanzas cometidas día y noche ante la pasividad del planeta en su conjunto. En palabras del joven poeta gazatí Mohammed Moussa no podía haber sido de otro modo: padecer un genocidio aporta una perspectiva sombría en la que «los poetas de Gaza están forjando una nueva poesía, redefiniendo su esencia y significado. Nos vemos compelidos a redactar elegías, a escribir de continuo sobre el hambre que asuela nuestros cuerpos y sobre las familias y los niños a quienes han quemado vivos en sus tiendas».
La destrucción sistemática, planificada, de la tierra de Gaza, sus gentes y su historia ha devastado los cimientos de la creación literaria. De qué otra cosa que de muerte y desolación puede escribirse en la enorme fosa común en que ha quedado convertida Gaza. La devastación ha dado lugar a diversos subgéneros y poetas a quienes se atribuye la paternidad de determinadas tendencias temáticas o discursivas. Así, Ni’ma Hasan es la poeta de las jaimas en los campos de refugiados; Anees Ghanima, el de las ruinas, y Alaa al Qatrawi, a quien el régimen de Tel Aviv privó de sus cuatro hijos menores de edad, la de la maternidad reducida a la nada. Todos y todas hablan de cementerios, desplazados, casas borradas del mapa, el frío que estrangula los huesos, la sed del verano tórrido y desamparado. Y siempre el hambre, la hambruna como castigo colectivo impuesto por la Ocupación para forzar, de paso, el éxodo palestino. «Me lacera el hambre, pero tengo más hambre de vida», dice Haydar al Ghazali, que ha hecho de este padecimiento un leitmotiv hasta recrear, sarcasmo del destino, el género de los poetas saalik (vates errantes del desierto) de la época preislámica (siglos v/vi), que describían el padecimiento del estómago vacío con un realismo —y unas metáforas— que solo los poetas contemporáneos de Gaza han podido igualar. Si es que no lo han superado.
No todo, sin embargo, es desesperanza. Mona Musaddar ansía el fin del genocidio y lo invoca: «Cuando termine el genocidio no mandaré mensajes a los amigos preguntando si siguen vivos»; Fatena al Ghorra da consejos a los suyos para que sobrevivan a los bombardeos, la hambruna y la indiferencia de la llamada comunidad internacional; y Amal Abu Asi vuelve a plantar cara a la barbarie y la sinrazón de un Estado criminal: «Gaza seguirá existiendo mientras haya pájaros surcando el cielo». Los más recuerdan a su madre, bien porque los bombardeos la han asesinado, bien porque casi todos solemos tender a pensar en nuestras madres en los momentos de máxima desolación. Ahmad al Qarinawi la recuerda «con su túnica de terciopelo», mientras Salim al Naffar, asesinado por las bombas de la ocupación lo mismo que Hiba Abu Nada o Maryam Hegazi, llora su partida: «¿Precisamente ahora tenías que soltarme la mano?». Doha al Kahlut dibuja, por su parte, una visión confusa y distante de la madre en mitad, una vez más, de la desolación: «Ansío tu mano, pero resultas tan irreal y distinta allá, en el horizonte, entre el sueño y la vigilia». 
Nos gustaría decir, a modo de colofón, que todavía, según se escriben estas líneas al menos, días antes de la entrada en vigor del llamado plan de Trump, estamos a tiempo de detener tamaña barbarie. Algunos pueblos y un puñado de dirigentes de este mundo parecen haber despertado de un cínico letargo que continúa, sin embargo, asolando al resto. Hasta el momento, no ha sido suficiente. La gente de Palestina y Gaza en particular está acostumbrada a sufrir pesares. Y a resistir. Lo llevan haciendo desde hace un siglo, cuando comenzó a intensificarse la colonización de Palestina y el expolio cometido sobre sus legítimos dueños. Yawad al Aqqad se preguntaba, como tantos otros escritores palestinos: «para qué sirve la poesía, las palabras, entre tanta sangre; si, con todo lo que está ocurriendo, el mundo calla, condena, vuelve a callar y termina refugiándose en una mudez imperturbable, ¿de qué sirve?». La poesía tiene que servir, querido Yawad, sí; servirá. Y Gaza seguirá, contra viento y marea, resistiendo al más feroz de los proyectos de usurpación del siglo xxi. «Mi pueblo lo tiene claro: o morir o resistir; libertad para poder vivir», afirma la eternamente combativa Dareen Tatur. De lo contrario, para vergüenza de la humanidad en su conjunto, nunca podremos borrar de nuestra conciencia el gran temor expresado por Yazid Shaath en su escalofriante «Gaza, fosa común». No dejemos que ocurra.

Ignacio Gutiérrez de Terán
Madrid, octubre de 2025

Luz Gómez: "Maneras de ser Palestina. Antología de nuevas poetas"


 

EL TIEMPO DE LA DIVERSIDAD

Cada vez que intento escribir, aparece Gaza con su jeta
rebelde…Y alza los dedos en señal de victoria 
Neama Hassan

En Palestina, la poesía no es un adorno, una baratija de quita y pon. En su historia reciente, la poesía ha gozado de un singular poder de transformación social y cultural. Precisamente por ello, por su exitosa tradición, el genocidio de Gaza la ha situado ante su prueba más terrible desde la Nakba. La poesía hoy en Palestina tiene que cumplir en un contexto en el que nada cumple, pues la justicia ha fracasado por completo. [...]

NUEVAS POETAS PALESTINAS

La poesía en Palestina es una realidad material e inmaterial, personal y colectiva, a la que difícilmente puede hallársele rival literario o artístico. La historia reciente de Palestina explica este raro estatuto, en la medida en que los versos de sus poetas han sido, desde la Nakba inicial, una herramienta fundamental para luchar contra la desposesión del pueblo palestino a manos de Israel. En esta misión de denuncia de la injusticia, concienciación de la necesidad de resistir y canto a la tierra, sobresalieron desde temprano las voces de varias poetas, en especial la de Fadwa Tuqan (1917-2003), referencia indiscutible para los «poetas palestinos de resistencia», y, a partir de 1967, la de Salma Khadra Jayyusi (1925-2023) y la de Mayy Sayig (1941-2023). Todas plantearon el paso de lo íntimo a lo público, algo que sigue preocupando a las poetas actuales. 
Con el comienzo del siglo xxi, el número de poetas palestinas, de diversa procedencia y singularidad, ha crecido de manera cuando menos sorprendente. En esta selección, por mera funcionalidad, se ha atendido a la obra de poetas nacidas después de 1977, el año de nacimiento de la ya mencionada Ghada Shafii. Son todas ellas, por así decir, poetas «posintifada».
Estas poetas critican la caracterización del ser palestino como un ser encerrado en un conflicto, que solo puede ser víctima o miliciano. O dicho en términos más actuales: cuestionan performativamente qué sea la identidad palestina, o la identidad misma. En este orden de cosas, resulta singular que el conflicto de género quede en segundo plano, lo cual no significa que desaparezca.  
Unos meses antes del 7 de octubre de 2023, Rola Sirhán (n. 1978), crítica literaria y poeta, se preguntaba sobre las consecuencias del desmesurado peso de la lucha y la resistencia en la cultura palestina. En su opinión, imperaba una lógica intelectual caduca: la «cultura del fusil y los fedayines» había fracasado a efectos emancipatorios, los que debe perseguir toda auténtica cultura. Había llegado, según ella, el momento de preguntarse qué cultura querían los palestinos de las nuevas generaciones.
La poesía escrita por mujeres ofrece algunas respuestas. Una sería cierto romanticismo desengañado, del que se saca genio y grito: «Somos las que inculcaron a la tierra / el gusto por la sangre. / Somos las culpables», dice un poema de Jumana Mustafa. Otra, la reformulación del sujeto poemático de mujer, que puede ser una prisionera en una cárcel de Israel, como en el poema de Dareen Tatur, o una «prisionera» en Gaza, como en los de Hind Joudah. Son poetas de la situación, de la circunstancia; poetas fuertemente emplazadas. La ironía, ácida, que en algunos casos llega al sarcasmo, atraviesa buena parte de esta producción, en una herramienta de sanación o de simple supervivencia: Mona Musaddar habla de la huella dactilar que dejan unas uñas pintadas al cavar una tumba; para Asmaa Azaizeh la historia es un perro encadenado a un árbol. 
El genocidio de Gaza, la limpieza étnica de Cisjordania, el apartheid en Israel, el olvido de los refugiados de los campamentos del Líbano, Siria y Jordania, la diáspora cronificada, marcan el presente palestino. Los motivos para la esperanza son escasos, casi inexistentes, y aun así la poesía palestina no se detiene. Hay en ella espacio para el poema en prosa, en verso libre, con pie métrico: las palestinas, que siempre han rehusado ser buenas víctimas, tampoco se someten a la apisonadora global de lo poéticamente predecible, la conveniencia o la moda. Ni, a pesar de las dudas sobre el sentido de escribir en tiempos de genocidio, al silencio.
* * *
Los poemas antologados, que hemos traducido de sus originales árabes, pertenecen a los libros consignados en los perfiles biográficos de cada autora. En algunos casos traducimos textos publicados solo en internet, o inéditos facilitados por las poetas. 
Las poéticas han sido escritas por las autoras para esta ocasión; llevan la fecha en que nos fueron remitidas. En los casos de Hiba Abu Nada, fallecida, y Ghada Shafii, desaparecida, se da la reflexión sobre su obra de un poeta coetáneo.
Agradecemos a las autoras su amabilidad y su generosidad, su entusiasmo y su confianza, sin los que este libro no habría salido adelante. Como bien dice el poema de Dalia Taha, los palestinos siempre están dispuestos a dar un poco más de lo debido.

Luz Gómez 
Madrid, 1 de julio de 2025